La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Marta Cores llegó a la cofradía con una carpeta gruesa y un portátil bajo el brazo.

Elena solo la conocía por teléfono. Habían hablado dos veces antes de que aceptara el encargo, lo suficiente para fijar el alcance de la peritación y dejar claro que la aseguradora necesitaba una evaluación independiente, no una conclusión cómoda.

Marta dejó la carpeta junto al plano de A Barda.

—He traído las fotografías originales que nos remitieron, los primeros partes de mortalidad y las declaraciones de daños.

Uxía apartó dos tazas y una caja de guantes para hacer sitio.

—Las fotografías también las tenemos nosotros.

—Mejor. Así podemos comprobar si falta alguna.

Elena abrió el cuaderno.

—Antes de entrar en los daños económicos, quiero ordenar lo ocurrido en el agua.

—Por mí, bien.

Marta tendría poco más de cuarenta años. Llevaba el pelo corto y un abrigo oscuro todavía húmedo en los hombros. Hablaba con la precisión de quien estaba acostumbrada a distinguir entre lo que una póliza decía y lo que alguien suponía que decía.

Elena colocó sobre la mesa la copia del plano que habían utilizado aquella mañana.

—Esto es lo que hemos observado hoy y lo que hemos podido situar de ayer y anteayer. Hay zonas que todavía no están confirmadas.

Marta acercó la silla.

—¿Qué necesitas de nosotros?

—Las horas originales de las imágenes y cualquier observación que se hiciera antes de que empezara a hablarse de un vertido.

Uxía levantó una ceja.

—Eso reduce bastante la muestra.

—Precisamente.

Las primeras personas que habían visto la película aún no sabían qué estaban observando. Sus descripciones podían ser imprecisas, pero al menos no estaban condicionadas por una explicación repetida durante los días siguientes.

Marta encendió el portátil y abrió una carpeta de archivos.

La primera fotografía mostraba una franja de agua entre rocas, con una iridiscencia fina junto a uno de los bordes. Elena reconoció el recodo norte por la forma de una laja y una estaca de señalización.

—Hora.

Marta leyó los datos del archivo.

Elena la anotó.

—¿Quién la hizo?

Uxía dio el nombre de una de las mariscadoras.

—¿Estaba trabajando?

—Había bajado a comprobar el banco. Ese día ya se había comentado que había mejillón raro en otro punto.

—¿Raro cómo?

Uxía pensó antes de responder.

—Respondían menos al manipularlos y algunos estaban abiertos. Nada que entonces pareciera una mortandad.

Elena anotó la frase casi tal como la había dicho.

—¿La película se había visto antes?

—No que yo sepa.

Pasaron a la siguiente imagen. Era del mismo día, veintisiete minutos después, tomada más al sur. Allí apenas se apreciaba brillo. Lo más útil era que el agua ocupaba una altura distinta respecto a una grieta de la roca.

Elena pidió que ampliaran la fotografía.

—¿Podemos localizar esto?

Uxía reconoció el sitio.

Marta señaló el plano.

—Aquí.

—Sí —dijo Uxía—. Cerca del paso que usamos para entrar por el sur.

Elena marcó la posición.

La tercera imagen volvía al recodo norte. La película era más visible y ocupaba una banda mayor junto al borde resguardado.

Marta observó las tres fotografías.

—Da la impresión de que se está acumulando hacia dentro.

Elena las miró otra vez.

—Da la impresión de que en ese punto vemos más.

—No es lo mismo.

—Todavía no.

Marta aceptó la corrección.

Una secuencia de fotografías podía sugerir una dirección cuando en realidad mostraba diferencias de retención. Si los puntos fotografiados no eran equivalentes, ordenarlos únicamente por hora podía fabricar una progresión que nunca hubiese existido.

Elena trazó una línea vertical en una hoja y escribió arriba: marea .

Uxía se inclinó sobre ella.

—¿No las vas a ordenar por día?

—También. Pero primero quiero saber en qué estado estaba el agua cuando se hizo cada una.

—Hoy ya hemos visto que cambia mucho.

—Por eso.

Marta abrió otro archivo con las horas previstas de marea para aquellos días.

Elena negó con la cabeza.

—Me sirve como referencia, pero luego quiero los datos completos y, si podemos, observaciones locales. No necesito una hora exacta fingida donde no la tenemos.

—Puedo pedirlo.

—Hazlo.

Durante los minutos siguientes dejaron de ordenar las fotografías por días y empezaron a hacerlo por posiciones del agua.

Las distribuyeron en tres grupos provisionales: descenso, entorno de bajamar y subida. No todas podían clasificarse con seguridad. Algunas mostraban referencias físicas suficientes; otras solo enseñaban agua y roca sin una escala útil. Elena apartó las dudosas.

Uxía señaló una de ellas.

—Esta es buena. Se ve mucha película.

—Pero no sabemos dónde está.

—Puedo averiguarlo.

—Entonces será buena cuando lo sepamos.

Marta sonrió.

—Empiezo a entender por qué tardas más que otros peritos.

Elena siguió escribiendo.

—Cobro por no adivinar.

Uxía soltó una risa breve.

Marta abrió los partes de mortalidad. Los primeros registros hablaban de mejillones abiertos, pérdida de respuesta y ejemplares desprendidos en dos zonas. Después aparecían las dos aves muertas: una gaviota y un cormorán. Para varios hallazgos no había una hora exacta, solo franjas.

—Aquí pone «mañana» —dijo Elena.

—Es lo que declararon.

—Entonces se queda como mañana.

—Podríamos aproximarlo con las llamadas.

—Si la llamada se produjo justo después del hallazgo, sí. Si alguien avisó una hora más tarde, no.

Marta pasó a otro documento.

—Hay registro de entrada de la llamada.

—Guárdalo separado del momento del hallazgo.

La mesa empezó a llenarse de distinciones que podían parecer excesivas desde fuera: hora de fotografía, hora de observación, hora de aviso, zona exacta, zona probable, presencia de película, daño biológico, estado de marea.

Elena prefería aquella incomodidad a una cronología limpia construida con datos que nunca habían sido precisos.

Uxía consultó una lista.

—La primera persona que habló de olor a gasoil fue al día siguiente.

—¿Antes o después de que alguien dijera que podía ser combustible?

Uxía levantó la vista.

—No lo sé.

—Entonces no lo usamos como origen de la hipótesis.

—¿El olor no cuenta?

—Cuenta como observación. Lo que no sé es cuánto de esa descripción procede del olor y cuánto de la conversación posterior.

Marta cruzó los brazos.

—La aseguradora tiene tres hipótesis abiertas: sentina, fuga de combustible o descarga desde una embarcación.

—Son razonables.

—Necesitamos saber cuál encaja mejor.

—Y si ninguna encaja, también.

Marta asintió.

Su urgencia era distinta a la de Uxía. La cofradía necesitaba saber qué había ocurrido porque el banco estaba cerrado. La aseguradora tenía que determinar además si existía un responsable, si había negligencia y qué clase de siniestro tenía delante.

Elena no iba a responder a esas preguntas antes de resolver la primera.

Volvió a las fotografías.

Cuando las ordenó por fase aproximada de marea, la progresión que parecía existir al principio perdió claridad.

Había imágenes tempranas en zonas interiores, pero también otras posteriores en las que la película seguía concentrada en los mismos lugares.

La boca de la ensenada no aparecía como un frente de entrada progresivo.

En algunas fotografías del sector más expuesto apenas se distinguía iridiscencia; en otras, la calidad era demasiado mala para afirmar nada.

Marta contempló el conjunto.

—Si hubiera entrado desde fuera, ¿no tendría que verse primero allí?

Elena apoyó el bolígrafo.

—No necesariamente. Dependería de la hora de la descarga, la marea, el viento, el oleaje y de cómo se retenga el producto. Una película superficial puede fragmentarse mucho.

—Pero no es el patrón más sencillo.

—No.

Era lo máximo que podía afirmar sin convertir la duda en una conclusión.

Uxía se acercó a la ventana. Desde allí se veía una parte de la ensenada, ya con más agua que por la mañana.

—Aquí todo el mundo ha dado por hecho que vino de un barco.

—¿Por qué?

—Porque es lo que parece. Brillo en el agua, olor, hidrocarburos… Y porque no es la primera vez que alguien ve una mancha fuera de puerto.

Elena no necesitó preguntar si ya circulaba el nombre de alguna embarcación concreta. Era demasiado pronto para empezar a coleccionar sospechosos.

—¿Alguien vio una descarga?

—No.

—¿Alguna embarcación con una fuga visible?

—Que yo sepa, no.

—Entonces ahora mismo tenemos una explicación plausible, no un hecho.

Marta abrió el apartado de daños.

—Aun así, necesitamos hablar de pérdidas.

Elena miró el reloj. Llevaban más de una hora con fotografías y partes.

—Sí. Pero por separado.

Marta le mostró los primeros cálculos: superficie cerrada, producto inmovilizado, previsión de días sin actividad y costes de controles adicionales.

Elena los revisó únicamente hasta entender qué se estaba declarando.

No tenía sentido discutir una valoración final cuando ni siquiera sabían cuánto duraría el cierre.

—Esto es provisional —dijo Marta.

—Tiene que seguir siéndolo.

—Lo sé.

Uxía volvió a sentarse.

—Para nosotros lo importante es cuándo podremos volver.

—Eso dependerá también de los controles sanitarios y de la administración, no solo de mi informe.

—Ya.

No había reproche en la respuesta.

Elena regresó a las imágenes. Había una cuestión que seguía sin resolver desde la mañana.

Si el residuo había entrado desde el mar, necesitaba explicar por qué las primeras observaciones bien situadas no dibujaban una llegada reconocible desde la boca.

Y si la costa solo estaba reteniendo una película que había entrado antes, necesitaba saber qué viento y qué corriente superficial habían actuado durante aquellas horas.

Anotó las dos preguntas.

—Quiero datos de viento desde la tarde anterior a la primera fotografía —dijo—. Y, si los conseguimos, cualquier referencia de corriente superficial local.

Marta tomó nota.

—¿También oleaje?

—Sí. Sobre todo fuera de la ensenada.

Uxía señaló el plano.

—¿Vas a mirar puertos?

Elena recorrió con el dedo la línea de costa sin detenerse todavía en ningún punto.

—Voy a revisar qué instalaciones cercanas podrían, en teoría, aportar residuos al agua. Antes necesito saber si el patrón físico justifica hacerlo.

—Hay talleres, depósitos, salidas de pluviales, el puerto deportivo…

—Mañana los ordenamos.

—¿Mañana?

Elena reunió las fotografías manteniendo el orden en que las habían separado.

—Esta tarde, si nos da tiempo. Pero no como una lista de sospechosos. Como posibles entradas.

Marta cerró el portátil.

—Para la aseguradora eso ya es avanzar.

—Para mí es cambiar de pregunta.

Al salir de la cofradía, el viento había girado ligeramente y el cielo volvía a oscurecer sobre el mar abierto. Elena se detuvo antes de bajar los escalones.

Había llegado a A Barda con una película aceitosa, marisco afectado y tres explicaciones sencillas sobre la mesa.

Después de un día entero seguía sin tener una mejor, pero sabía con bastante más precisión qué necesitaba comprobar: el viento y la corriente superficial durante las primeras observaciones y, después, las posibles entradas desde tierra sin tratarlas todavía como focos de contaminación.

Guardó el cuaderno en la mochila y volvió la vista hacia la ensenada.

La siguiente comprobación ya no consistiría solo en observar dónde se acumulaba la película.

Tocaba averiguar qué había alrededor capaz de llevar algo hasta el agua.