Capítulo 2
En la cofradía, el plano de A Barda ocupaba casi toda la mesa.
No era una cartografía pensada para una investigación.
Marcaba límites de explotación, accesos, referencias de costa y algunas cotas, pero bastaba para empezar.
Uxía había dejado a un lado el teléfono con las fotografías de los dos días anteriores y una libreta donde había reunido nombres, horas aproximadas y observaciones de quienes habían recorrido la ensenada.
Elena colocó el cuaderno junto al plano y buscó primero el punto desde el que habían comenzado la inspección.
—Vamos a separar lo que vimos hoy de lo que recuerda la gente de ayer.
Uxía acercó una silla.
—¿Por desconfianza?
—Por no mezclar dos tipos de dato. Lo de esta mañana podemos situarlo bastante bien. Lo anterior depende de fotografías y memoria.
—Hay horas en casi todas las fotos.
—Eso ayudará.
Elena señaló el primer entrante donde habían visto la película con claridad y marcó su posición sobre una copia impresa.
Después hizo lo mismo con el recodo norte y con la zona central donde había marisco afectado, aunque apenas quedaba brillo en la superficie.
Para los sectores en los que no habían observado una señal equivalente utilizó un símbolo distinto.
Uxía siguió el sistema durante unos minutos.
—Si haces eso, va a parecer que hay zonas limpias.
—Va a parecer que en esas zonas no vimos lo mismo a esa hora.
—No es exactamente igual.
—Por eso lo escribimos así.
Un punto sin película no demostraba ausencia de contaminación.
Podía haber estado afectado antes, haber recibido menos residuo o haberlo perdido con el movimiento del agua.
Sin embargo, si las zonas con mayor señal se repetían y otras permanecían relativamente limpias en momentos comparables, esa diferencia empezaría a tener valor.
Uxía abrió la galería del móvil.
—Esta es de anteayer, a primera hora de la tarde.
La imagen mostraba un charco estrecho junto a roca oscura. En uno de los bordes se apreciaba un brillo fino. Elena pidió ampliar la fotografía y comparó las formas del terreno con el plano.
—¿Sabes dónde es?
—Sí. El recodo norte.
—¿Seguro?
—Seguro.
Elena anotó la hora exacta que figuraba en el archivo.
La siguiente fotografía pertenecía a otra persona y no incluía referencias tan claras. Uxía dudó entre dos puntos.
—Esa no la colocamos todavía —dijo Elena.
—Podemos preguntarle a quien la hizo.
—Mejor.
Durante casi media hora repitieron el procedimiento.
Algunas imágenes resultaban útiles porque mostraban rocas, estacas o estructuras reconocibles; otras apenas enseñaban la superficie del agua.
Elena no descartó ninguna, pero tampoco iba a convertir una localización dudosa en una marca precisa solo para completar el mapa.
Al terminar la primera revisión, los dos recodos interiores acumulaban más observaciones positivas que el resto. Coincidía con lo que habían visto durante la bajamar, aunque todavía no bastaba para hablar de un patrón estable.
Uxía apoyó las manos en la mesa.
—Entonces sí que se queda ahí.
—Sabemos que se ha visto más veces ahí.
—¿Y qué diferencia hay?
Elena señaló el plano.
—Que «se queda ahí» ya contiene una explicación. Todavía no sabemos si llega más producto, si tarda más en salir o si simplemente se ve mejor porque el agua queda retenida.
Uxía aceptó la corrección.
—Vale. Más observaciones, menos verbos.
—Algo así.
Pasaron a los sectores aparentemente limpios.
Dos mariscadoras habían recorrido la parte sur la tarde anterior.
Una recordaba alguna iridiscencia aislada cerca de un canal; la otra no había visto nada.
Elena prefirió conservar ambas versiones.
Dos recuerdos distintos eran más útiles que una seguridad fabricada después de días hablando del mismo episodio.
—¿No sería mejor quedarnos con la que esté más segura? —preguntó Uxía.
—No si estuvieron allí las dos.
—Nos complicas los partes.
—Los partes ya venían complicados.
Uxía sonrió.
La puerta se abrió y entró un hombre con dos cajas de material de muestreo que dejó junto a la pared.
Mientras Uxía hablaba con él, Elena revisó el esquema.
Había decidido tomar una serie propia de muestras, no porque las anteriores carecieran de valor, sino porque necesitaba relacionar cada resultado con una posición y un estado de marea documentados por ella.
Cuando Uxía regresó, Elena le mostró los puntos.
—Quiero cuatro zonas principales y dos de comparación.
—¿Solo seis?
—De momento.
—Pensé que cogerías en todos los sitios donde vimos película.
—Si multiplicamos muestras sin una pregunta clara, tendremos más números, pero no necesariamente más información.
Había elegido un remanso interior con película visible, el recodo norte, la zona central con organismos afectados y un punto intermedio donde la señal era débil.
Como referencia tomarían además una muestra en el sector más expuesto a la entrada del mar y otra en la parte sur, donde las observaciones anteriores indicaban menor presencia.
Uxía se inclinó sobre el plano.
—Esta del sur puede cambiar bastante con la marea.
—Todas pueden.
—Pero ahí entra agua antes.
Elena levantó la vista.
—¿Antes que en el recodo norte?
Uxía dudó.
—Creo que sí.
—¿Lo has comprobado?
—No con reloj.
—Entonces lo dejamos como conocimiento local. Nos sirve para decidir qué observar, no para fijar todavía el orden.
Uxía soltó aire por la nariz, divertida.
—Voy aprendiendo.
Volvieron a A Barda poco antes de que la subida del agua redujera demasiado la zona accesible.
El viento seguía entrando desde mar abierto, aunque había perdido fuerza, y el cielo se había aclarado lo suficiente para que el brillo de la película resultara más difícil de distinguir en algunos puntos.
Elena empezó por el recodo norte.
Antes de llenar ningún recipiente, fotografió la zona, anotó la hora, la posición, el aspecto visible del agua y la relación con la línea que había marcado durante la primera inspección.
La superficie había ganado varios centímetros desde entonces.
El pequeño canal que comunicaba el entrante con el resto de la ensenada transportaba ya agua de manera continua.
Uxía sostenía el material.
—Ahora —dijo Elena.
Tomaron la muestra siguiendo el procedimiento acordado. Después cerraron, etiquetaron y registraron el recipiente antes de desplazarse al siguiente punto.
Allí la película era menos evidente que una hora antes. Quedaban trazas adheridas a restos flotantes y una línea tenue junto a la roca, pero parte de la superficie que había estado aislada ya se comunicaba con el agua exterior.
Elena fotografió también el cambio.
—Está desapareciendo —comentó Uxía.
—Está cambiando.
—No me vas a dejar decir nada sencillo.
—Puedes decir que vemos menos.
Uxía se echó a reír.
—Vemos menos.
La diferencia podía deberse a dilución, dispersión o desplazamiento superficial. Lo importante era documentar cómo se transformaban los mismos puntos a medida que subía la marea, no quedarse con una única imagen fija del escenario.
En la zona central encontraron mejillones abiertos y otros todavía adheridos a la roca.
Elena no tomó muestras biológicas. Ya había personal competente trabajando con los organismos afectados y, en aquel momento, su trabajo consistía en recoger agua y registrar la relación entre la película y el sustrato.
En algunos tramos la iridiscencia quedaba atrapada entre fragmentos de alga; en otros formaba una línea fina sobre roca húmeda, ligeramente por encima de la superficie actual. También encontraron pequeños restos flotantes con brillo adherido.
—¿Eso te dice cuánto tiempo lleva? —preguntó Uxía.
Elena examinó la marca de la roca.
—No por sí solo. Puede indicar que el producto estuvo en contacto con esta superficie cuando el agua estaba a otra altura. Para hablar de tiempo necesitaríamos más datos.
—Pero estuvo más arriba.
—Sí. Eso sí podemos documentarlo.
Llegaron después al punto de comparación más expuesto al mar. Allí el agua se renovaba con mayor facilidad y las pequeñas ondas alcanzaban directamente la roca. Elena repitió el mismo procedimiento, aunque la superficie no presentaba una película comparable.
Uxía señaló el recipiente cuando quedó cerrado.
—¿Y si sale limpio?
—Será útil.
—¿Y si sale lo mismo?
—También.
—Eso suena muy cómodo.
Elena guardó la etiqueta de control.
—Sería cómodo si cualquier resultado sirviera para demostrar la misma cosa. No es el caso.
Si la composición resultaba semejante en todos los puntos, la impresión visual podía estar engañándolas o la contaminación ser más extensa de lo que parecía.
Si aparecían diferencias de concentración, tendrían que comprobar si se mantenían cuando cambiara la marea.
Ningún resultado aislado bastaría para establecer el origen.
Antes de continuar, Elena revisó las etiquetas de los recipientes. No quería nombres como «zona sucia» o «punto limpio». Dentro de dos días, esas palabras podían influir en la interpretación de los resultados. Utilizó códigos de posición, hora y tipo de muestra.
Uxía observó cómo comprobaba por segunda vez uno de ellos.
—¿También importa cómo las llamamos?
—Importa que el laboratorio no reciba nuestra conclusión pegada al bote.
—Pero sabrán que unas son de zonas con mancha y otras no.
—Cuando toque, sí. Para el primer análisis prefiero que trabajen con las muestras y los datos que necesitan, no con lo que nosotros esperamos encontrar.
Los recipientes alineados en la caja parecían idénticos desde fuera.
A Elena le convenía que siguieran siéndolo un poco más.
La propia configuración del terreno introducía suficientes sesgos: un recodo podía parecer más contaminado porque retenía mejor el residuo y una zona con mayor oleaje podía parecer limpia simplemente porque lo dispersaba antes.
Etiquetar de antemano unas muestras como buenas y otras como malas solo añadiría otra capa de interpretación prematura.
Continuaron hacia el sector sur.
El acceso se había estrechado desde la mañana. Una lengua de agua cubría ya parte de la roca por la que habían pasado antes y tuvieron que bordearla por una zona algo más alta. Uxía avanzó primero, acostumbrada al terreno; Elena prefirió mantener su propio ritmo.
En el punto elegido no había brillo visible.
La ausencia de película llamaba menos la atención que una mancha, pero necesitaba documentarse con el mismo cuidado.
—Aquí ayer por la tarde estuvimos bastante rato —dijo Uxía—. Te lo comenté antes.
—Sí.
—Una de las chicas cree que vio algo en aquel canal.
Señaló unos metros más al oeste.
—¿Podemos hablar con ella luego?
—Está trabajando en otra zona. La llamo.
—No ahora. Primero terminamos esto.
Tomaron la última muestra y regresaron hacia la parte alta antes de que la marea les cerrara el paso más cómodo.
Desde allí Elena volvió a comparar los puntos.
Los dos recodos interiores seguían siendo los lugares donde la película había resultado más evidente, aunque la creciente estaba reduciendo las diferencias.
En la zona expuesta al mar abierto no aparecía una banda clara de entrada ni una línea continua que pudiera seguirse desde la boca de la ensenada hasta los puntos de mayor acumulación.
Eso no descartaba un vertido marino. Una descarga fuera de A Barda podía fragmentarse, entrar con una corriente local y concentrarse después en las zonas de menor renovación.
También era posible que la fuente estuviera más cerca, en tierra o dentro de la propia ensenada, y que el mar se limitara a redistribuirla.
Todavía no había motivos suficientes para elegir.
Uxía se sentó en el borde de un muro bajo mientras guardaban el material.
—Entonces, ¿qué hacemos cuando tengamos los resultados?
—Compararlos con otra observación.
—¿Otra vez aquí?
—Con otra fase de marea.
—Mañana.
Elena miró el agua. Parte del terreno que habían recorrido al llegar ya había desaparecido. Los remansos empezaban a perder sus límites y la ensenada recuperaba poco a poco una continuidad que durante la bajamar no tenía.
—Sí. Quiero ver estos mismos puntos cuando el agua esté entrando de verdad.
Uxía se puso en pie.
—¿A la misma hora?
—No. En la fase que nos interese, aunque nos toque madrugar o esperar.
—Eso sí suena a trabajo de mar.
Elena sonrió.
Antes de marcharse, volvió a fotografiar A Barda desde el punto alto. En el plano llevaba seis muestras, dos recodos con señal repetida, varios sectores con observaciones débiles y un conjunto de ausencias que aún necesitaban confirmación.
No era mucho, pero ya era bastante más útil que resumir todo lo ocurrido con una sola palabra: vertido.
Guardó el cuaderno y siguió a Uxía hacia la cofradía. La próxima vez que bajaran a A Barda, el agua ocuparía otros límites. Si la película se desplazaba con ella, el patrón cambiaría; y si permanecía donde estaba, eso también les diría algo.