36. La noche espejo
—Ese no —dijo Carmen desde el sillón.
—Es el que se puso para la cena, señora.
—Es el que me puse para enterrar a mi marido. —Carmen se levantó sola, sin bastón, y fue hasta el armario. Apartó las perchas una por una con la mano llena de anillos, como quien pasa las hojas de un libro que conoce de memoria—. Hoy no entierro a nadie. Hoy desentierro.
Sacó un vestido azul oscuro, sencillo, de tela gruesa, pasado de moda hacía cuarenta años. Se lo tendió a Valeria.
—Este me lo puse el día que llegué a Miami. Me lo había cosido mi madre para el barco.
Valeria la ayudó a ponérselo. Le quedaba grande en los hombros y corto en las muñecas, porque el cuerpo de una mujer de veinte años no es el de una de ochenta y seis, pero Carmen se miró en el espejo del tocador y asintió, satisfecha.
Después se volvió hacia ella. Los ojos grises estaban limpios, sin niebla.
—Hoy no bajo en silla de ruedas —dijo—. Hoy bajo caminando. Y tú, cuando mi nieto suba a ese altar, vas a estar donde él te pueda ver. ¿Me entiendes? No detrás de mí. Delante de él.
—¿Por qué?
—Porque hace veinte años, cuando ese niño necesitó que alguien lo mirara, yo estaba en una ventana mirando una fiesta.
*
A las siete menos veinte, Valeria salió al corredor para buscar la manta de Carmen y lo encontró en lo alto de la escalera.
Adrián llevaba un traje negro, una corbata negra y el discurso de su padre doblado en la mano, del tamaño de una ficha de dominó.
Estaba de pie en el primer escalón, con la mano en la baranda, igual que la noche del sonambulismo.
Pero esta vez estaba despierto. Tenía los ojos abiertos y no se movía.
Abajo, en el vestíbulo, Héctor los miraba desde su silla.
—No puedo bajar —dijo Adrián, sin volverse—. Llevo diez minutos aquí. Las piernas no me obedecen.
Valeria se puso a su lado. No le dijo nada. Le tomó la mano libre, la que no tenía en la baranda, y la sostuvo. Estaba helada.
—Uno —dijo.
Bajaron un escalón.
—Dos.
Las puertas del vestíbulo que daban al jardín estaban abiertas de par en par, y por ellas entraba el murmullo de los invitados, el tintineo de las copas, los primeros acordes de un coro que ensayaba.
Y entraba también, en oleadas tibias, el olor de las rosas.
Cientos de rosas blancas en la terraza, en la carpa, en los postes, en los jarrones.
El aire de la escalera estaba lleno de ellas.
—Diez. Once. Doce.
En la curva, la luz del atardecer entraba por el ventanal y teñía el mármol de un color anaranjado, casi carne.
—Quince.
En el dieciséis, Adrián se detuvo.
No fue una decisión. Fue el cuerpo. Las piernas se le trabaron y la mano que Valeria le sostenía se le cerró como una garra. Respiraba deprisa, por la boca.
—Huele igual —dijo—. Esa noche. Olía igual. Isa había cortado rosas del rosal para su cuarto. Las llevaba en el pelo. —Cerró los ojos—. Me dijo suéltame . Valeria, me dijo suéltame .
Abajo, Héctor se había puesto de pie.
Valeria le apretó la mano.
—Diecisiete —dijo, muy bajo—. Solo uno más. Y después otro. Después ya está.
Adrián abrió los ojos. La miró como si no supiera quién era. Después bajó un pie. Y el otro.
Llegaron al vestíbulo a las siete menos seis. Héctor volvió a sentarse.
*
La carpa estaba llena.
Valeria contó a ojo más de cien personas: hombres con trajes oscuros, mujeres con perlas, adolescentes que fingían no conocer a sus padres.
Había camareros con bandejas de agua mineral y vino blanco, un sacerdote de pelo blanco junto al altar, un coro de ocho voces vestido de negro.
En los laterales, tras un cordón, la prensa: tres cámaras de televisión, una docena de fotógrafos, teléfonos levantados como velas.
En la cámara de Canal 23, con una gorra y unos auriculares, había una mujer de pelo gris cortado como un hombre que sostenía el aparato al hombro con una torpeza evidente. Tenía la luz roja encendida. Directo.
Rafael estaba en la primera fila, de pie, recibiendo pésames.
Llevaba un traje negro impecable y la cara gris, cansada, perfecta.
Cuando vio aparecer a su madre en la puerta del vestíbulo, caminando del brazo de Valeria sin bastón y sin silla, con un vestido azul de otra época, algo se le cayó de la cara durante una fracción de segundo. Después se recompuso y fue a buscarla.
—Mamá. Te traje la silla.
—No la quiero —dijo Carmen, con la voz quejosa de siempre, la de vieja perdida. Pero no le soltó el brazo a Valeria. Caminó hasta la primera fila, despacio, entre dos hileras de cabezas que se volvían a mirarla, y se sentó en la silla del extremo, la que daba directamente a la terraza.
Valeria se quedó de pie junto a ella. Desde ahí veía el altar, la fuente seca cubierta de pétalos, las losas de piedra caliza alfombradas de blanco.
Veía las ventanas del segundo piso de la casa, incluida la de la esquina, la de la buganvilla, ahora oscura.
Y veía a los invitados de espaldas, la nuca de cien personas que habían venido a llorar a una muchacha encima de su tumba sin saberlo.
Pensó que la mujer de la ventana había visto esa misma escena veinte años antes, al revés.
Las luces en las palmeras, la música, la gente feliz que no sabía nada.
Y que ahora la mujer de la ventana estaba sentada en la primera fila, y que la ventana estaba vacía, y que todo lo que había que mirar estaba ahí abajo, a la vista de todos, debajo de una alfombra de pétalos.
Valeria sintió algo que no supo nombrar enseguida y que después, mucho después, reconocería como la forma más pura del miedo: no el de que algo saliera mal, sino el de que todo saliera exactamente como tenía que salir, y no hubiera vuelta atrás.
Un millón de personas estaban mirando por la luz roja de una cámara.
Su madre, en Rosario, probablemente también.
Y ella no tenía grabadora, ni teléfono, ni portátil, ni libreta. Solo tenía las manos.
El sacerdote empezó a hablar.
*
A las siete y cuarto, en mitad del salmo, hubo un murmullo en el fondo de la carpa.
Empezó en la última fila, entre los periodistas, y se fue propagando hacia adelante como una ola. Alguien se dio la vuelta. Después otro. Un fotógrafo saltó el cordón y salió corriendo hacia el portón. Después dos más. Las cámaras de televisión giraron sobre sus trípodes.
—¡Es él! —gritó alguien—. ¡Es Mendoza!
Valeria no se volvió. No le hizo falta. Vio la cara de Rafael en la primera fila, y en esa cara vio la calle lateral, el portón, la garita, y del otro lado de la reja, de pie bajo la luz de las farolas, a un hombre delgado de treinta y ocho años con el pelo rizado y una cicatriz en la ceja, sin gorra, sin gafas, sin esconderse, mirando hacia el jardín con las manos en los bolsillos.
Rafael hizo un gesto con la cabeza. Héctor salió hacia el portón a paso rápido.
El sacerdote carraspeó, buscó la línea en su libro y siguió leyendo, más alto.
La cámara de Canal 23 no se movió. Siguió enfocando el altar.
*
—Y ahora —dijo el sacerdote, a las siete y veintidós— Adrián, el hermano de Isabel, nos dirá unas palabras.
Adrián se levantó de la primera fila. Pasó junto a su padre sin mirarlo. Subió el escalón de piedra de la terraza y se colocó detrás del altar, delante de la fuente seca, con los zapatos negros hundidos en una alfombra de pétalos blancos.
Desdobló el papel. Una vez. Dos. Tres.
—Mi hermana Isabel —leyó— era la persona más luminosa que he conocido.
Se detuvo.
Miró las rosas. Miró la piedra bajo sus pies, las losas de caliza que asomaban entre los pétalos.
Levantó la vista y buscó entre la gente.
Encontró a su abuela en la primera fila, sentada muy recta en su vestido azul.
Encontró a su padre, de pie, con las manos juntas delante del cuerpo.
Y encontró a Valeria, de pie junto a Carmen, exactamente donde él la podía ver.
La luz roja de la cámara de Canal 23 seguía encendida.
Adrián dejó caer el papel sobre los pétalos.
—Esto no lo escribí yo —dijo.