La mentira de Lucía 35. Fuera de la casa
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35. Fuera de la casa

Tomás Arango se quedó mirando el teléfono durante diecinueve minutos.

La llamada se había cortado a las cuatro y siete.

A las cuatro y veintiséis seguía sentado en el borde de la cama, en calzoncillos y camiseta, con el aparato en la palma de la mano, esperando que volviera a sonar.

No volvió a sonar. El número desde el que llamaba la periodista no aceptaba llamadas de vuelta; lo había intentado tres veces y las tres había oído el mismo silencio sin tono, el silencio de los teléfonos que alguien esconde.

A las cuatro y media se levantó, se afeitó, se puso una camisa limpia y la abotonó hasta el cuello.

Después sacó los zapatos negros del armario, los puso sobre una hoja de periódico en la mesa de la cocina y los lustró durante veinte minutos, despacio, con el mismo trapo de franela de hacía treinta años.

Lucila se reía de él por eso. Los lustras como si fueras a un entierro , le decía. Y él le contestaba que en su oficio uno siempre iba a un entierro, solo que a veces no lo sabía todavía. Lucila llevaba ocho años muerta y él seguía contestándole en voz alta, en la cocina, a las cinco de la mañana.

—Esta vez sí lo sé —le dijo.

*

Mientras lustraba, pensó en el capitán.

Pensó en aquella oficina de diciembre de 2007, con el ventilador de techo moviendo el calor de un lado a otro.

El capitán firmando papeles sin mirarlo.

Si quiere conservar la placa, busque a la muchacha y no le busque problemas a la familia.

Y él había dicho que sí, capitán. Se había quedado diez minutos en el estacionamiento con las manos en el volante, sabiendo exactamente lo que acababa de hacer.

Tenía dos hijas en la universidad y una hipoteca en Westchester.

Lucila acababa de empezar el tratamiento.

Todas las razones eran ciertas. Y en junio un muchacho de diecinueve años se había subido a un avión con un sobre y una amenaza, y él no había hecho nada.

Durante veinte años se había contado que no hizo nada porque no pudo.

Esa mañana, con el trapo en la mano, se dio cuenta de que no era del todo verdad.

No hizo nada porque tuvo miedo, y el miedo, cuando dura lo suficiente, termina pareciéndose a la prudencia.

Ahora una mujer de treinta y cuatro años estaba encerrada en esa casa haciendo lo que él no se atrevió a hacer a los cuarenta.

Lo menos que podía hacer él era llegar a tiempo.

Se puso los zapatos. Brillaban.

*

Patricia Rentería lo esperaba a las siete en un restaurante de la calle Ocho, en el reservado del fondo, con un café negro y una carpeta delante.

Tenía cincuenta y tantos años, el pelo gris cortado como un hombre y la cara ancha y tranquila de las fotos de la página web.

Lo escuchó todo sin interrumpirlo. Cuando él terminó, cerró la carpeta.

—Una misa en el jardín, con prensa —dijo—. Y una periodista que va a salir en directo desde el despacho del dueño de la casa. —Bebió un sorbo de café—. Es la peor idea que he oído en veinte años de homicidios.

—Ya lo sé.

—Y la única que tenemos. —Rentería sacó el teléfono—.

Canal 23 tiene acreditación para la misa.

Conozco a la productora. Me debe un favor desde lo del puerto.

Voy a entrar como parte de su equipo, con una credencial y una cámara al hombro que no sé usar.

—Lo miró por encima del teléfono—. Usted no entra. Montalvo lo conoce.

—Ya lo sé.

—Y voy a dejar una furgoneta con un georradar y dos técnicos forenses en la calle de atrás, con el motor apagado, a dos cuadras de la casa.

Si alguien de esa familia dice lo que tiene que decir, delante de mí y de una cámara, despierto al juez Ochoa, que está de guardia esa noche y odia a los Montalvo desde que le ganaron un pleito por unos terrenos en Doral.

—Hizo una pausa—. Si nadie lo dice, me tomo una copa de vino blanco, le doy el pésame al señor Montalvo y me voy a mi casa. Y usted y yo no nos conocemos.

—Entendido.

—Una cosa más. —Rentería se inclinó sobre la mesa—. ¿Quién de esa familia va a hablar, detective? Porque si la respuesta es nadie , todo esto no sirve de nada.

Tomás no contestó.

*

Julián lo esperaba en el estacionamiento, apoyado en un auto alquilado, fumando. Tenía la cara gris de quien no ha dormido.

—Quiero entrar —dijo, antes de que Tomás llegara a su lado.

—No.

—Isa está debajo de esas flores, Tomás. Lo vi en la televisión. Pusieron un altar encima. Le pusieron rosas blancas encima, como si fuera un regalo.

—Si usted pisa esa casa, lo linchan. —Tomás le quitó el cigarrillo de los dedos y lo pisó—. La mitad de Miami cree que usted la mató. Hay gente que tiene su foto de fondo de pantalla. Báez tiene hombres en el portón. Y usted tiene una madre en Caracas que no ha salido a la calle en un mes.

Julián se quedó mirando el asfalto.

—Entonces voy a estar en la puerta —dijo al fin—. Afuera. En la calle. A las siete. Con mi cara.

—Julián…

—Con mi cara —repitió, levantando la vista—.

Durante diecinueve años me escondí. Me cambié el nombre.

Dejé que me dieran por muerto. Dejé que mi madre dijera que yo me había muerto para ella.

Mañana es el día en que esa familia va a decirle al mundo que soy un asesino, otra vez, delante de su altar de rosas.

Y yo voy a estar en la puerta, de pie, para que me vean.

Para que toda esa prensa se dé la vuelta y me mire.

Tomás lo estudió un largo rato. Pensó que era una locura. Pensó también que una puerta llena de periodistas mirando a otro lado era exactamente lo que una detective con una cámara al hombro necesitaba para pasar desapercibida.

—A las siete y cuarto —dijo—. No antes. Y no se acerque al portón.

*

A las once de la mañana, en el auto, con el motor encendido para el aire acondicionado, volvió a llamar al número de Monterrey que ya le había colgado dos veces.

Contestaron al cuarto timbre. Una voz de mujer, cansada, con ruido de niños de fondo.

—¿Bueno?

—Señora Treviño. Soy Tomás Arango. El detective.

Hubo un silencio. Tomás esperó que le colgara, como las otras veces.

—Ya sé quién es —dijo Marisol—. Me fui de esa casa. No voy a volver. No voy a declarar nada.

—No le pido que declare. Solo quiero saber si está bien.

Otro silencio, más largo. Los niños gritaban algo en el fondo, un juego.

—Dígale a la muchacha que la perdono —dijo Marisol al fin—.

Que sé que me grabó. Lo supe en cuanto me dijo que no.

Y dígale otra cosa. —La voz le tembló, apenas—.

Dígale que yo mentí. Que esa noche, a las diez y media, cuando subí a ver al niño, la cama estaba vacía.

Que no estaba durmiendo. Que nunca estuvo durmiendo.

Que llevo veinte años jurando lo contrario delante de esa Virgen, y ya no puedo más.

Colgó antes de que Tomás pudiera contestar.

*

A las diez de la noche del 28, Tomás estacionó en la calle lateral, frente a la buganvilla, en el mismo sitio donde semanas antes se habían amontonado los curiosos con sus trípodes. Apagó el motor. Se quedó mirando la casa.

La carpa blanca brillaba en el jardín de atrás, iluminada por dentro, como un farol de papel. Había un guardia en el portón y otro en la esquina. Todas las ventanas del segundo piso estaban a oscuras.

Todas menos una.

En la esquina, la de la buganvilla, la que había salido en una foto del Herald veinte años atrás, había una luz débil, amarilla, de lámpara de mesa. Y detrás del vidrio, de pie, una silueta pequeña de mujer, con el pelo blanco, inmóvil, con una mano apoyada en el cristal.

No miraba la calle. No miraba la carpa ni a los guardias.

Miraba hacia abajo, hacia el jardín de atrás, hacia un altar cubierto de rosas blancas que desde la calle no se podía ver.

Tomás Arango se quedó mirándola hasta que la luz se apagó.