La mentira de Lucía 34. Atrapada
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34. Atrapada

Valeria los vio desde la ventana de Carmen: una camioneta blanca, después otra, hombres con camisetas de una empresa de eventos que descargaban sillas plegables, tarimas de madera, rollos de tela blanca.

Trabajaban deprisa, en silencio, como trabajan los que cobran por hora.

A las nueve ya habían levantado una carpa blanca en el jardín trasero, con los laterales abiertos.

A las diez estaban colocando las sillas en filas, de cara a la casa.

De cara a la terraza.

A las once trajeron el altar. Era una mesa larga cubierta con un mantel blanco bordado, y la pusieron sobre las losas de piedra caliza, justo delante de la fuente seca.

Un hombre con un metro en la mano la movió dos veces, a la izquierda y a la derecha, hasta que quedó perfectamente centrada sobre la piedra.

Después llegó una furgoneta de una floristería de Coral Way y empezaron a bajar cubos de flores.

Rosas blancas. Docenas. Cientos.

Las fueron colocando alrededor del altar, en jarrones de cristal, en coronas, en guirnaldas que colgaban de los postes de la carpa.

A media tarde la terraza entera era un jardín blanco, una alfombra de pétalos sobre la piedra, y desde la ventana de la esquina parecía un rosal enorme que hubiera crecido de golpe en el mismo sitio donde, veinte años antes, alguien había arrancado otro.

Carmen lo miró todo desde su sillón sin decir una palabra. Tenía la mandíbula apretada y los nudillos blancos sobre la manta.

—Ese hijo mío siempre tuvo buen gusto —dijo al fin—. Para las flores.

*

Héctor estaba ahora dentro de la casa.

Había aparecido la noche anterior, después de que se llevaran a Marisol, y se había instalado en una silla en el vestíbulo, al pie de la escalera principal, con una botella de agua y un teléfono.

No hablaba. No miraba a nadie en particular.

Cuando Valeria bajaba a la cocina a buscar la comida de Carmen, él levantaba la vista, la seguía con los ojos hasta la puerta y la volvía a bajar.

Cuando ella subía, lo mismo. La puerta de servicio estaba cerrada con una llave que no estaba en ningún gancho.

Las ventanas de la planta baja tenían la lucecita verde de la alarma encendida a todas horas.

En la cocina había una mujer nueva, una cocinera dominicana que mandaba la agencia de Gladys y que no sabía dónde estaba nada. Le preguntó a Valeria dónde se guardaban las tazas y Valeria no supo contestarle. Nunca había tenido que buscarlas. Siempre había estado Marisol.

*

A las once de la mañana, Adrián subió al cuarto de su abuela con un papel en la mano.

Tenía peor cara que nunca. No se había afeitado y la camisa le colgaba fuera del pantalón. Se sentó en la cama, junto al sillón de Carmen, y le tomó la mano.

—Mi padre quiere que hable en la misa —dijo, sin mirar a Valeria—.

Que diga unas palabras sobre Isa. Me escribió el discurso.

—Levantó el papel—. Tiene tres páginas. Dice que yo la adoraba.

Que era mi heroína. Que el día que se la llevaron se me rompió algo que nunca se arregló.

—Se rió por la nariz—. Todo es verdad. Y lo escribió él.

Carmen le apretó la mano.

—Anoche volví a caminar dormido —dijo Adrián—.

Me desperté en la puerta del ala oeste. Con la mano en la cerradura.

Y me acordé de algo. Muy poco. Me acordé de la pulsera.

—Miró a Valeria por primera vez—. Isa me la enseñó esa noche.

En la escalera. Me dijo: Mira lo que me regaló la abuela. Y estaba contenta.

Carmen cerró los ojos.

—¿Y después? —preguntó Valeria.

—Después no hay nada. —Adrián dobló el discurso por la mitad, después otra vez, hasta que quedó del tamaño de una ficha de dominó—. Después está el agua fría.

Se fue sin despedirse. Carmen se quedó con los ojos cerrados un rato largo.

—Pasado mañana voy a bajar a esa misa —dijo, sin abrirlos—. Hace veinte años que no piso esa terraza. Pasado mañana la voy a pisar.

*

Esa noche no durmió.

Se sentó en el suelo de su cuarto, con la espalda contra la cama, la puerta interior entreabierta y la respiración de Carmen en el monitor.

Sin portátil, sin teléfono, sin grabadora, sin libreta, porque Rafael también se había llevado la libreta.

Tenía un bolígrafo, un camisón, un cepillo de plata que no era suyo y un teléfono negro escondido en el forro de una almohada, con un nueve por ciento de batería y un cable de carga que solo podía usar cuando Carmen se iba a bañar.

La mente empezó a dar vueltas, como dan vueltas las mentes encerradas.

Pensó en Marisol en un avión a Monterrey, con su abrigo de misa.

En la madre de Julián tapándose la cara con una toalla.

En Tomás, con su pensión del condado. Cada uno era una puerta que ella había abierto, y detrás de cada puerta había alguien pagando.

Después hablaremos de lo que hacemos con usted.

Su mente le dio todas las respuestas a la vez: una demanda, un pasaje como el de Julián, una camioneta negra por una carretera de los Everglades sin luces.

Una caída. Se sorprendió pensando en el escalón dieciséis.

Una cuidadora agotada que baja de madrugada a buscar un vaso de agua y pisa mal en la curva.

Nadie lo discutiría. Se levantó y comprobó el pestillo de la puerta del corredor.

Volvió a sentarse. Se levantó y lo comprobó de nuevo.

Contó los escalones de memoria, del uno al treinta y dos y después hacia atrás, y en el dieciséis se le cerró la garganta las dos veces.

Hacia las tres, entre una vuelta y la siguiente, la mente encerrada le devolvió una frase de Rafael que había oído sin escucharla.

El 29, a las ocho, usted publica el episodio que está escribiendo.

Desde mi despacho, con mi computadora, delante de mí.

En directo. Con su voz. Valeria se quedó quieta.

El hombre que lo controlaba todo le había dado lo único que nadie más podía darle: un micrófono abierto, en su propia casa, la noche del aniversario, con un millón de personas esperando.

Lo único que tenía que hacer era decir otra cosa.

No sabía cómo. No sabía si iba a salir viva de ese despacho.

Pero por primera vez en tres días, la mente dejó de dar vueltas y se quedó apuntando hacia un solo sitio, como una brújula.

*

A las cuatro de la madrugada, Valeria sacó el teléfono negro del forro de la almohada. Nueve por ciento. No había podido cargarlo: la nueva cocinera había bañado a Carmen esa tarde, por orden del señor, y Valeria no había tenido un momento a solas con el enchufe.

Marcó.

—Tomás. Escúcheme. No tengo mucha batería. Rafael quiere que publique el episodio el 29 a las ocho, en directo, desde su despacho. Lo voy a hacer. Pero voy a decir la verdad. Necesito que Rentería esté aquí. En la misa. A las siete.

—Señorita Ibarra, Rentería no puede entrar en una casa privada sin…

—No va a entrar sin nada. Va a entrar invitada. Es una misa. Hay prensa. Que venga como periodista, como vecina, como lo que sea. —Valeria bajó la voz—. Y que traiga a alguien que sepa levantar una losa de sesenta centímetros.

Hubo un silencio al otro lado.

—Ella me dijo ayer una cosa —dijo Tomás—.

Que si alguien de la familia, alguien que estuvo en la casa esa noche, dice delante de testigos lo que pasó, ella puede despertar a un juez de guardia esa misma noche.

Con una declaración así, la orden se firma en una hora.

Pero tiene que ser alguien de la familia.

Tiene que ser en voz alta. Y tiene que haber testigos que…

La pantalla parpadeó.

—¿Tomás?

Uno por ciento. La pantalla se apagó.

Valeria se quedó en el suelo, en la oscuridad, con un teléfono muerto en la mano y la mitad de una frase en la cabeza. Alguien de la familia. En voz alta. Delante de testigos.

Al otro lado de la puerta interior, en el monitor, la respiración de Carmen se detuvo un momento, como la de alguien que acaba de oír algo, y después siguió.