33. Descubierta
Durante dos semanas, Valeria fue la empleada perfecta.
Bañaba a Carmen a las seis, le daba la pastilla a las nueve, le leía los obituarios y perdía al dominó los viernes.
Saludaba a Héctor en el portón sin intentar salir.
Le dijo a Rafael, una mañana en el vestíbulo, que había pensado en su propuesta y que estaba escribiendo el guion.
Era verdad. Lo escribía cada noche en el portátil, con la puerta interior cerrada: un episodio largo, sereno, lleno de frases que Rafael Montalvo querría oír.
Un padre que por fin puede descansar. Lo dejaba abierto en la pantalla cuando bajaba a buscar el té, por si alguien entraba a mirar.
Y los martes y los viernes, a las cuatro de la madrugada, sentada en el suelo con el teléfono negro de la caja de música, hablaba con Tomás.
—Rentería escuchó todo —le dijo él la segunda vez—.
Le interesa. Le interesa mucho. Pero me dijo lo que yo ya sabía.
Un plano, unos pagos y una grabación hecha sin permiso no le alcanzan para que un juez firme una orden y le levante la terraza a la familia Montalvo.
Necesita un testigo. Uno de carne y hueso, que se siente delante de ella y lo diga.
—Marisol.
—Marisol no quiere. —Tomás suspiró—. La llamé. Me colgó. La volví a llamar. Me dijo que tiene un hijo y dos nietos, y que los papeles se revisan.
Las ciudadanías se revisan, ¿sabe?
Valeria apretó el teléfono.
—Entonces Carmen.
—Usted misma me dijo lo que piensa Carmen de eso. La palabra de una vieja loca contra la de su hijo. —Tomás hizo una pausa—. Le quedan tres días, señorita Ibarra. Y a mí se me acaban las ideas.
*
El día 26, a las seis y media de la tarde, Valeria terminó de bañar a Carmen, la secó, la vistió con el camisón de algodón y la sentó frente al tocador para peinarla. Cien cepillazos. Se los contó en voz alta, como siempre, y la anciana movía los labios con ella, sin voz.
Al terminar cruzó la puerta interior para buscar la crema de manos.
Rafael Montalvo estaba sentado en su cama.
Tenía puesto el traje gris. Estaba sentado en el borde del colchón con las piernas cruzadas, la espalda recta, como un médico que espera a un paciente.
A su lado, sobre la colcha, en una fila ordenada, como objetos de un expediente, estaban el portátil de Valeria, su pasaporte, su teléfono, la caja de tampones abierta, un pañuelo desdoblado con una llave de hierro con el aro en forma de lira. Y la grabadora.
El teléfono negro de la caja de música no estaba en la fila. Valeria lo sentía contra la cadera, en el bolsillo del delantal, donde lo llevaba siempre desde hacía dos semanas.
Rafael tenía la grabadora en la mano. La pantalla estaba encendida.
No dijo nada. Apretó el botón de reproducir.
—Le voy a contar lo que vi. No lo que pienso. Lo que pienso no le importa a nadie.
La voz de Marisol llenó el cuarto pequeño, nítida, cercana, con el zumbido del ventilador de fondo. Valeria se quedó de pie en el umbral de la puerta interior, con el bote de crema en la mano.
—A las once, más o menos, el señor entró en la cocina.
Rafael la dejó correr. No apartaba los ojos de Valeria.
—…y en la mitad de la curva, en el escalón dieciséis, había una mancha. Del tamaño de una mano abierta…
*
Valeria había imaginado muchas veces que la descubrían.
En todas esas versiones tenía miedo por ella: por su nombre, por la demanda, por el titular.
No había imaginado nunca esto: estar de pie en una puerta oyendo la voz de otra persona salir de un aparato que ella había encendido a escondidas, mientras esa persona le preguntaba si la estaba grabando y ella le decía que no.
Fuera de aquel cuarto diminuto de la Virgen, la voz de Marisol sonaba desnuda.
Y Valeria sintió en la boca del estómago algo que no había sentido ni en la sala de reuniones de Puente : la certeza física de haberle hecho daño a alguien con sus propias manos.
No a un empresario ni a una familia rica.
A una mujer de sesenta años que había decidido creerle la mentira porque estaba demasiado cansada para discutirla.
Y ahora la tenía en la mano el único hombre del mundo contra el que esa mujer no tenía defensa.
—¿Lo está grabando?
—No.
Rafael apretó el botón. El silencio fue peor que la voz.
—Veintiséis minutos y cuarenta segundos —dijo él—. Lo escuché tres veces. —Dejó la grabadora sobre la colcha, en la fila, junto a la llave—. La mexicana que llevaba treinta años en mi casa. La que crio a mis hijos. La que me debe todo lo que tiene.
—Ella no tiene la culpa de…
—No me hable. —Rafael no levantó la voz.
No le hacía falta—. Desde este momento, usted no se llama Lucía.
Tampoco Valeria. Usted es una empleada de esta casa que se ocupa de mi madre y que no sale de aquí hasta el día 29.
Héctor tiene instrucciones. El portón de servicio está cerrado con llave.
Su auto está en mi garaje. —Fue recogiendo los objetos de la colcha uno por uno, el portátil, el teléfono, el pasaporte, la grabadora, la llave, y los fue metiendo en una bolsa de cuero que tenía a los pies—.
El 29, a las ocho, usted publica el episodio que está escribiendo.
Desde mi despacho, con mi computadora, delante de mí.
Y después hablaremos de lo que hacemos con usted.
Se puso de pie. Le llegó a Valeria el olor de su colonia, cara, seca.
—Pensé que era más inteligente —dijo, y salió.
*
A las ocho y media de la noche, desde la ventana del corredor, Valeria vio salir a Marisol.
Iba por el camino de grava hacia el portón, con una maleta de ruedas que tintineaba sobre las piedras y una bolsa de plástico en la otra mano.
Llevaba el abrigo gris que se ponía para ir a misa.
Una camioneta negra con el logotipo de Atlas en la puerta la esperaba con el motor encendido.
Héctor le abrió la puerta de atrás y le tomó la maleta.
Marisol no subió enseguida. Se quedó un momento de pie junto a la camioneta, en el resplandor de las luces del portón, y levantó la cabeza hacia la casa. Hacia el segundo piso. Hacia la ventana de la esquina, la de la buganvilla, la del cuarto de Carmen.
No miró la ventana del corredor. No miró a Valeria.
Después se subió a la camioneta, Héctor cerró la puerta y el vehículo se fue por la calle lateral, despacio, con las luces largas.
Valeria se quedó en la ventana hasta que dejó de oír el motor.
—Monterrey —dijo una voz a su espalda.
Adrián estaba en el pasillo, en la penumbra, con las manos en los bolsillos. Tenía la cara gris.
—Mi padre le compró un pasaje para esta noche. A ver a su hijo, le dijo. Unas vacaciones. Con el sueldo pagado. —Adrián tragó saliva—. Le pregunté si iba a volver. No me contestó.
—¿Y tú qué hiciste?
Adrián la miró. Abrió la boca. La cerró.
—Nada —dijo—. Lo mismo que hago siempre.
Dio media vuelta y bajó la escalera. Valeria oyó una puerta cerrarse en la planta baja. Un clic suave.
*
Esa noche, cuando le dio la pastilla de las nueve, Carmen se la tragó delante de ella, abrió la boca para mostrarle que no había nada debajo de la lengua y, al devolverle el vaso, le apretó los dedos con la mano llena de anillos.
—Se llevó a Marisol —dijo. No era una pregunta.
—Sí.
Carmen asintió despacio, mirando la ventana oscura, la calle lateral vacía, el portón con su lucecita roja.
—Ahora sí, niña —dijo—. Ahora estamos las dos presas.