30. La aliada
—¿Quién? —preguntó Valeria.
Julián la miró con algo parecido a la compasión. Como se mira a alguien que todavía no ha visto lo que tiene delante de los ojos.
—Tú ya lo sabes —dijo—. Le cortas la comida todas las noches.
El muelle se movió un poco bajo sus pies, o eso le pareció. Un velero de la marina hizo sonar su mástil contra el viento, un tintineo agudo, como una cuchara contra un vaso.
—Carmen tiene demencia —dijo Valeria.
—Carmen tiene ochenta y seis años —dijo Julián— y me encontró en Valencia, con otro nombre, otro pasaporte y un número de teléfono que no tenía ni mi madre.
La policía de dos países no consiguió encontrarme en diecinueve años.
Ella tardó cuatro meses. —Encendió otro cigarrillo; esta vez la llama prendió al primer intento—.
Pagó a un investigador privado de Madrid con dinero de una cuenta que su hijo no conoce.
Me llamó desde un teléfono que nadie en esa casa sabe que tiene.
La primera vez colgué. La segunda me dijo una frase que solo podía saber alguien que estuvo en esa casa aquella noche, y no colgué más.
—¿Qué frase?
— La pulsera te la iba a enseñar en el baño, y te la enseñó. —Julián soltó el humo despacio—. Nadie lo sabía. Ni tu detective. Nadie.
*
Valeria se sentó otra vez en el borde del muelle. Le temblaban las piernas.
Julián siguió hablando, de pie, mirando hacia la bahía, como si le contara las cosas al agua.
—Me llamaba una vez por semana. Los martes, a las cuatro de la madrugada de aquí, que son las diez de la mañana allá.
Hablábamos diez minutos. A veces hablaba de Isa.
A veces de su hermana, una que se ahogó en Cuba.
A veces no decía nada y yo la oía respirar.
Me contó que llevaba seis años haciéndose la loca.
Que al principio fue de verdad, un poco, después de un derrame pequeño, y que cuando se recuperó decidió no recuperarse del todo.
Que una vieja que no se acuerda de nada puede ir a cualquier sitio de la casa a cualquier hora.
Que nadie le esconde nada a una vieja que no se acuerda de nada.
—¿Y por qué no habló? En seis años. En veinte.
Julián se quedó un rato callado.
—Le pregunté lo mismo. Me dijo: Porque lo que yo sé no lo puedo decir. Pero lo puedo hacer encontrar. —Se encogió de hombros—. Nunca me dijo qué sabía. Nunca me dijo quién fue. Yo creo que nunca me lo va a decir.
—¿Y yo? —La voz de Valeria sonó más pequeña de lo que quería—. ¿Cómo… por qué yo?
—Un día me llamó y me dijo que había encontrado a alguien.
Una periodista que se había equivocado una vez delante de todo el mundo.
Que tenía un pódcast que no escuchaba nadie.
Que vivía encima de una lavandería en la calle Ocho y que llevaba meses buscando un caso que la devolviera a la vida.
—Julián la miró—. Me dijo: Esa no se va a permitir equivocarse dos veces.
Y va a tener tantas ganas de encontrar algo que va a aguantar lo que no aguantaron las otras.
Valeria cerró los ojos.
El anuncio publicado veintiséis días antes de que existiera la vacante.
Que sepa escuchar. La mujer sin nombre que había llamado a Tomás.
El mensaje en el teléfono de Gladys: te quieren a ti.
El sobre con referencias perfectas. La pastilla enterrada en una maceta.
El frío repentino junto a la piscina, a treinta grados, en el momento exacto en que Marisol le registraba la maleta.
Las cosas se ordenaron solas otra vez, como en el motel, pero esta vez no le dieron náuseas.
Le dieron una calma helada, la de quien por fin entiende el plano de la casa donde ha vivido a oscuras.
La había elegido una anciana junto a una ventana, precisamente por lo que tenía de peor: la herida, el hambre, esa necesidad de creer que la había llevado a la ruina una vez.
La habían usado, igual que en Contratos de agua .
Pero allá había una mentira que necesitaba una periodista para parecer verdad.
Aquí, una verdad que necesitaba una periodista para salir de debajo de una losa.
—Ella sabía que me iba a equivocar —dijo—. Con la caja.
—No lo sé. —Julián tiró el cigarrillo al agua—.
Te dijo que no creyeras lo que encontraras en el despacho, ¿no?
Me lo contó. Y yo te mandé ahí igual, porque estaba harto de esperar.
Ella me dijo que esperara. Que la muchacha tenía que llegar sola.
Yo no la escuché. —Hizo una pausa—. Ella ya no me llama desde entonces.
*
Adrián no le hizo ninguna pregunta en el camino de vuelta. Valeria se metió debajo de la manta de Isa en el asiento trasero, y él condujo despacio por Old Cutler Road, con las luces largas, sin poner música. Solo una vez, en un semáforo, dijo sin volverse:
—¿Es él?
—Sí.
Adrián asintió. No preguntó nada más. Valeria oyó cómo se le cortaba la respiración un momento y después volvía, más honda.
Héctor les levantó la barrera a la una y cuarenta sin salir de la garita.
*
Subió la escalera de servicio a oscuras. Entró en su cuarto. No encendió la luz.
Cruzó la puerta interior.
Carmen dormía de lado, de espaldas a la ventana, con el pelo blanco extendido sobre la almohada y las manos llenas de anillos cruzadas bajo la mejilla, como una niña. La lucecita verde del monitor parpadeaba con su respiración. Lenta. Regular. Perfecta.
Valeria se quedó de pie junto a la cama mucho rato, mirándola.
Pensó en la primera mañana, en esos ojos grises que durante un segundo la habían visto entera, la grabadora, el pasaporte, el nombre que no era del todo un nombre, la serie retirada, las doscientas catorce descargas.
La estaba esperando desde el viernes. Pensó que aquella mañana había creído que una anciana con demencia la confundía con otra persona.
Y que la anciana no la había confundido con nadie.
—Sé que me está escuchando —dijo, en voz muy baja.
Nada. La respiración subió y bajó. Subió y bajó.
—Sé quién es usted, Carmen.
Pasó un minuto entero. Valeria ya estaba dándose la vuelta para irse cuando la anciana habló, sin abrir los ojos, con la voz ronca de quien acaba de despertarse o de quien no ha estado dormida en toda la noche.
—Mañana, niña —dijo Carmen Montalvo—. Mañana hablamos. Hoy es tarde, y yo soy una vieja.