La mentira de Lucía 29. Julián
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29. Julián

—Lo siento —dijo Valeria.

Lo dijo así, sin nada delante ni detrás. Julián no contestó. Sacó otro cigarrillo del bolsillo de la chaqueta, lo encendió con un mechero que tardó tres intentos en prender por la brisa, y se quedó mirándola por encima de la llama. Después miró el agua.

—Mi madre me dijo que la llamaste —dijo al fin—. Me llamó a Valencia llorando. Cree que sigo allí.

—¿Y no sigues allí?

—Sigo allí desde hace diecinueve años. Llegué hace once días. —Le dio una calada al cigarrillo—. Por una semana. Para ver a mi hermana, que vive en Doral y no me ve desde que era una niña. Y después saliste tú en todas las pantallas del mundo diciendo mi nombre, y ya no me puedo ir.

*

Se sentaron en el borde del muelle, con las piernas colgando sobre el agua negra. Entre los dos quedaba un metro de tablas. Ninguno lo cruzó.

Julián habló durante mucho rato. Hablaba despacio, buscando las palabras, con el acento caraqueño gastado por dos décadas de España, como una moneda que ha pasado por demasiadas manos. Valeria no lo interrumpió. No sacó la libreta. No tenía nada en los bolsillos.

—Ella me lo dijo esa tarde, en el estacionamiento del colegio —dijo—.

Que en la fiesta, cuando cortaran el pastel, iba a decirlo delante de todos.

Que cuando se graduara se iba conmigo a Caracas.

Mi familia volvía en el verano; a mi papá no le renovaron los papeles.

Ella lo había hablado con su abuela. La abuela le dijo que sí, que se fuera, que no hiciera lo que hizo ella.

Le regaló la pulsera esa misma noche, en su cuarto, antes de la fiesta.

Una rosa, por el rosal del jardín. Isa me la enseñó en el baño de la fiesta, contenta como una niña.

Mi abuela me dio permiso , me dijo. Como si la abuela fuera la que mandaba.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que no lo dijera así. Delante de todos. Que su padre la iba a matar. —Julián se rió, una risa corta, horrible—. Eso le dije. Que su padre la iba a matar. Es una frase que uno dice. Uno no piensa.

El agua golpeaba los pilotes del muelle con un ruido blando, constante.

—A las diez y media subió a su cuarto. Llorando, dijeron después.

No estaba llorando por mí. Alguien se lo había contado a su padre antes de que ella pudiera hacerlo.

No sé quién. Él la había llamado aparte, en el jardín.

Yo los vi de lejos. Él le hablaba muy cerca de la cara.

Ella se soltó y se fue hacia la casa. —Julián tiró la ceniza al agua—.

Diez minutos después, su padre vino a buscarme.

Me dijo que Isa no quería verme. Que me fuera.

Que si me volvía a ver cerca de su hija me iba a arrepentir de haber nacido.

Y yo me fui. Me fui caminando por la calle, llorando como un niño.

Eso es lo que le dije a tu detective once veces. Era verdad las once.

*

—En junio vinieron a buscarme —siguió—. A la salida del trabajo.

Yo descargaba camiones en un almacén de Medley.

Eran dos. Uno era policía, lo sabía porque lo había visto la noche de la fiesta, en la casa, tomando nota.

Me subieron a una camioneta. Me llevaron a una carretera en los Everglades, de noche, sin luces.

Ahí, en la oscuridad, con los mosquitos y el ruido de los bichos, el policía me enseñó una foto.

Era mi madre saliendo del supermercado de Westchester con dos bolsas.

Ese mismo día. —Julián se pasó la mano por la cara—.

Me dio un sobre con diez mil dólares y un pasaje a Madrid para el día siguiente.

Me dijo que si volvía a pisar Miami, la próxima foto de mi madre la iba a ver en el periódico.

—Y te fuiste.

—Me fui sin despedirme de nadie. Mi madre denunció que había desaparecido.

Una semana después la llamé desde un teléfono público de Madrid.

Retiró la denuncia. Y decidimos, ella y yo, por teléfono, llorando los dos, que lo más seguro era que yo me muriera.

Para todo el mundo. Para ella también, en voz alta.

—Julián miró a Valeria por primera vez en mucho rato—.

Así que cuando le dijiste mi nombre por teléfono, ella hizo lo que habíamos acordado hace diecinueve años. Me enterró otra vez.

Valeria se quedó mirando el agua.

Lo tenía al lado. No era un nombre ni una foto de volante ni un muchacho muerto en los Everglades.

Era un hombre de treinta y ocho años con entradas en el pelo y una cicatriz en la ceja, que fumaba demasiado y había pasado diecinueve años en otro país con otro nombre porque alguien decidió que su vida valía diez mil dólares y un pasaje.

Y ella, sin saber nada de él, le había quitado lo poco que le quedaba: el derecho a estar muerto en paz.

No buscó ninguna frase. No había ninguna que sirviera.

—Tengo que decirte algo —dijo al fin—. Algo de Isa.

Julián se quedó muy quieto.

—La terraza del jardín. La que hicieron en diciembre, donde estaba el rosal.

—Valeria tragó saliva—. Tiene una losa de sesenta centímetros.

Excavaron casi dos metros antes de echar el hormigón.

Cuarenta y dos metros cúbicos, para seis por cinco.

Y el hombre que vigiló la obra todos los días fue el mismo policía que te subió a esa camioneta.

Julián no dijo nada.

Valeria lo miró. Él tenía la vista fija en el agua, y el cigarrillo se le consumía entre los dedos, y la brasa le llegó a la piel y no pareció notarlo.

—Veinte años —dijo, muy bajo—. Veinte años creyendo que estaba viva.

Que se había escapado. A veces, las noches malas, pensaba que se había ido sin mí.

Que me había dejado. Que la carta esa que te pusieron en la caja a lo mejor era verdad.

—Soltó la colilla, que cayó al agua con un siseo mínimo—.

Prefería eso. Prefería que me hubiera dejado.

Se tapó la cara con las manos. No hizo ningún ruido. Solo le temblaban los hombros.

Valeria no lo tocó. Se quedó a su lado, a un metro, sin decir nada, durante todo el tiempo que hizo falta.

*

Cuando él volvió a hablar, la luna se había movido sobre la bahía y los mosquitos se habían cansado de ellos.

—Faltan veinte minutos para tu hora —dijo Julián, sin mirar el reloj—. El que te espera en el auto va a empezar a ponerse nervioso.

Valeria se volvió hacia él.

—¿Cómo sabes que me espera alguien?

—Porque nadie sale de esa casa solo de noche. —Se encogió de hombros—. Y porque en la entrada hay un BMW gris con el motor apagado y un hombre dentro que no deja de mirar el reloj. Lo vi al llegar.

Valeria se quedó callada un momento. Después hizo la pregunta que llevaba toda la noche en la boca.

—Julián, ¿cómo sabías que yo iba a entrar en esa casa? El primer comentario, el de la hizo alguien que duerme en el cuarto de al lado , lo escribiste cuando yo llevaba dos semanas en la casa. Antes de que nadie supiera nada. ¿Cómo lo sabías?

Julián se puso de pie. Se sacudió los pantalones. Miró hacia la orilla, hacia los manglares, hacia el resplandor anaranjado de Miami en el horizonte.

—Porque alguien me lo dijo antes de que tú lo supieras —dijo—. Alguien me llamó hace un año, a Valencia, a un número que no tenía nadie. Alguien que me encontró cuando nadie más podía encontrarme. Y que me dijo que iba a traer a una persona que supiera escuchar.