28. La cita
El correo llegó el jueves a las seis de la tarde, mientras Valeria le cortaba la cena a Carmen.
Esta vez no había audio. Tres líneas.
Quiero verte. Mañana, a medianoche. Matheson Hammock, el muelle del final, después de la marina.
Ven sola. Deja el teléfono.
Si alguien te sigue, no voy a estar.
Valeria leyó el mensaje tres veces con el tenedor todavía en la mano. Carmen la miraba desde el sillón, con la servilleta anudada al cuello como una niña.
—Se te enfría el pescado, Gloria —dijo.
—Perdón, señora.
*
El problema era el portón.
Desde que había visto el logotipo bordado en el polo negro, Valeria no había vuelto a salir de la casa.
Salir a las once de la noche de un viernes, sola, en el sedán, era imposible sin que se notara.
El hombre de la garita lo anotaría en su tablilla.
Haría una llamada. Y alguien, en algún lugar de Kendall, sabría a qué hora había salido Lucía Ferrer y hacia dónde había girado al llegar a la esquina.
Fue Adrián quien encontró la solución, y le pareció tan sencilla que le dio vergüenza no haberla pensado ella.
—Sales conmigo —dijo—. En el asiento de atrás. Debajo de una manta. Nadie le pregunta al vicepresidente adónde va un viernes por la noche.
—Dice que vaya sola.
—Y vas a ir sola. Yo te dejo en la entrada del parque y te espero con el motor apagado. —La miró—. No voy a ver quién es, Valeria. No quiero verlo. Pero no te voy a dejar sola en un parque cerrado a medianoche con un hombre que te manda audios.
*
A las nueve le dio a Carmen la pastilla. La anciana se la tomó mirándola a los ojos y, cuando Valeria fue a retirar el vaso, le atrapó la muñeca con una fuerza que no correspondía a sus brazos.
—Cuidado con el agua —dijo.
—¿Qué agua, señora?
—La de noche. De noche el agua no se ve. —Carmen tenía los ojos muy abiertos, clavados en los suyos—. Gloria tampoco la vio.
La soltó. Se acomodó de lado, de espaldas a la puerta, y no volvió a hablar.
*
A las once y diez, Valeria estaba acostada en el suelo del asiento trasero del BMW, encogida entre los dos asientos, con una manta de lana gris encima que olía a perro, aunque Adrián no tenía perro.
—Era de Isa —dijo él, sin volverse, mientras arrancaba—. Para la playa. La tengo en el maletero desde hace años. No sé por qué.
Valeria no contestó. Sintió el auto avanzar despacio por el camino de grava, frenar delante del portón. Oyó la ventanilla bajar. La voz del guardia, neutra. La de Adrián, cansada, aburrida, perfecta: Voy a Brickell, Héctor. No me esperes. La barrera subió con un zumbido eléctrico. El auto aceleró.
Debajo de la manta, con el motor vibrándole contra la mejilla, pensó en lo que iba a decirle.
Llevaba dos días escribiendo frases en la libreta y tachándolas.
Todas empezaban con una explicación: que no sabía, que la habían engañado, que la caja parecía real.
Todas eran ciertas. Y todas sonaban como la carta que el abogado de Puente había redactado para los lectores de Contratos de agua : una lista de circunstancias para que la culpa se repartiera tan fina que no le tocara a nadie.
La arrancó. Lo ensayó sin voz, contra la lana que olía a perro: Lo siento.
Le pareció poquísimo. Le pareció lo único.
—Nos siguen —dijo Adrián.
*
Valeria levantó la cabeza un centímetro. Por la luneta trasera vio unos faros, a cierta distancia, demasiado constantes.
—Desde la avenida Le Jeune —dijo Adrián—. Una camioneta oscura. Gira cuando giro yo.
—¿Atlas?
—No sé. Agárrate.
En el cruce con Old Cutler Road, Adrián esperó a que el semáforo se pusiera en amarillo, siguió frenando como si fuera a detenerse y, en el último instante, cuando la luz ya estaba en rojo, aceleró a fondo y giró a la izquierda.
Valeria se golpeó el hombro contra la puerta.
Detrás sonó un claxon largo. Adrián se metió en una calle residencial a oscuras, después en otra, apagó las luces y se detuvo bajo un árbol enorme, de raíces que levantaban la acera.
Esperaron. Uno, dos minutos. Unos faros pasaron por la calle principal, despacio, sin girar. Se alejaron.
—Mi padre me enseñó a hacer eso a los dieciséis —dijo Adrián, sin humor—. Para los periodistas.
*
La entrada del parque estaba cerrada con una barrera y un cartel: Cerrado del atardecer al amanecer . Adrián apagó el motor a cincuenta metros, en un ensanche de la carretera, bajo los manglares.
—Una hora —dijo—. Si en una hora no has vuelto, entro.
Valeria dejó el teléfono en el asiento. Pasó por debajo de la barrera y empezó a caminar.
El camino corría entre manglares, una carretera estrecha con el agua negra a los dos lados.
No había farolas. La luna, casi llena, se colaba entre las ramas y dibujaba manchas blancas en el asfalto.
Olía a sal, a barro, a algo dulce y podrido.
Los mosquitos la encontraron enseguida. De vez en cuando algo se movía en el agua, a su izquierda, un chapoteo breve que la hacía detenerse con el corazón en la garganta. De noche el agua no se ve.
Pasó la marina, los veleros dormidos en sus amarres, los mástiles tintineando con la brisa.
Pasó un edificio cerrado, un estacionamiento vacío, unos baños públicos con una bombilla amarilla rodeada de insectos.
El camino se estrechó hasta convertirse en una pasarela de madera que entraba en la bahía.
Al final de la pasarela había un muelle. Y al final del muelle, de espaldas a ella, mirando hacia el agua, había un hombre.
Era delgado. Llevaba una gorra y una chaqueta oscura, a pesar del calor. Fumaba. La brasa del cigarrillo se encendía y se apagaba en la oscuridad, como una señal.
Valeria caminó por el muelle. Las tablas crujían bajo sus pies. A diez pasos de él se detuvo.
El hombre tiró el cigarrillo al agua. Se dio la vuelta despacio.
Tenía treinta y ocho años, unas entradas profundas en el pelo rizado y una cicatriz pequeña en la ceja izquierda. Pero los ojos eran los mismos de la foto de los volantes: grandes, oscuros, de animal asustado.
—Hola, Valeria —dijo Julián Mendoza.