La mentira de Lucía 27. Las fechas
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27. Las fechas

—La terraza la hizo la constructora —dijo Adrián—. Todo lo que se construye en esta casa lo hace la constructora. Mi abuelo lo decidió así en los sesenta, y nadie lo cambió nunca.

Estaban en la cocina, a las siete de la mañana, con dos tazas de café que ninguno de los dos había tocado. Marisol había salido al supermercado. Rafael se había ido a las seis y media, antes que nunca, sin desayunar.

—Entonces tiene que haber una orden de trabajo —dijo Valeria.

—Tiene que haber una orden, un presupuesto, una factura, un parte de obra, una lista de cuadrilla. Mi padre es un maniático de los papeles. —Adrián giró la taza entre las manos—. El archivo de los años dos mil está en un depósito en Medley. Cajas y cajas. Nadie baja nunca.

—¿Puedes bajar tú?

Adrián la miró. Tenía ojeras moradas, la barba de tres días, y en los ojos una cosa nueva que Valeria no le había visto antes, algo entre el miedo y el alivio.

—Soy el vicepresidente de la empresa, Valeria —dijo, y era la primera vez que la llamaba por su nombre a la luz del día—. Puedo bajar adonde quiera.

*

Carmen pasó la mañana inquieta.

No quiso el té. No quiso que la peinaran.

Pidió que le abrieran la ventana, aunque afuera hacía un calor húmedo de tormenta, y se quedó en el sillón mirando la terraza con las manos crispadas sobre la manta.

Valeria le leyó los obituarios y la anciana no los escuchó.

A las once, de pronto, se levantó sola, sin bastón, y fue hasta el tocador arrastrando los pies.

—¿Necesita algo, señora?

—Mis pañuelos —dijo Carmen—. Los de encaje. Los que eran de mi madre.

Abrió el cajón de abajo del tocador, el más hondo.

Revolvió dentro. Sacó un pañuelo, después otro, después una caja de música sin tapa, un manojo de cartas atadas con una cinta, un rosario de cuentas negras.

Lo dejó todo encima del mármol del tocador, desordenado, y volvió al sillón con un pañuelo en la mano, como si eso fuera lo único que había ido a buscar.

El cajón quedó abierto.

Valeria se acercó a cerrarlo. Y en el fondo, debajo de donde habían estado los pañuelos, vio un tubo de cartón marrón, de los que se usan para guardar planos, con una etiqueta medio despegada.

Residencia Montalvo. Jardín posterior. Dic. 2007.

Miró hacia el sillón. Carmen tenía los ojos cerrados y se pasaba el pañuelo de encaje por los labios, despacio, una y otra vez, como quien reza.

*

Desplegó el plano sobre su cama, sujeto en las esquinas con dos libros, el cepillo de plata y el pastillero.

Era una copia azul, de las antiguas, con las líneas blancas sobre fondo de tinta.

Una planta y dos cortes. Terraza de piedra caliza, 6 x 5 m.

Fuente ornamental central. En la esquina, el sello de la constructora Montalvo y una firma que Valeria conocía ya demasiado bien: la de Rafael, como propietario.

Fecha de inicio de obra: 3 de diciembre de 2007 .

Cuatro días después de la desaparición.

Valeria buscó el corte transversal. Una línea de suelo. Una capa de grava. Una losa de hormigón armado. Y una cota a mano, en lápiz, al lado de la losa, que alguien había escrito encima de la cifra impresa: 60 cm . Debajo, la excavación previa: 1,80 m .

No sabía nada de construcción. Pero sabía leer números, y sabía que nadie hace una losa de sesenta centímetros para poner cuatro sillas de hierro y una fuente.

Y sabía que nadie excava casi dos metros de profundidad en un jardín de Miami, donde el agua aparece a poco que uno cave, para plantar un patio de piedra.

En el margen derecho del plano, junto a la cota, había otra anotación a lápiz, más pequeña, con una letra que no era la de Rafael. Una letra antigua, inclinada, de colegio de monjas.

Aquí estaba el rosal.

*

Se asomó a la ventana de Carmen.

Desde ahí se veía la terraza entera, en diagonal, como la había visto la mujer de la foto la mañana siguiente: la piedra caliza blanqueada por el sol, la fuente seca, las cuatro sillas de hierro.

Un espacio de seis metros por cinco. Ni grande ni pequeño.

Lo suficiente para una mesa y una conversación.

Valeria llevaba semanas mirando esa terraza y nunca la había mirado así.

Había pensado en Isabel Montalvo de muchas maneras desde aquella noche en la calle Ocho.

Como un caso. Como un episodio, una cifra de descargas, una foto con un círculo rojo encima.

Nunca, se dio cuenta ahora, como una muchacha.

Y de pronto la tenía delante: no la Isa de los volantes, sino la de las zapatillas de lona puestas una al lado de la otra junto a un armario, esperando unos pies.

La del calendario con el 29 rodeado de corazones.

La de la novela con el marcapáginas a la mitad, una historia que nadie le iba a contar cómo acababa.

Una chica de dieciséis años que llevaba veinte años ahí abajo, a un metro ochenta, mientras arriba una anciana miraba el mismo trozo de piedra todas las mañanas.

Valeria apoyó la frente contra el vidrio.

No lloró. Pero por primera vez desde que había entrado en esa casa, lo que sentía no tenía nada que ver con ella.

Detrás, en el sillón, Carmen habló sin abrir los ojos.

—Las rosas no se arrancan en diciembre —dijo—. En diciembre se podan. Cualquiera que sepa de rosas lo sabe.

—¿Quién las arrancó, señora?

Carmen no contestó. Se llevó el pañuelo de encaje a la boca y lo dejó ahí.

*

Adrián llamó a las once y veinte de la noche. Se le oía la respiración agitada y un eco metálico de fondo, como si estuviera en un lugar muy grande y muy vacío.

—Estoy en Medley —dijo—. En el depósito. Llevo seis horas aquí.

—¿Lo encontraste?

—Encontré la caja de diciembre de 2007. La orden de trabajo está.

El presupuesto está. La lista de materiales: cuarenta y dos metros cúbicos de hormigón, Valeria.

Cuarenta y dos. Para una terraza de jardín.

—Hizo una pausa—. Y hay una nota interna.

La obra no la hizo nuestra gente. Se contrató una cuadrilla externa, pagada aparte, en efectivo. A través de una sociedad.

—Ferrándiz.

—Ferrándiz. —La voz de Adrián se quebró un poco—. Y hay una firma más. Al pie del parte de obra, donde firma el responsable de seguridad. Alguien que estuvo en esa obra todos los días, del 3 al 20 de diciembre, controlando quién entraba y quién salía.

Valeria cerró los ojos. Ya sabía qué nombre iba a decir.

—Wilfredo Báez —dijo Adrián—. El mismo que ahora tiene a un hombre en nuestro portón.