La mentira de Lucía 26. El sonámbulo
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26. El sonámbulo

La despertó una tabla del pasillo.

No era un ruido fuerte. Era el crujido que hacía la madera debajo de la alfombra, frente a la puerta del corredor, cuando alguien la pisaba con todo el peso del cuerpo.

Valeria lo conocía de memoria; lo evitaba cada noche.

Abrió los ojos en la oscuridad y miró el monitor: la lucecita verde parpadeaba con la respiración de Carmen, lenta, regular. La anciana dormía.

Eran las cuatro y cuarenta de la madrugada.

Se levantó descalza y salió al corredor.

La franja de luz del ventanal del fondo caía sobre la alfombra crema como la primera noche. Los cuadros de paisajes cubanos eran rectángulos negros. Y al final del pasillo, donde el corredor se abría hacia el vestíbulo, en lo alto de la escalera, había una figura.

No era Carmen.

Adrián estaba de pie en el primer escalón, descalzo, con una camiseta gris y unos pantalones de dormir, la mano izquierda apoyada en la baranda de hierro y la derecha suelta junto al cuerpo.

Tenía los ojos abiertos. Miraba hacia abajo, hacia la mitad de la curva, hacia un punto concreto del mármol que la luz de la luna volvía gris.

Hacia el escalón dieciséis.

*

Valeria se acercó despacio, con el corazón golpeándole las costillas.

Y en ese momento, a cuatro pasos de él, sintió que su mano derecha bajaba sola hacia el bolsillo del pijama.

Fue un movimiento mínimo, automático, el mismo de la primera noche.

El cuerpo recordaba el camino. La mano llegó al borde del bolsillo, rozó la tela, y Valeria la detuvo.

No con un pensamiento, sino con otra parte de sí misma, más vieja y más terca, que llevaba días mirándola y que de pronto dijo que no.

Lo primero fue la historia. Se lo había repetido aquella noche para no poder discutirlo después.

Ahora, a cuatro pasos de un hombre dormido al borde de treinta y dos escalones de mármol, descubrió que podía hacer otra cosa.

No era una decisión heroica. Era casi nada: apartar la mano y dejarla caer junto al cuerpo.

Dio los cuatro pasos sin encenderla.

—Adrián —dijo, en voz muy baja—. Soy yo.

Él no se volvió. Movió los labios.

—No te vayas —dijo. Tenía una voz extraña, aguda, una voz de niño que salía de un cuerpo de hombre—. Isa. No te vayas. No te vayas con él.

Valeria se quedó inmóvil.

—Suéltame —dijo Adrián, más fuerte. La mano derecha se levantó en el aire, delante de él, con los dedos abiertos, como si empujara algo, o como si intentara agarrarlo—. Suéltame. Suéltame.

Después bajó la mano despacio y se quedó mirándosela. Primero la palma. Después el dorso. Como si no la reconociera.

Valeria había leído que no hay que despertar de golpe a un sonámbulo.

Le tocó el brazo con la punta de los dedos, igual que había hecho con Carmen, y con la otra mano le tomó la muñeca, suavemente, y lo apartó un paso del borde.

Él se dejó llevar. Dio un paso atrás. Dos.

Cuando estuvo lejos del primer escalón, en mitad de la alfombra del corredor, parpadeó.

Y la miró.

—¿Lucía? —Miró alrededor, el corredor, la escalera, sus propios pies descalzos—. ¿Qué…? ¿Qué hago aquí?

*

Se sentaron en el suelo del corredor, con la espalda contra la pared, entre un cuadro de palmas reales y otro del Malecón. En el mismo sitio donde él se había apoyado el primer día para preguntarle qué hacía una rosarina cuidando a su abuela.

Adrián temblaba. Se frotaba las manos sin darse cuenta, una contra otra, como quien intenta quitarse algo.

—Me pasaba de chico —dijo—. Después de lo de Isa. Me despertaba en sitios. En la cocina. En el jardín. Una vez en la puerta del ala oeste, con la mano en la llave. Vidal me dio las pastillas y se terminó. —Se rió por la nariz, sin ganas—. Veinte años sin que me pasara.

—¿Y ahora?

—Dejé las pastillas hace diez días. Cuando me fui a Brickell. —Se miró las manos—. Quería saber qué pasaba si las dejaba. Quería saber si me acordaba de algo.

Valeria esperó. No dijo nada. Por primera vez no esperaba para conseguir algo; esperaba porque no sabía qué otra cosa hacer.

—Te dije que había algo que no le había dicho nunca a nadie —dijo Adrián, mirando hacia la escalera—.

Esa noche yo no estaba dormido. Marisol me acostó y yo me levanté.

Quería ver a Isa cortar el pastel. Quería ver qué iba a decir, porque me había dicho que iba a decir algo, y yo…

—Se detuvo—. Bajé por la escalera de servicio.

Me acuerdo de la puerta del jardín, de la música, de las luces en las palmeras.

Me acuerdo de que miré hacia adentro, hacia la escalera, porque oí voces.

—¿Y después?

—Después no hay nada. —Adrián cerró los ojos—.

Después estoy en la lavandería, de pie, y mi padre me está lavando las manos en el fregadero.

Con agua muy fría. Me las frota con un cepillo de uñas, muy fuerte, hasta que me duelen.

Y me dice que soñé. Que estaba sonámbulo.

Que nada de eso pasó. Que me vaya a la cama y que mañana no me voy a acordar.

Abrió los ojos.

—Y no me acordé. Durante veinte años no me acordé de nada. Solo del agua fría.

*

La luz del ventanal empezaba a cambiar, del gris de la luna al gris más pálido que viene antes del amanecer. En la habitación de Carmen, a través de la puerta entreabierta, la respiración de la anciana seguía subiendo y bajando, tranquila.

Valeria se miró las manos. Pensó en el pañuelo con la llave de hierro, en la caja de tampones, en la grabadora con veintiséis minutos de Marisol.

En el correo a la detective Rentería, guardado en borradores.

En una madre de Caracas tapándose la cara con una toalla.

Pensó que todo lo que sabía lo había conseguido mintiendo, y que el hombre que tenía al lado acababa de darle lo único que tenía sin pedirle nada a cambio.

—Me llamo Valeria —dijo.

Adrián giró la cabeza hacia ella.

—Valeria Ibarra. Soy de Rosario, eso es verdad, pero vivo en Miami hace diez años. No cuidé a ninguna tía. Soy periodista. —Tragó saliva—. Soy la del pódcast, Adrián. Soy la que grabó a tu abuela. Soy la que dijo el nombre de Julián.

Esperó el golpe. La rabia, el asco, la puerta cerrándose. Esperó que él se levantara y bajara la escalera a despertar a su padre.

Adrián la miró un rato largo. Después apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos.

—Ya lo sabía —dijo.

—¿Qué?

—Lo supe en la cena. En camisón, de madrugada.

—Abrió los ojos y la miró de lado, casi con ternura—.

Nadie había dicho que fuera de noche. Tú misma te pusiste blanca cuando lo dijiste.

Me pasé la noche pensando en eso. Al día siguiente busqué tu nombre.

Lucía Ferrer no existe en ninguna parte, ¿sabes?

Pero Valeria Lucía Ibarra Ferrer sí. Con foto.

—¿Y por qué no dijiste nada?

—Porque quería saber qué ibas a encontrar. —Se encogió de hombros—. Porque yo tampoco me acordaba, y pensé que a lo mejor tú ibas a encontrar lo que yo no podía.

Valeria tenía la garganta cerrada. Él siguió mirando la escalera.

—Pero no fui el único —dijo.

—¿Qué quieres decir?

—Aquel domingo, junto a la piscina. Cuando le pregunté a mi padre por los pagos de diciembre. ¿Lo viste? Me agarró del brazo y me dijo algo al oído.

—Lo vi. No lo oí.

Adrián asintió despacio, como si eso confirmara algo que ya sabía.

—Tres palabras —dijo—. Me dijo: Es la periodista.