La mentira de Lucía 25. Marisol
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25. Marisol

El cuarto de Marisol estaba al otro lado del garaje, al final de un pasillo estrecho que olía a gasolina y a jabón de lavar. Valeria no había entrado nunca. Nadie, sospechó, entraba nunca.

Era pequeño, más pequeño que el suyo. Una cama individual con una colcha tejida a mano.

Un ventilador de pie. Una cómoda con un espejo ovalado y, encima, una imagen de la Virgen de Guadalupe con una vela eléctrica que parpadeaba en rojo.

En la pared, fotos de niños: un bebé en un bautizo, dos muchachos con uniforme escolar, un joven con toga y birrete delante de una universidad con palmeras.

Monterrey , decía una de las fotos, escrito a mano en el borde.

—Mi hijo —dijo Marisol, al ver adónde miraba Valeria—. Ingeniero. Lo crié por teléfono. Le mandaba el dinero todos los meses y le hablaba los domingos. Ahora tiene treinta y cuatro años y dos hijos, y me llama los domingos él a mí.

Se sentó en el borde de la cama. Señaló la única silla, junto a la cómoda. Valeria se sentó.

En el bolsillo del pantalón, contra la pierna, la grabadora estaba encendida. La había puesto en marcha en la escalera de servicio, sin pensarlo, como quien se abrocha el cinturón de seguridad.

—El domingo vi a la madre de ese muchacho en la televisión —dijo Marisol—.

En Caracas. Con gente gritándole en la puerta.

Una mujer vieja, no mucho mayor que yo, tapándose la cara con una toalla para que no la fotografiaran.

—Se miró las manos, secas y ásperas, las mismas que el primer día le habían dado la vuelta a las de Valeria—. Yo también tengo un hijo.

*

—Le voy a contar lo que vi —dijo—. No lo que pienso. Lo que pienso no le importa a nadie.

Valeria asintió.

—A las diez y media subí a ver al niño. Dormía.

Eso es verdad, se lo juro por esa Virgen.

Dormía con la luz del baño encendida, porque le daba miedo la oscuridad.

Le tapé los pies y bajé. Después estuve en la cocina, sirviendo.

Había cuatro meseros y dos cocineras y yo, y no paraba de entrar y salir gente.

La música estaba tan fuerte que los vasos temblaban en el escurridor.

Hizo una pausa.

—A las once, más o menos, el señor entró en la cocina.

—¿Rafael?

—El señor. —Marisol nunca lo llamaba de otra manera—.

Venía blanco. Blanco como esa pared. Tenía la camisa mojada en los puños, como si se hubiera lavado las manos sin quitarse los gemelos.

Me agarró del brazo, aquí —se tocó el codo—, y me sacó a la despensa, donde no había nadie.

Y me dijo que la niña se había caído en la escalera.

Que se había golpeado la cabeza. Que la señora Elena ya estaba con ella, que el doctor Vidal ya venía, que no era nada.

Y que yo tenía que subir con el balde, con cloro y con trapos, y limpiar la escalera antes de que la viera alguien.

Que no quería que los invitados se asustaran.

—¿Y usted subió?

—Subí. —Marisol cerró los ojos un momento—. La escalera estaba apagada. Encendí solo la luz de arriba. Y en la mitad de la curva, en el escalón dieciséis, había una mancha. Del tamaño de una mano abierta. Y otra más chica en la baranda, en el hierro. Y unas gotas, pocas, hasta el escalón veinte.

Valeria pensó en el primer día. En Marisol subiendo delante de ella, deteniéndose apenas en la mitad de la curva, una pausa tan breve que podría no haber existido.

—Limpié —siguió Marisol—. Limpié de rodillas, con las manos.

El mármol blanco chupa la sangre, ¿sabe?

Se mete en las vetas. Tuve que pasar el cepillo de las uñas por cada línea gris.

Tardé media hora. Abajo seguía la música.

Cantaban. Cien personas cantando una canción que todos conocían, sin saber nada.

—¿Y la niña?

—No la vi. —Marisol abrió los ojos—. No vi a nadie.

La puerta del cuarto de la señora Elena estaba cerrada.

La del niño estaba cerrada. La del cuarto de la señora Carmen estaba cerrada.

La puerta del ala oeste estaba cerrada. Todo cerrado.

Yo limpié, bajé con el balde, tiré el agua en el fregadero de la lavandería y me lavé los brazos hasta los codos. Y a las doce llegó la policía.

*

—Al día siguiente —dijo Marisol—, la niña había desaparecido. No estaba en ningún hospital. Nunca había estado en ningún hospital. La señora Elena no había salido de su cuarto en toda la noche. El doctor Vidal la tenía dormida desde la madrugada.

—Y usted no dijo nada.

—No dije nada. —Marisol no bajó la vista—.

Dije que no había vuelto a subir. Dije que el niño dormía.

Lo firmé delante del abogado. Y llevo veinte años limpiando esa escalera todos los días, Lucía, todos los días, aunque no esté sucia.

¿Usted se dio cuenta de cómo brillan esos escalones? Así brillan.

Valeria se dio cuenta de que tenía las manos apretadas entre las rodillas. Las soltó.

—¿Por qué no habló?

Marisol se rió. Fue una risa corta, sin alegría, la primera que Valeria le oía.

—¿Usted sabe lo que era yo en 2007? Una mexicana con papeles a medias, con un hijo de catorce años en Monterrey que comía de lo que yo mandaba.

El señor me puso un abogado al año siguiente.

Me arregló todo. La residencia, después la ciudadanía.

Y el sueldo me lo subió al doble. —Se encogió de hombros—.

Nadie me pidió que callara, Lucía. Nadie me amenazó.

No hizo falta. A veces a la gente no hay que comprarla.

Basta con no ponerla nunca en el lugar de tener que elegir.

A todos les pagan. Valeria oyó la frase en la cabeza y no supo de dónde venía.

—Marisol, hay una foto. La tomó el fotógrafo de la fiesta a las diez y treinta y ocho. Un niño de unos doce años, en la puerta trasera, mirando hacia la escalera.

Algo cambió en la cara de la mujer. Fue muy poco. Una tensión en la mandíbula, nada más.

—En esa fiesta había seis primos de esa edad —dijo.

—Eso mismo le dijo el capitán a Tomás Arango. Con las mismas palabras.

—Porque es verdad. —Marisol se puso de pie—. El niño dormía. Yo lo vi.

—A las diez y media.

—El niño dormía —repitió Marisol, y esta vez lo dijo en voz más alta, como quien cierra una puerta de un golpe.

*

Se quedaron un rato en silencio. El ventilador giraba de un lado a otro, y cada vez que pasaba por delante de la Virgen hacía temblar la llamita roja de la vela eléctrica, aunque no era una llama de verdad y no podía apagarse.

Valeria pensó en lo que tenía en el bolsillo.

En la luz roja de la grabadora, apagada desde el menú pero encendida.

Llevaba veinte minutos grabando a una mujer que le estaba entregando lo único que tenía, dos décadas de silencio, sin pedirle permiso.

Primero el bolsillo, después la persona, igual que con Carmen en la escalera.

Se dijo que esta vez era distinto, que esa grabación podía ser la única prueba.

Y mientras se lo decía, mirando a esa mujer de sesenta años con la Virgen detrás y los nietos en la pared, supo que ya no le servía de nada decirse nada. Lo estaba haciendo igual.

—¿Lo está grabando? —preguntó Marisol.

Valeria levantó la vista. Marisol la miraba sin rabia, con la misma cara con que miraba el clima.

—No —dijo Valeria.

Marisol la sostuvo con la mirada un rato largo. Después asintió, como quien acepta una mentira porque ya está demasiado cansada para discutirla.

—Ahora usted sabe lo mismo que yo —dijo—. A ver si duerme.

*

Volvió a la casa por la cocina, a oscuras. Cruzó el vestíbulo. No subió por la escalera de servicio.

Subió por la principal.

Contó los escalones sin querer, como el primer día. Uno, dos, tres. La baranda de hierro, fría bajo la mano. Diez, once, doce. La curva empezaba a girar. Quince.

En el dieciséis se detuvo.

Se arrodilló. El mármol brillaba incluso en la oscuridad, con esa luz gris que dejaba entrar el ventanal del corredor.

Pasó la palma de la mano por la superficie.

Estaba fría, lisa, perfecta. Pasó los dedos por las vetas grises, una por una, como quien lee algo escrito en un idioma que no conoce.

No había nada. Veinte años de cloro, de cepillo, de rodillas. No había nada.

Se quedó así un rato, arrodillada a mitad de la escalera, con la mano sobre el escalón.

Después se levantó, subió los dieciséis escalones que faltaban y entró en su cuarto. Sacó la grabadora del bolsillo. La pantalla marcaba veintiséis minutos y cuarenta segundos.

La apagó.