24. El tercer audio
El mismo zumbido grave de fondo. La misma respiración. Pero la voz no era la misma.
Era la voz del hombre de los otros audios, y al mismo tiempo era otra: más rápida, más ronca, rota en algunos sitios como un vidrio que alguien ha pisado. Ya no elegía las palabras. Le salían.
Me volviste a matar.
Mi madre no sale de su casa desde el sábado.
Hay gente en la puerta. Le sacan fotos por la ventana.
Le escriben a mi hermana menor que su hermano es un asesino.
Tiene sesenta y ocho años, mi madre, y está enferma del corazón, y la segunda vez es peor que la primera, Valeria, te lo juro. La segunda vez es mucho peor.
Una pausa. Un ruido, como de una mano que se pasa por la cara.
Yo nunca escribí una carta en mi vida. Ni una. No sé escribir cartas. Pregúntale a tu detective cómo firmaba yo las declaraciones.
Te dieron lo que querían que encontraras. Y yo te empujé a buscarlo. Te mandé a ese despacho porque quería que encontraras lo que él se llevó esa noche, y él te estaba esperando. Eso es culpa mía. Lo demás es culpa tuya.
Otra pausa, más larga.
En esa casa a todos les pagan, Valeria. A todos. Acuérdate de eso.
Y no estoy muerto. Lo siento si eso te arruina la historia.
Fin.
*
Valeria se quitó los auriculares.
Estaba sentada en el suelo, entre la cama y la pared, con el portátil sobre las rodillas, sin recordar en qué momento se había sentado ahí.
La pantalla mostraba la forma de onda del audio, una línea dentada que se aplanaba al final, como un electrocardiograma que se detiene.
Al otro lado de la puerta interior, la respiración de Carmen subía y bajaba en el monitor, tranquila, regular.
No estaba muerto.
Las hojas del bloc del motel, ordenadas sobre un cubrecama de palmeras.
20 junio: Julián sale de su casa y no vuelve.
La figura perfecta que había visto aparecer sola, de rodillas en la alfombra.
La certeza que le había hecho vomitar. Todo eso se deshizo en cincuenta y dos segundos, sin ruido, como se deshace un castillo de arena cuando llega una ola que nadie vio venir.
No estaba muerto, y no había escrito las cartas.
Y si no había escrito las cartas, alguien las había escrito por él.
Alguien había corregido las faltas con otro color.
Alguien había metido una pulsera con sangre en una bolsa de plástico y la había puesto detrás de unos suéteres, en un armario que la policía había registrado tres veces.
Alguien había pegado una llave debajo de un cajón.
Y ella lo había encontrado todo, paso a paso, como una niña que sigue las migas de pan que alguien le va dejando en el bosque, y al final del camino se había parado delante de un micrófono y había dicho un nombre.
Julián Mendoza. Tres tomas. En las dos primeras se le había quebrado la voz en la jota.
Ahora sabía por qué.
*
A las cuatro y cuarto de la madrugada llamó a Tomás.
Contestó al primer timbre. No dijo hola. No dijo nada. Valeria oyó su respiración al otro lado y entendió que él también estaba despierto, que tal vez llevaba despierto desde el sábado.
—Usted tenía razón —dijo ella.
—Ya sé. —La voz de Tomás sonó cansada, sin triunfo—. No me sirve de nada tener razón, señorita Ibarra. Nunca me ha servido.
—Me llegó otro audio. Dice que está vivo.
Hubo un silencio.
—Póngamelo.
Valeria acercó el teléfono al portátil y le dio a reproducir. Cincuenta y dos segundos. Cuando terminó, Tomás no habló durante tanto tiempo que ella pensó que se había cortado la llamada.
—Es él —dijo al fin, y la voz se le había vuelto rara, más baja—. Más viejo. Pero es él. Lloraba así. Igualito. Así lloraba en el tercer interrogatorio, cuando le pregunté si le había hecho daño. —Tomás respiró hondo—. Está vivo. Dios mío. Está vivo.
—Los pagos a Atlas…
—No eran para matarlo. —Tomás lo dijo despacio, como quien lo entiende mientras lo dice—.
Eran para que se fuera. Matar a un muchacho cuesta caro y deja rastro.
Pagarle a un policía para que le dé un susto, le ponga un pasaje en la mano y le explique lo que le va a pasar a su madre si vuelve, eso sale más barato. Y no deja ningún cuerpo.
Mi hijo se murió para mí en el 2008. Una madre que protegía a un hijo vivo de una periodista que quería encontrarlo muerto.
—Voy a retractarme —dijo Valeria—. Hoy. Voy a grabar un episodio y voy a decir que me equivoqué, que las pruebas…
—No.
—Tomás, su madre tiene gente en la puerta. Le escriben a su hermana…
—Ya sé lo que le escriben. Escúcheme. —La voz de Tomás se endureció, la voz de un policía que da una orden—.
Si usted se retracta hoy, Rafael Montalvo sabe esta misma tarde que usted sabe que la caja era falsa.
Y usted duerme en su casa. Con la puerta interior entreabierta y un guardia de Atlas en el portón. ¿Entiende lo que le digo?
Valeria no contestó.
—Ese hombre la quiere convencida —siguió Tomás—. Mientras usted esté convencida, está a salvo. El día que deje de estarlo, deja de serle útil. Y la gente que deja de serle útil a esa familia se va de Miami o desaparece.
—¿Y entonces qué hago? ¿Dejo que sigan acosando a una mujer enferma en Caracas por algo que dije yo?
—Hace lo más difícil. —Tomás hizo una pausa—. Se calla. Y busca lo que de verdad pasó esa noche. Rápido. Porque cada día que usted calla, alguien paga por su silencio. Y no es usted.
*
No volvió a dormir.
A las seis y diez Carmen abrió los ojos, y Valeria estaba sentada en el sillón verde junto a la cama, como cada mañana, con el pelo recogido y la cara lavada. La anciana la miró un rato largo.
—Tienes la cara de mi padre el día que se enteró de lo de Gloria —dijo.
—Dormí mal, señora.
—No. —Carmen se incorporó sobre las almohadas—. Esa no es cara de dormir mal. Es cara de haber hecho algo que no tiene arreglo.
Valeria no contestó. Le acercó la taza de té y la ayudó a sostenerla.
Había vivido eso una vez. La sala de reuniones de Puente , en el piso doce, con las persianas a medio bajar.
El editor, el abogado, la directora de contenidos.
Los tres correos falsos marcados en amarillo, el mismo color del pósit que ella no había escuchado.
Había pedido un vaso de agua y nadie se lo trajo.
Y al salir había sentido un alivio extraño, vergonzoso: el de que por fin todo el mundo supiera.
Esa vez la retractación la había destruido, pero también la había liberado.
Ahora le pedían lo contrario. Que sostuviera la mentira.
Que la dejara crecer en las redes, en la puerta de una casa de Caracas, en la boca de su propia madre orgullosa.
Esa vez se había equivocado sin saberlo.
Esta vez lo sabía. Y entendió que había una diferencia entre una periodista que se equivoca y una que miente, y que acababa de cruzarla en una llamada de seis minutos.
—Esos que están en la puerta —dijo Carmen de pronto, mirando hacia la ventana, hacia la calle donde había vuelto a haber autos estacionados desde el domingo—. Los de las cámaras.
—Son periodistas, señora.
—Ya sé lo que son. —Carmen bebió un sorbo de té—. A todos les pagan.
Valeria le quitó la taza de las manos, la dejó sobre la mesita y fue a buscar el pastillero de la mañana. No se dio cuenta de nada.
*
Esa noche, después de la pastilla de las nueve, bajó a la cocina.
Marisol estaba sola, como siempre, secando los vasos de la cena con un paño blanco. La radio sonaba bajo, una emisora de boleros. Levantó la vista cuando Valeria entró y volvió a bajarla.
—La señora ya duerme —dijo.
—Ya sé.
Valeria cerró la puerta de la cocina detrás de sí. Marisol dejó el vaso sobre el mármol. Se quedaron mirándose a través de la isla, como el primer día, cuando una le había tomado las manos a la otra y le había dicho que nunca había cuidado a nadie.
—Usted sabe quién soy —dijo Valeria—. Lo sabe desde el día que me revisó la maleta. Y nunca le dijo nada al señor.
Marisol no contestó.
—Esa noche usted estaba en esta casa. Usted acostó al niño a las nueve y media. Usted dijo que no volvió a subir. —Valeria apoyó las dos manos sobre el mármol—. Ya no le creo, Marisol. Y creo que usted tampoco se lo cree.
La radio terminó un bolero y empezó otro. Marisol se quitó el delantal sin prisa, lo dobló en cuatro y lo dejó sobre la isla.
—Aquí no —dijo—. En mi cuarto.