23. El dilema
Estimada detective Rentería:
Adjunto
Valeria se quedó mirando esa palabra durante diez minutos.
Adjunto. Detrás de ella tenía que venir todo lo demás: las fotos de los extractos, la nota del Nuevo Herald , las capturas del registro de empresas.
Y después de eso, inevitablemente, la pregunta que cualquier detective le haría en la primera llamada.
¿Cómo obtuvo usted estas fotografías, señorita Ibarra?
Había encontrado el nombre de la detective el lunes por la mañana, en la página web de la unidad de casos sin resolver del condado.
Patricia Rentería. Veinte años en homicidios.
Una foto institucional de una mujer de cara ancha y mirada de no creerse nada.
Le había parecido una buena señal. Ahora, con el cursor parpadeando detrás de Adjunto , le parecía una amenaza.
Porque sabía lo que pasaría después. La detective la citaría.
Le preguntaría por las fotos. Ella tendría que decir que las había tomado dentro del despacho de Rafael Montalvo, de noche, sin permiso, mientras trabajaba en la casa con un nombre falso.
La detective tomaría nota. Alguien en el departamento, tal vez un antiguo compañero de Wilfredo Báez, tal vez el capitán que vivía en Naples y no hablaba con nadie, haría una llamada.
Y esa misma tarde, Lucía Ferrer dejaría de existir.
La sacarían de la casa. Le pondrían una demanda.
Y lo único que quedaría de todo aquello serían unas fotos obtenidas ilegalmente, que cualquier abogado de setenta y tantos haría pedazos en una tarde.
Guardó el correo en borradores.
*
Durante el lunes y el martes no salió de la casa.
Le dijo a Marisol que tenía jaqueca. Comió en el cuarto, junto a Carmen.
Cada vez que se acercaba a la ventana del corredor, miraba hacia el portón, hacia la garita, hacia el hombre del polo negro que anotaba cosas en una tablilla.
Él nunca miraba hacia arriba. No le hacía falta.
Valeria tenía la sensación de que la casa entera se había convertido en una garita, y de que ella vivía dentro de la tablilla.
Carmen, en cambio, estaba de buen humor. Pidió que le pusieran un bolero en el viejo tocadiscos de la salita, y lo escuchó entero con los ojos cerrados, marcando el compás con un dedo sobre el brazo del sillón. Cuando terminó, miró a Valeria.
—Tienes cara de estar haciendo cuentas —dijo.
—No, señora.
—Sí. Cuentas de lo que pierdes y lo que ganas. —Carmen se miró los anillos—. Mi marido ponía esa cara cuando no sabía si vender o comprar. Siempre perdía cuando ponía esa cara.
—¿Y qué hacía para ganar?
La anciana se quedó pensándolo un rato largo, como si fuera una pregunta de verdad.
—Esperaba —dijo—. Esperaba hasta que el otro se ponía nervioso.
*
El martes a la una y media de la madrugada, desde la ventana de su cuarto, Valeria vio que la piscina estaba encendida.
Las luces de abajo del agua pintaban el jardín de un azul eléctrico, como un acuario sin peces.
Alguien nadaba. Brazadas largas, lentas, de un extremo a otro, sin detenerse, con una regularidad casi mecánica.
Valeria se quedó mirando hasta que la figura llegó a la pared más cercana, se agarró al borde y levantó la cabeza.
Adrián.
No supo por qué bajó. Se dijo que era para saber si había visto algo, si sabía algo de Atlas, de Ferrándiz, de la firma torpe de un muchacho de veinte años al pie de un anexo. Se dijo muchas cosas mientras bajaba la escalera de servicio en la oscuridad. Ninguna era del todo verdad.
Cuando llegó al borde de la piscina, él estaba sentado en el escalón de la parte baja, con el agua hasta el pecho y una botella de cerveza en el borde, junto a su mano.
—La sobreviviente —dijo, sin sorpresa—. ¿Tampoco duermes?
—Te vi desde la ventana.
—Claro. Desde esa casa se ve todo. —Adrián señaló con la botella hacia la fachada, hacia las ventanas oscuras—. ¿Recibiste mi nota?
—Sí.
—¿Y no me vas a preguntar por qué?
Valeria se sentó en el borde, con los pies dentro del agua. Estaba tibia, más tibia que el aire.
—¿Por qué?
Adrián bebió un trago. Miró el agua iluminada entre sus piernas.
—Porque durante veinte años la gente me ha mirado de una manera —dijo—.
Mis profesores. Los padres de mis amigos.
Las mujeres con las que salía, cuando se enteraban de quién era.
Como si yo supiera algo. Como si estuviera escondiendo algo.
Y yo no sé nada, Lucía. No me acuerdo de nada.
—Se rió por la nariz, sin ganas—. Y el sábado una periodista de un pódcast dice un nombre, y de repente hay un culpable, y la gente me mira distinto.
Con pena. Mi padre llora en la televisión.
Hasta mi abuela está tranquila. —Dejó la botella en el borde—.
Y yo me siento aliviado. ¿Sabes lo que es sentirse aliviado porque acusan a alguien de matar a tu hermana?
—No.
—Es asqueroso. —La miró—. Por eso te di las gracias a ti. Porque a la periodista no se las puedo dar.
*
Fue él quien se acercó.
Valeria lo vio venir y no se apartó. Él se movió por el agua hasta quedar de pie frente a ella, entre sus rodillas, con el agua por la cintura y la piel azul bajo la luz de la piscina, y le puso una mano mojada en la mejilla, y la besó.
Duró poco. Sabía a cloro y a cerveza. Valeria cerró los ojos y durante unos segundos no pensó en nada, solo en el calor de una mano en la cara.
Hacía mucho que nadie la tocaba así. Y después, en mitad del beso, vio la firma.
Adrián Montalvo. Torpe, joven, al pie de un anexo de cuarenta páginas.
Vio la mano de Rafael agarrándole el brazo junto a esa misma piscina.
Vio el último pago, el 19 de junio, y pensó que ese muchacho tenía entonces trece años y no podía saber nada, y pensó también que él estaba besando a una mujer que no existía.
No se apartó de golpe. Se apartó despacio, como quien se aleja del borde de algo.
—No puedo —dijo.
Adrián se quedó quieto, con la mano todavía cerca de su cara. Después la bajó.
—Ya. —Asintió—. Está bien. Es la cerveza, seguramente.
—No es la cerveza.
—Ya sé que no. —Se apartó hacia atrás por el agua, sin dejar de mirarla—. Lucía, hay algo que nunca le he dicho a nadie.
Valeria esperó.
Adrián abrió la boca. La volvió a cerrar. Miró hacia la casa, hacia el segundo piso, hacia una ventana oscura en la esquina, junto a la buganvilla, y Valeria tuvo la impresión de que miraba también, a través de las paredes, la escalera principal.
—Otro día —dijo al fin—. Cuando no haya bebido.
Se hundió en el agua, buceó hasta el otro extremo de la piscina y salió por la escalerilla sin mirar atrás. Recogió una toalla del suelo y desapareció hacia la casa.
*
A las tres y diez de la madrugada, de vuelta en su cuarto, con el pelo todavía oliendo a cloro, Valeria abrió el portátil para borrar el correo a la detective Rentería.
No lo borró. Lo dejó en borradores. Escribió debajo, en una nota para sí misma, una sola línea: Tres días. Si en tres días no tengo algo más, lo mando.
Después abrió la bandeja de entrada del pódcast, por costumbre, sin esperar nada.
Había un correo nuevo. Sin asunto. Desde una dirección que era una cadena de letras y números sin sentido. Un archivo de audio adjunto. Cincuenta y dos segundos.
Lo descargó. Tardó un buen rato en atreverse a ponerse los auriculares.