22. La venganza
Las fotos de la carpeta Ferrándiz llevaban una semana en el teléfono de Valeria, y ella no las había vuelto a mirar.
Lo hizo el miércoles por la noche, sentada en la cama con el portátil sobre las rodillas, porque Tomás le había dejado una frase metida en la cabeza como una astilla.
Le conviene haber acertado. Si iba a acertar, tenía que saber exactamente en qué.
Pasó las fotos al portátil una por una y las amplió hasta que los números se volvieron legibles.
Wilfredo Báez.
El nombre no le dijo nada. Lo escribió en el buscador.
*
El sábado, en su día libre, no fue al apartamento ni al motel.
Fue a la biblioteca pública de Coral Gables, un edificio de piedra coralina con ventanales altos y aire acondicionado de iglesia, donde nadie la conocía y donde las computadoras tenían acceso gratuito a los archivos completos de los periódicos de Florida.
Se sentó en el rincón más alejado, de espaldas a la pared. A su alrededor había jubilados leyendo el diario, un muchacho con auriculares haciendo la tarea, una mujer que dormía con la cabeza apoyada en una enciclopedia. Valeria empezó a buscar.
Wilfredo Báez aparecía cuatro veces en el archivo del Herald .
La primera, en 2004: un agente de la policía de Coral Gables condecorado por detener a un ladrón de joyas en la avenida Miracle Mile.
La segunda, el 30 de noviembre de 2007, en una nota breve sobre la desaparición de Isabel Montalvo, entre los nombres de los agentes que habían acudido a la casa esa noche.
La tercera, en 2010: el mismo agente, despedido por usar fuerza excesiva contra un detenido, que había perdido un ojo.
La cuarta, en 2015: Atlas Protective Services ganaba un contrato de vigilancia para varios edificios de una constructora.
La constructora Montalvo.
Valeria se quedó mirando la pantalla. Un policía que había estado en la casa la noche de la desaparición.
Que semanas después había registrado su propia empresa de seguridad.
Que había recibido de una cuenta panameña de los Montalvo ciento ochenta y cinco mil dólares en seis meses. El último pago, el 19 de junio de 2008.
Junio de 2008.
En junio, Julián Mendoza se fue de Miami. Nadie supo explicarme eso tampoco.
*
Buscó Julián Mendoza en el archivo de 2008. Había decenas de resultados, casi todos de noviembre y diciembre de 2007, las semanas de las sospechas y los interrogatorios. Después, el nombre desaparecía de los periódicos durante meses.
Hasta el 27 de junio de 2008.
Era una nota de dos párrafos en la sección local del Nuevo Herald , sin foto, entre un accidente de tráfico en la autopista y la inauguración de un restaurante.
La madre de Julián Mendoza, de 19 años, el joven venezolano que fue investigado por la desaparición de Isabel Montalvo, denunció ayer ante la policía de Miami-Dade la desaparición de su hijo.
Según la denunciante, el joven salió de su domicilio en Westchester el pasado 20 de junio y no ha vuelto a comunicarse con su familia.
El 20 de junio. Un día después del último pago.
Valeria buscó una nota posterior, una aparición, una corrección, un joven localizado .
No encontró nada. Buscó el nombre de la madre, Yolanda Mendoza , y encontró una cuenta en una red social, abandonada desde hacía años, con una foto de perfil de una mujer de pelo corto delante del Ávila, la montaña de Caracas.
Ciudad: Caracas. En la sección de información había un número de teléfono.
Valeria salió al estacionamiento, se sentó en el auto con el motor apagado y marcó.
Sonó seis veces. Después, una voz de mujer mayor, cansada, con el acento cantado de Caracas.
—¿Aló?
—¿Señora Yolanda Mendoza? Me llamo Valeria Ibarra. Soy periodista. Llamo por su hijo, por Julián…
Hubo un silencio tan largo que Valeria creyó que se había cortado.
—Mi hijo se murió para mí en el 2008 —dijo la mujer, separando las palabras—. Y usted lo acaba de volver a matar. No me llame más.
Colgó.
*
Esa noche, en el motel de la calle Ocho, Valeria extendió todo sobre la cama.
No tenía papeles; tenía capturas de pantalla, notas en la libreta, fotos del teléfono.
Pero necesitaba verlo todo junto, así que copió cada dato en una hoja distinta del bloc del motel, con su membrete de palmeras y su número de teléfono gratuito, y las fue poniendo sobre el cubrecama, una al lado de la otra, en el orden de los hechos.
29 noviembre 2007: Isa desaparece. Báez en la casa.
Diciembre: transferencias a Panamá. Enero–junio: pagos a Báez.
19 junio: último pago. 20 junio: Julián sale de su casa y no vuelve. Madre: «se murió para mí».
Se quedó de rodillas junto a la cama, mirando las hojas, y sintió cómo se ordenaban solas en una figura nueva.
Julián había matado a Isa, o la familia estaba convencida de que lo había hecho.
La policía no pudo probarlo. Y Rafael Montalvo, que lo controlaba todo, había contratado a un policía que estuvo en su casa aquella noche, un hombre que después le sacaría un ojo a un detenido, y le había pagado durante seis meses para que hiciera lo que la justicia no hizo.
El último pago, el 19 de junio. Al día siguiente, un muchacho de diecinueve años salía de su casa en Westchester y no volvía nunca.
Era terrible. Era perfecto. Valeria se oyó pensar esa palabra y se le heló la espalda, porque era la de Tomás.
Pero esta vez no era una caja aparecida en un armario: eran registros bancarios, un archivo de periódico, la voz de una madre.
Cosas que ella había ido a buscar. Y sin embargo lo que sintió no fue triunfo, sino náuseas.
Porque si eso era verdad, el sábado anterior, delante de un millón de personas, ella había acusado de asesinato a un muchacho muerto.
Y el hombre que lo había mandado matar le había dado las gracias en televisión y le había pagado dos mil dólares en un sobre blanco.
Fue al lavabo y vomitó.
*
Volvió a la casa el domingo a las diez menos cinco. El calor ya apretaba sobre Coral Gables, y la calle lateral estaba vacía, y la buganvilla se movía apenas con una brisa que no llegaba al suelo.
En el portón, el guardia salió de su garita con la tablilla en la mano, como cada vez.
Era el mismo de las últimas semanas: corpulento, de pocas palabras, con lentes oscuros y un polo negro de manga corta.
Valeria bajó la ventanilla del sedán para que la reconociera.
Él se inclinó, la miró, anotó algo en la tablilla.
—Buenos días, señorita Ferrer.
—Buenos días.
Fue entonces cuando lo vio. Lo había tenido delante durante semanas, cada vez que salía y entraba, y nunca lo había mirado de verdad.
Sobre el pecho del polo negro, a la izquierda, a la altura del corazón, había un logotipo bordado en hilo gris.
Una figura de hombre sosteniendo un globo sobre los hombros. Y debajo, en letras pequeñas:
ATLAS PROTECTIVE SERVICES.
El guardia levantó la barrera y le hizo un gesto con la mano para que pasara. Valeria arrancó. En el espejo retrovisor lo vio volver a la garita, sacar un teléfono del bolsillo y llevárselo a la oreja.