La mentira de Lucía 21. Demasiado perfecto
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21. Demasiado perfecto

La consulta del doctor Ernesto Vidal estaba en el piso once de un edificio de vidrio azul en la avenida Ponce de León, y olía a desinfectante caro y a flores que nadie había elegido.

El chofer las dejó en la puerta a las diez menos cuarto.

Valeria empujó la silla de ruedas de Carmen por un vestíbulo de mármol, por un ascensor con espejos, por un pasillo alfombrado hasta una sala de espera con sillones de cuero blanco y una pecera enorme donde nadaban peces de colores que parecían demasiado tranquilos para ser de verdad. Carmen los miraba con desconfianza.

—Esos peces no están vivos —dijo.

—Sí están, señora. Mire cómo se mueven.

—Se mueven porque les pagan.

La recepcionista llamó a Carmen a las diez en punto.

Era una revisión trimestral, le había explicado Marisol: tensión, peso, análisis, y la receta de siempre.

Las cuidadoras esperaban afuera. Valeria la vio entrar en la consulta del brazo de una enfermera, encorvada, arrastrando las pantuflas, y se sentó en el sillón más cercano a la puerta.

Diez minutos después, alguien se sentó a su lado.

No lo miró. No le hizo falta. Reconoció los zapatos negros demasiado lustrados y el olor a café cubano antes que la voz.

—No conteste el teléfono si no quiere —dijo Tomás Arango, con la vista fija en la pecera—. Pero a esta cita médica viene una vez cada tres meses, y yo sé leer un calendario.

*

Hablaron sin mirarse, en voz baja, como dos desconocidos que esperan turno.

—En 2007 registramos esa casa tres veces —dijo Tomás—.

Con orden judicial, con perros, con un equipo de la científica del condado.

El cuarto de la niña fue lo primero. Yo mismo abrí ese armario, señorita Ibarra.

Yo mismo saqué los suéteres de ese estante, uno por uno, porque buscábamos un diario, una carta, cualquier cosa. No había ninguna caja.

—Pudieron ponerla después.

—Exacto. —Tomás asintió despacio—. Alguien la puso después. Eso es lo que le estoy diciendo.

Valeria apretó las manos sobre las rodillas.

—Las cartas son de él. Están firmadas.

—Con una jota. —Tomás se volvió hacia ella por primera vez—.

¿Sabe cuántas veces interrogué a ese muchacho?

Once. ¿Sabe cuántas declaraciones firmó?

Once. Y en las once escribió lo mismo, a mano, al pie de la hoja: Leído y conforme .

Tres palabras. Le costaba escribirlas. Julián Mendoza era disléxico, señorita Ibarra.

Severo. Repitió curso dos veces en Caracas por eso.

Escribía en letra de imprenta, grande, despacio, como un niño de siete años, y le daba tanta vergüenza que no escribía nada que pudiera evitar.

A la muchacha le mandaba mensajes de texto, cortos, llenos de faltas.

Sus padres nos dieron el teléfono. Yo los leí todos.

Valeria sintió que algo se le aflojaba en el estómago.

—Las cartas tenían faltas —dijo—. Alguien las había corregido con otro color.

Tomás la miró un largo rato.

—¿Y a usted no le pareció raro? —preguntó al fin, muy despacio—. ¿Quién corrige las faltas de ortografía de las cartas de amor de su hija muerta?

*

No contestó enseguida. Miró la pecera. Un pez naranja abría y cerraba la boca contra el vidrio, una y otra vez, como si quisiera decir algo que nadie del otro lado iba a oír.

—La pulsera —dijo por fin—. La pulsera no se puede inventar.

—No. La pulsera es verdadera, seguramente. Lo cual significa que alguien la tuvo guardada todo este tiempo. —Tomás se inclinó un poco hacia ella—. Piénselo. Si ese muchacho mató a la niña, ¿cómo terminó la pulsera de vuelta en el armario de la casa de ella?

—Él pudo…

—¿Entrar en una casa con guardia y alarma, subir al ala cerrada y dejarla ahí? ¿Para qué? ¿Para que la encontrara usted?

Valeria se oyó a sí misma responder. Dijo que Julián podía tener un cómplice dentro de la casa.

Dijo que la familia podía haber encontrado la caja años después y haberla guardado por vergüenza.

Dijo que las cartas podían ser de otro J, que la letra de un muchacho cambia, que la dislexia no impide escribir una carta si uno está desesperado.

Lo dijo todo deprisa, con firmeza, enumerando, y a la mitad se dio cuenta de que reconocía esa música.

No eran sus palabras. Era la voz de los abogados del empresario de Contratos de agua , aquella tarde en la sala de reuniones de Puente , con su traje gris y su calma: Hay explicaciones alternativas para cada uno de estos documentos.

Explicaciones alternativas. Ella había odiado esa frase durante un año.

La había oído en sueños. Y ahora la estaba diciendo, con la misma calma, en defensa de una caja de zapatos que alguien había puesto en un armario para ella.

Se calló en mitad de una frase. Tomás no dijo nada.

No hacía falta. La miraba con una mezcla de lástima y de algo más duro, algo que se parecía a la decepción de quien ha visto ese mismo camino muchas veces y sabe adónde lleva.

Entonces Valeria hizo lo único que no tenía que hacer.

—Usted sabía dónde vivía —dijo.

Tomás parpadeó.

—¿Cómo dice?

—Entraron en mi apartamento. Se llevaron el disco con todas las grabaciones.

Sin forzar la cerradura. —Le temblaba la voz y no podía evitarlo—.

Usted es el único que sabía dónde vivía.

Usted es el único que sabía lo del pastel, lo de la foto del niño, lo del anuncio.

Y ahora viene aquí a decirme que todo es mentira, justo cuando…

No terminó. Tomás se había puesto de pie.

Se quedó un momento delante de ella, con las manos en los bolsillos del pantalón, mirándola desde arriba. No parecía enfadado. Parecía más viejo que diez minutos antes.

—Hace treinta años que la gente me dice eso, señorita Ibarra —dijo en voz baja—.

Que soy yo. Los culpables, los inocentes, las madres de los muertos.

Uno se acostumbra. —Se arregló el cuello de la camisa, abotonada hasta arriba—.

Le voy a decir una sola cosa más y después me voy.

Usted ya publicó. Ya dijo el nombre. Ahora tiene un problema mucho peor que equivocarse.

—¿Cuál?

—Que le conviene haber acertado.

Se fue sin despedirse. Valeria lo vio cruzar la sala de espera, pasar junto a la recepcionista, apretar el botón del ascensor y esperar con la espalda recta, sin volverse. Las puertas se cerraron.

*

—Duerme toda la noche, ¿verdad?

El doctor Vidal tendría unos setenta y cinco años. Era bajo, rosado, con una calva brillante y unas gafas de montura dorada que se quitaba y se ponía cada vez que hablaba. Había salido a la sala de espera detrás de Carmen para darle a Valeria la receta en persona, como si fuera un favor.

—Sí, doctor.

—Muy bien. La quetiapina funciona muy bien en estos casos.

—Le entregó el papel doblado—. Hay que dormir.

En esa familia nadie ha dormido bien en veinte años.

Ni la señora, ni el señor, ni el muchacho.

—Se quitó las gafas, las limpió con la corbata—.

Yo a ese niño lo traté desde los doce. Pesadillas terribles.

Cosas que no se le desean a un chico de esa edad.

Valeria se quedó muy quieta.

—¿Qué clase de pesadillas?

Vidal la miró como si acabara de darse cuenta de que estaba hablando con alguien. Volvió a ponerse las gafas.

—Las normales —dijo—. Que alguien se cae. Que él no llega a tiempo. Lo que sueña cualquier niño que pierde a una hermana. —Le dio una palmadita a Carmen en el hombro—. Hasta dentro de tres meses, señora Montalvo.

Carmen no le contestó. Tenía la mirada fija en la pecera.

—Le pagan —murmuró, cuando el doctor ya se había ido—. A todos les pagan.

*

A las siete de la tarde, Marisol subió a decirle que el señor quería verla en el despacho.

Valeria bajó la escalera principal con la sensación de que cada escalón era un poco más alto que el anterior. El pasillo de las fotografías. La puerta. La misma puerta tras la que había pasado la noche del miércoles encogida debajo de un escritorio.

Rafael estaba sentado detrás de ese escritorio. Las cortinas, cerradas. La lámpara de bronce, encendida. Exactamente como el primer día.

—Siéntese, Lucía.

Ella se sentó en la silla baja. Él abrió el primer cajón, el de las chequeras. Valeria no pudo evitar mirar el tablero, el lugar donde había estado pegada la llave, y apartó la vista enseguida. Rafael sacó un sobre blanco y lo deslizó sobre la madera hacia ella.

—Dos mil dólares —dijo—. Una bonificación.

Valeria no tocó el sobre.

—No entiendo, señor.

—Mi madre está más tranquila desde que usted llegó. Duerme mejor. Come mejor. Marisol dice que hasta juega al dominó. —Rafael se reclinó en la silla y giró el reloj de oro en la muñeca—. Han sido semanas difíciles para esta familia, como sabrá. Usted ha sido discreta. Eso se agradece.

Valeria tomó el sobre. Pesaba más de lo que debía pesar un sobre con papel.

—Gracias, señor.

—No, gracias a usted. —Rafael la miró a los ojos, y por primera vez desde que lo conocía, sonrió.

Era una sonrisa pequeña, cansada, casi amable—.

Y Lucía, si alguna vez conoce a esa periodista del pódcast, dígale de mi parte que esta familia le está muy agradecida.

Muy agradecida. Que no se le va a olvidar.

Valeria se puso de pie. Le flaqueaban un poco las rodillas.

—Se lo diré, señor. Si alguna vez la conozco.

—Estoy seguro de que sí —dijo Rafael, y volvió a mirar los papeles de su escritorio, como si ella ya se hubiera ido.