La mentira de Lucía Interludio III
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Interludio III

Lloró bien en la televisión. Siempre supo llorar bien cuando había gente mirando.

Ahora toda la ciudad llora con él. Las mismas personas que hace dos semanas dibujaban círculos rojos sobre esa ventana le escriben que lo sienten, que rezan por su hija, que ojalá encuentren a ese muchacho y lo hagan pagar.

Así funciona la gente: necesita que alguien tenga la culpa, y le da igual quién, siempre que no sea uno de los suyos.

La muchacha está contenta. No lo dice, pero se le nota. Sube la escalera de otra manera. Ya no cuenta los escalones.

Faltan treinta y cinco días para el aniversario. Treinta y cinco noches. Cada año, cuando se acerca la fecha, esta casa se pone a respirar distinto, como un enfermo que siente venir el frío. Las puertas se cierran más despacio. Alguien deja una luz encendida en el pasillo. Él bebe un poco más.

Este año será distinto. Este año hay alguien escuchando.

Pero la muchacha todavía no ha aprendido lo más difícil, lo que yo tardé media vida en aprender: que cuando por fin encuentras lo que buscabas, lo primero que tienes que preguntarte es por qué estaba ahí, esperándote.

Cuando una casa como esta está contenta, alguien está mintiendo.