18. El despacho
Adrián no volvió el lunes.
Ni el martes. La contraseña de niño no sonó en la puerta a las ocho y diez, y en el tocador no apareció ninguna taza.
El BMW gris no estaba en el garaje. Marisol, cuando Valeria le preguntó, se limitó a decir que el niño Adrián tenía un apartamento en Brickell y que a veces se quedaba allí, y no dijo nada más.
Carmen preguntó por él cuatro veces el lunes y seis el martes. A la sexta, Valeria le dijo que estaba de viaje, y la anciana la miró con una tristeza tan lúcida que tuvo que apartar la vista.
—Siempre se va cuando el padre le grita —dijo Carmen—. Desde chiquito. Se escondía en el cuarto de su hermana.
Valeria no le preguntó cuál cuarto. Ya sabía cuál.
Desde la noche del episodio nueve, la llave antigua ya no estaba puesta en la cerradura de la puerta doble del ala oeste.
Valeria lo había notado al día siguiente, al pasar por el pasillo con la bandeja del desayuno: el agujero de la cerradura vacío, oscuro, como una cuenca sin ojo.
Alguien la había sacado. Alguien había decidido que esa puerta ya no bastaba con estar cerrada.
*
El miércoles, a las siete y diez, Rafael Montalvo salió de la casa vestido de esmoquin.
Valeria lo vio desde la ventana del corredor. El chofer le abrió la puerta del Mercedes, Rafael se subió sin mirar atrás, y el auto cruzó el portón sin prisa, con los faros encendidos sobre la calle lateral. El guardia anotó algo en su tablilla.
A las nueve le dio a Carmen la pastilla. Esta vez se quedó mirando hasta verla tragar, y después, con una vergüenza que no se molestó en disimular ante sí misma, le pidió que abriera la boca. La anciana obedeció como una niña. No había nada debajo de la lengua.
A las nueve y media, Carmen dormía.
A las diez, la luz de la cocina se apagó, y Valeria oyó a Marisol cruzar el patio de servicio hacia su cuarto, al otro lado del garaje, y cerrar la puerta.
A las once menos cuarto, Valeria se puso unos calcetines gruesos en lugar de zapatos, se metió el teléfono en un bolsillo del pantalón y la grabadora en el otro. La encendió antes de salir, por si acaso. Por si después necesitaba saber exactamente qué había pasado.
*
Las cámaras estaban afuera. Adrián se lo había dicho en la cocina, aquella noche: dentro de la casa ya sabe quién está . Valeria se aferró a esa frase mientras bajaba por la escalera de servicio, pegada a la pared, pisando los bordes de los escalones donde la madera crujía menos.
El pasillo de las fotografías estaba a oscuras. Los edificios de Brickell, el puente de Doral, la boda en blanco y negro, Elena en el velero: todo eran rectángulos grises que reflejaban la poca luz que entraba del vestíbulo. Al fondo, la puerta del despacho.
Puso la mano en el picaporte. Lo giró.
Estaba abierta.
Adentro hacía frío. El aire acondicionado seguía encendido, como si Rafael no soportara la idea de que la habitación se calentara en su ausencia.
Olía a cuero, a tabaco viejo y a algo más, algo dulzón que Valeria tardó en reconocer: whisky.
Encendió la linterna del teléfono, la tapó con los dedos hasta dejar solo un hilo rojizo de luz, y empezó por el escritorio.
Tres cajones a la derecha. El primero, abierto: chequeras, plumas caras, una caja de puros, un frasco de pastillas para la acidez.
El segundo y el tercero, cerrados con llave.
Tres cajones a la izquierda. Papeles de la constructora, contratos, planos enrollados con gomas elásticas.
Nada que pareciera de 2007. Nada que pareciera de una noche.
Junto a la ventana había un archivador metálico de cuatro gavetas, el único mueble moderno de la habitación.
No tenía llave. Valeria lo abrió gaveta por gaveta, pasando los dedos por las pestañas de las carpetas.
Impuestos. Seguros. Personal doméstico: abrió esa, encontró su propia ficha, Lucía Ferrer, cuidadora interna , con las referencias falsas grapadas detrás, y la cerró enseguida, como quien cierra la puerta de un baño ocupado.
En la última gaveta, al fondo, una carpeta gruesa con una etiqueta escrita a máquina: FERRÁNDIZ .
Dentro había extractos bancarios, cartas en inglés y en español, un contrato de préstamo de cuarenta páginas.
Valeria fue directo a las fechas. Una transferencia de trescientos cuarenta mil dólares a una sociedad de Panamá, el 18 de diciembre de 2007.
Otra de doscientos diez mil, el 21. Y un anexo del contrato, firmado años después, con una firma que reconoció de inmediato por lo torpe, por lo joven, por lo poco que se parecía a la de un hombre que dirige una empresa: Adrián Montalvo .
Fotografió todas las hojas con el teléfono. Mientras lo hacía, oyó en la cabeza la voz de Tomás, antes de que ella entrara en esa casa: no guarde nada en el teléfono . Siguió fotografiando.
Estaba guardando la carpeta cuando la habitación se iluminó.
*
Fue un barrido blanco sobre las cortinas, de izquierda a derecha. Faros. Un auto entrando por el portón.
Valeria miró la hora. Las doce y veinte. La gala no podía haber terminado. Regresa tarde. No esperar.
Oyó el motor del Mercedes apagarse delante de la entrada principal. Una puerta de auto. Voces, la del chofer y otra más grave. La llave en la cerradura de la entrada. Pasos en el mármol del vestíbulo.
Pasos que venían hacia el pasillo.
No había dónde esconderse. El armario de los libros no tenía puertas.
Las cortinas llegaban al suelo, pero se notaría el bulto de un cuerpo detrás.
Valeria hizo lo único que se le ocurrió, lo único que el cuerpo decidió por ella antes de que pudiera pensarlo: se metió debajo del escritorio.
Aquel escritorio enorme, de madera oscura, hecho para defenderse detrás de él.
El hueco para las piernas era profundo, cerrado por delante con un panel de madera tallada.
Se encogió al fondo, con las rodillas contra el pecho y la espalda contra la madera, y apagó la linterna.
La puerta se abrió.
La luz del techo no se encendió. Solo la lámpara de bronce del escritorio, a medio metro por encima de su cabeza.
Valeria vio, por la ranura entre el panel y el suelo, unos zapatos negros de charol que cruzaban la alfombra, se detenían junto al mueble de las bebidas y volvían.
Oyó el tintineo de un vaso, el gorgoteo de una botella.
Los zapatos no fueron hacia la silla del escritorio.
Fueron hacia el sillón de cuero, junto a la biblioteca. El cuero crujió cuando él se sentó.
Después, nada.
Rafael Montalvo no encendió el televisor, ni la computadora, ni el teléfono.
No leyó nada. Se quedó sentado en el sillón, en la penumbra, bebiendo despacio.
Valeria lo oía respirar. Lo oía tragar. Oía el hielo moverse en el vaso cada vez que lo levantaba.
Pasaron diez minutos. Veinte. Le empezó a doler la cadera contra el suelo, y después la espalda, y después un calambre lento le subió por la pantorrilla izquierda, y no pudo moverse para aflojarlo.
Se mordió el interior de la mejilla hasta sentir el gusto de la sangre.
Pensó en la gente que había entrevistado después de pasar horas escondida.
Una mujer dentro de un armario mientras su marido la buscaba con un cuchillo.
Un muchacho de Liberty City debajo de un auto durante un tiroteo.
Todos le habían dicho lo mismo: que lo peor no era el miedo, sino el tiempo.
El miedo dura un segundo; el tiempo no se cansa nunca.
Ahora lo entendía en los huesos. Pensó, sin querer, en el titular si la encontraban ahí.
Periodista detenida. Se imaginó a los colegas que habían dejado de contestarle compartiendo el enlace, casi con lástima, y descubrió que eso le daba más miedo que el hombre del sillón.
La vergüenza de ese descubrimiento la devolvió a la habitación, al calambre, a la respiración de Rafael a tres metros.
El cuero del sillón crujió.
Los zapatos cruzaron la alfombra y se detuvieron delante del escritorio. A centímetros de ella. Valeria dejó de respirar. Oyó una llave en la cerradura del segundo cajón, justo encima de su cabeza. El cajón se abrió. Algo de papel. Algo que se desdoblaba despacio.
Pasó un minuto entero. Quizá dos.
Y entonces Rafael Montalvo habló. En voz muy baja, sin teléfono, sin nadie más en la habitación. Con una voz que Valeria no le había oído nunca, una voz rota en el medio como la de un hombre mucho más viejo.
—Perdóname, mi niña.
El papel volvió a doblarse. El cajón se cerró. La llave giró.
En el bolsillo de Valeria, contra el muslo, el teléfono vibró.
Fue una vibración corta, sorda, apenas un zumbido contra la tela. Valeria apretó el teléfono con la mano a través del pantalón con tanta fuerza que se le clavó el borde en la palma. Arriba, los zapatos se quedaron quietos. Un segundo. Dos. Tres.
Después se apartaron. Se oyó el clic de la lámpara de bronce al apagarse. Los pasos hasta la puerta. La puerta que se abría y se cerraba.
Y una llave que giraba en la cerradura, desde afuera, dos vueltas.
*
Esperó media hora antes de moverse. Cuando por fin salió de debajo del escritorio, tuvo que quedarse un rato a gatas sobre la alfombra, con la pierna dormida y los ojos llenos de lágrimas de dolor, hasta que pudo ponerse de pie.
La puerta estaba cerrada con llave. No tenía pestillo por dentro; era una cerradura antigua, de las que necesitan llave de los dos lados. Las ventanas tenían, en una esquina del marco, la lucecita verde de un sensor de alarma. Si abría una, toda la casa lo sabría.
Estaba encerrada en el despacho de Rafael Montalvo hasta que alguien abriera la puerta.
Miró el teléfono. El mensaje que había vibrado era de las doce y cuarenta y uno. Número conocido.
¿Sigues despierta, sobreviviente?
Adrián.
Apagó el teléfono del todo. Después volvió al escritorio y probó el segundo cajón.
Cerrado. Probó el tercero. Cerrado. Probó, por si acaso, el primero, el de las chequeras, y esta vez, al sacarlo entero, vio algo que no había visto antes: al fondo, pegada con cinta adhesiva a la cara inferior del tablero, una llave grande, de hierro, con un aro en forma de lira.
La reconoció enseguida. La había visto el primer día, puesta en la cerradura de una puerta doble de madera oscura, en el segundo piso.
*
A las seis menos cinco, la cerradura giró.
Valeria estaba sentada en el suelo, junto a la biblioteca, con la llave de hierro escondida en el calcetín. Se puso de pie de un salto.
Marisol entró con un balde y un plumero. Se detuvo en el umbral. Miró a Valeria, miró la habitación, miró el escritorio con los cajones cerrados y el archivador en su lugar. Su cara no cambió.
Dejó el balde en el suelo y sostuvo la puerta abierta.
—El señor se levanta a las seis y media —dijo—. Tiene siete minutos para estar en su cuarto.
Valeria pasó a su lado sin contestar. En el umbral, sin poder evitarlo, se volvió.
—¿Por qué?
Marisol ya había empezado a quitarle el polvo a la lámpara de bronce.
—Porque la señora se despierta a las seis y diez —dijo, sin mirarla—, y no le gusta despertarse sola.
Valeria subió por la escalera de servicio con los calcetines en la mano y la pierna todavía entumecida.
Entró en su cuarto, sacó la grabadora del bolsillo y la apagó.
Siete horas y doce minutos de grabación.
Sacó la llave de hierro del calcetín, la envolvió en un pañuelo y la metió en la caja de tampones, al fondo del neceser, en el estante más alto del armario.
Después se lavó la cara, se peinó, cruzó la puerta interior y se sentó en el sillón verde junto a la cama de Carmen, como cualquier otra mañana, a esperar que la anciana abriera los ojos.