La mentira de Lucía 19. La caja
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19. La caja

El fisioterapeuta llegaba los jueves a las diez en punto.

Era un haitiano enorme y silencioso llamado Jean-Baptiste, que se quitaba los zapatos en la puerta del cuarto, saludaba a Carmen con una inclinación de cabeza casi ceremonial y durante una hora le movía las piernas, los brazos y los dedos como si estuviera restaurando una pieza de porcelana.

No necesitaba ayuda. No la quería. Las cuidadoras anteriores, le había contado Marisol, aprovechaban esa hora para fumar en el patio de servicio o para hablar por teléfono con sus familias.

Valeria la aprovechó para otra cosa.

A las diez y cuarto le dijo a Jean-Baptiste que iba a buscar toallas limpias.

Él asintió sin levantar la vista de la rodilla de Carmen.

Valeria salió al corredor con la llave de hierro en el bolsillo del delantal, envuelta todavía en el pañuelo, y caminó hacia la izquierda, hacia la puerta doble de madera oscura, con el paso de alguien que tiene derecho a estar donde está.

Marisol estaba abajo, en la cocina. Lo sabía porque oía la radio. Rafael había salido a las siete y media. Adrián seguía sin volver.

La llave entró en la cerradura como si nunca hubiera salido de ella. Giró con un chasquido seco, más fuerte de lo que esperaba, y Valeria miró por encima del hombro hacia el corredor vacío antes de empujar.

*

Del otro lado había otro pasillo, más corto y más estrecho, con la misma alfombra crema y tres puertas. Las cortinas estaban corridas y el aire olía a cerrado, a polvo caliente, a casa que nadie respira.

La primera puerta era un baño de azulejos rosados, con una toalla todavía colgada en el toallero. La segunda, un cuarto de costura, con una máquina antigua cubierta por una funda de plástico. La tercera estaba al fondo, frente a la ventana que daba al jardín trasero.

Valeria supo cuál era antes de abrirla.

El cuarto de Isabel Montalvo estaba exactamente como la noche del 29 de noviembre de 2007.

No como un museo, sino como un cuarto del que alguien acaba de salir y al que piensa volver en cualquier momento.

La cama hecha, con una colcha blanca y cojines de colores.

Un escritorio con un portátil blanco cerrado, de un modelo que ya nadie fabricaba, una pila de libros de texto en inglés con el lomo gastado y una novela con un marcapáginas a la mitad.

En la pared, un calendario abierto en noviembre, con el 29 rodeado de corazones dibujados con bolígrafo rosa.

Fotos pegadas con cinta en el marco del espejo: muchachas sonriendo en una playa, en una fiesta, haciendo muecas en un ascensor.

Un póster de una banda de rock que Valeria no conocía.

Un par de zapatillas blancas de lona junto a la puerta del armario, una al lado de la otra, como si esperaran unos pies.

Y no había polvo.

Valeria pasó un dedo por el escritorio. Limpio. Pasó la mano por la colcha: recién estirada. Alguien entraba en ese cuarto. Alguien lo limpiaba, lo ordenaba, cambiaba las sábanas, y lo hacía con el cuidado con que se cuida una tumba.

Se agachó para mirar bajo la cama, sin saber muy bien por qué. Había una manta de cuadros doblada en el suelo, una almohada pequeña y una linterna de plástico azul, de las que se regalan a los niños. Nada más. Un refugio.

Se escondía en el cuarto de su hermana.

Se levantó con las rodillas temblando un poco y abrió el armario.

*

La ropa de Isa seguía colgada. Vestidos, jeans, una chaqueta de cuero falso, un uniforme escolar con falda a cuadros.

En los estantes de arriba, suéteres doblados que en Miami se usaban dos semanas al año.

Valeria los apartó uno por uno, con cuidado, y detrás del último, contra el fondo del estante, encontró la caja.

Era una caja de zapatos de cartón gris, sin marca, atada con una cinta de raso blanca. No tenía polvo, igual que todo lo demás.

La bajó. La puso sobre la cama. Deshizo el lazo.

Lo primero que vio fue la pulsera.

Estaba dentro de una bolsa de plástico transparente, de las que se cierran a presión.

Una cadena fina de plata con un pequeño dije en forma de rosa.

Pulsera de plata con un dije en forma de rosa, regalo de su abuela esa misma noche.

No recuperada. La rosa estaba manchada de algo oscuro, casi negro, que se había metido entre los pétalos de metal y se había secado ahí durante años.

Valeria no tocó la bolsa. Se quedó mirándola con las manos en el regazo.

Debajo había cartas. Una docena, atadas con una gomita, escritas a mano en hojas de cuaderno.

Reconoció la letra de Isa por las fotos del espejo, que tenían nombres escritos debajo, y otra letra, más grande, más inclinada, con faltas de ortografía que alguien había corregido después con otro color. Las firmaba J .

Las primeras eran cartas de amor. Torpes, apasionadas, de muchacho de dieciocho años que no sabe todavía cuánto se puede decir en un papel.

Valeria las leyó en diagonal. Después empezaron a cambiar.

Una de Isa, fechada el 25 de noviembre: Tenemos que hablar de lo de después de la graduación.

No es lo que tú crees. Yo me quiero ir lejos, pero creo que me quiero ir sola.

Y la respuesta de J, dos días después, con la letra más apretada, más furiosa, perforando el papel en algunas palabras:

No me vas a dejar. Después de todo lo que hice por ti, no me vas a dejar así. Te lo juro por mi madre que no.

Debajo de las cartas había fotos. Isa y Julián en la playa, en un auto, en la escalinata de un colegio.

Él era flaco, moreno, con el pelo rizado y unos ojos grandes de animal asustado.

En las primeras, los dos se reían. En la última, con una fecha escrita a mano en el reverso, la semana de la fiesta, Isa miraba hacia otro lado, con los brazos cruzados, y Julián la miraba a ella.

*

Valeria sacó el teléfono y fotografió todo.

La pulsera dentro de la bolsa, sin abrirla.

Cada carta, por delante y por detrás. Cada foto.

Lo hizo con una calma metódica que la sorprendió, y al terminar reconoció esa calma.

La había sentido la noche en que cerró la undécima entrega de Contratos de agua : la certeza física de que las piezas encajan.

Le había faltado durante un año entero. Pensó en Carmen frente al espejo.

No creas lo que encuentres en el despacho.

Y se descubrió respondiéndole en voz baja: pero esto no es el despacho.

Oyó lo que había dicho. Era la frase de quien encuentra un tecnicismo para hacer lo que ya ha decidido hacer.

Siguió fotografiando de todos modos, porque lo que tenía delante no era un rumor ni el murmullo de una anciana: era papel, letra, una fecha, una mancha. Las cosas que ella sabía tocar.

Estaba guardando las cartas en la caja cuando oyó la puerta doble.

*

No tuvo tiempo de pensar. Metió las fotos y las cartas en la caja de cualquier manera, puso la tapa, ató el lazo con dedos torpes y la empujó al fondo del estante, detrás de los suéteres. Cerró el armario. Se dio la vuelta.

Adrián estaba en la puerta del cuarto.

Tenía la misma ropa que Valeria le había visto el domingo junto a la piscina, arrugada, con una mancha de café en la manga. No se había afeitado. Tenía los ojos rojos y una manera de apoyarse en el marco que no era del todo voluntaria.

Se miraron un rato sin decir nada.

—¿Cómo entraste? —preguntó él al fin. No lo dijo con rabia. Lo dijo con cansancio, como quien pregunta la hora.

—Estaba abierta.

—No. —Adrián negó despacio con la cabeza—. Esa puerta no está abierta nunca. Y desde hace unos días la llave la tiene mi padre.

Valeria no contestó. Sentía la llave de hierro en el bolsillo del delantal como si pesara un kilo.

Adrián entró en el cuarto. Pasó a su lado sin tocarla, se sentó en el borde de la cama de su hermana y miró alrededor: el calendario, las fotos del espejo, las zapatillas junto al armario. Se quedó mirando las zapatillas mucho rato.

—Venía aquí cuando era chico —dijo—. Me metía debajo de la cama con una linterna y me quedaba dormido. Mi madre me encontraba por la mañana y no me regañaba. Era lo único por lo que no me regañaba. —Pasó la mano por la colcha, alisándola—. ¿Sabes quién limpia este cuarto?

—Marisol.

—Yo. —Adrián se rió, sin ganas—. Una vez al mes.

Desde los quince años. Mi padre no ha subido aquí desde 2007.

Ni una vez. Marisol no quiere entrar. Así que lo hago yo.

Le cambio las sábanas a una cama donde no duerme nadie.

Le quito el polvo a una computadora que no se ha encendido en veinte años.

—Levantó la vista hacia ella, y por primera vez desde que Valeria lo conocía no había nada en su cara, ni encanto ni ironía, nada—.

¿Eso te parece normal, Lucía de Rosario?

—Me parece que la extrañas.

—No. —Lo dijo con una seguridad extraña—. No me acuerdo de ella. Ya te lo dije. Lo que extraño es otra cosa, y no sé qué es.

Afuera, en el corredor principal, una puerta se abrió y se cerró. La voz grave de Jean-Baptiste llamó algo en criollo, una pregunta. Valeria dio un paso hacia la puerta.

—Me están buscando.

—Ve. —Adrián no se movió de la cama—. Y escúchame bien. Si mi padre se entera de que entraste aquí, te echa esta misma noche. Si se entera de que entré yo, después de lo del domingo, me echa a mí también. Así que ninguno de los dos estuvo aquí. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Valeria salió al pasillo corto, después al corredor, con la llave en el bolsillo y el teléfono lleno de fotos en el otro. Jean-Baptiste estaba en la puerta del cuarto de Carmen, mirándola con las cejas levantadas.

—Las toallas —dijo él.

—No las encontré —dijo Valeria.

*

Esa noche esperó a que la casa durmiera.

A las doce y media volvió a abrir la puerta doble con la llave de hierro, cruzó el pasillo corto a oscuras y entró en el cuarto de Isa.

La luz de la luna entraba de lado por la ventana del jardín y caía sobre la colcha blanca, que alguien había vuelto a estirar.

Abrió el armario. Apartó los suéteres.

La caja ya no estaba.

En el estante, donde había estado, no quedaba nada.

Ni una marca, ni un hilo de la cinta de raso.

Valeria pasó la mano por la madera vacía, como si pudiera encontrarla al tacto, y después se quedó un rato de pie en el cuarto de Isabel Montalvo, rodeada de fotos de una muchacha que sonreía en una playa, sabiendo que lo único que quedaba de esa caja en el mundo estaba dentro de su teléfono.

Volvió a su cuarto. Encendió el portátil. Abrió un documento en blanco y escribió el título sin pensarlo, como si alguien se lo dictara.

Episodio 10: «Sabemos quién fue».