La mentira de Lucía 17. La empresa
43%

17. La empresa

La cerradura estaba intacta.

Fue lo primero que comprobó, por costumbre, antes de girar la llave: ni un rasguño en el metal, ni una astilla en el marco. La puerta del apartamento se abrió con el mismo chirrido de siempre, y el olor a humedad y a detergente que subía de la lavandería le dio la bienvenida como todos los sábados.

Valeria dejó la mochila en el suelo, cerró y se quedó quieta en la entrada.

Todo estaba en su lugar. El sofá cama con la manta de cuadros. La mesa plegable con el micrófono bajo su funda de tela. Los libros apilados contra la pared, el ventilador, la taza con restos secos de mate en el fregadero. Todo estaba exactamente donde lo había dejado una semana antes.

Demasiado exactamente.

Tardó un minuto en entender qué le molestaba.

Después lo vio: los libros. Ella los apilaba de cualquier manera, grandes sobre pequeños, con los lomos para todos lados.

Ahora estaban alineados. No ordenados por tamaño ni por color, solo alineados, con los bordes parejos, como los deja alguien que los ha levantado uno por uno y los ha vuelto a poner en su sitio con cuidado, demasiado cuidado, el cuidado de quien no quiere que se note.

Fue a la cocina. Abrió el armario de arriba, el de las latas.

Detrás del azúcar y del café había una lata de galletas danesas, azul, con un dibujo de un molino en la tapa.

Ahí guardaba el disco externo con la copia de todo: los episodios, los guiones, las notas de voz, y las catorce horas de grabaciones de la casa Montalvo.

La lata estaba vacía.

*

Lo encontró al darse la vuelta.

En la cara interior de la puerta de entrada, a la altura de los ojos, justo donde no podía dejar de verlo si salía, alguien había pegado un papel cuadrado y amarillo.

Un pósit. Valeria lo reconoció antes de leerlo, por el color desvaído y por la esquina doblada.

Era el suyo. El del borde del monitor. El que llevaba un año entero mirando cada mañana.

Fecha encabezado ≠ fecha cuerpo. Revisar.

Su propia letra. Su propio aviso, el que había escrito y no había escuchado.

Lo despegó con dos dedos, como si quemara.

Detrás de él, en la madera de la puerta, no había nada.

Ninguna nota, ninguna amenaza. No hacía falta.

Quien había entrado no se había llevado el televisor ni el micrófono, que valía más que todo lo demás junto.

Se había llevado lo único que importaba y le había dejado su propia vergüenza pegada en la puerta, para que supiera que la conocían.

Que sabían quién era, dónde vivía, qué había hecho.

Y qué tenía guardado en una lata de galletas.

Pensó en el disco. En lo que contenía. En once segundos grabados en lo alto de una escalera, con su propia voz, más aguda de lo normal, diciendo Señora Carmen. Soy Lucía.

Alguien tenía ahora la prueba de que la cuidadora argentina había grabado a la anciana. Y de que la cuidadora y la periodista eran la misma persona.

*

Bajó a la lavandería. Mirta, la dueña, una cubana de setenta años con los labios pintados de fucsia y una radio siempre encendida en la emisora de las noticias, estaba doblando sábanas sobre el mostrador.

—Ay, mi niña, qué bueno que viniste. —Mirta dejó la sábana a medio doblar—. El jueves vino un muchacho preguntando por ti. Bien vestido, educado. Dijo que era tu hermano, que venía de Argentina a darte una sorpresa.

—Yo no tengo hermanos.

Mirta se quedó con la boca abierta.

—Yo no lo dejé subir, ¿eh? Le dije que no tenía llave, que volviera el sábado. —Se llevó la mano al pecho—. Pero ahora que lo pienso, no tenía nada de acento argentino. Hablaba como los de aquí.

—¿Cómo era?

—Normal. Alto. Gorra. Lentes oscuros. —Mirta se encogió de hombros con una impotencia sincera—. Mi amor, en esta calle todos son así.

*

Pasó la tarde limpiando.

No lo decidió. Se encontró de pronto con un trapo en la mano y un balde de agua con cloro, frotando la mesa, el picaporte, el borde del fregadero, las teclas de la cafetera, todo lo que una mano extraña podía haber tocado.

Limpió los libros uno por uno, por las tapas y por el lomo, y después los volvió a apilar de cualquier manera, torcidos, desordenados, como si devolverles el desorden fuera una forma de recuperar algo.

Pasó el trapo por la manta del sofá, por el marco de la ventana, por la puerta del armario. Volvió a pasarlo por el picaporte.

En algún momento, de rodillas en el suelo de la cocina, se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y la imagen le llegó entera.

Rosario, un invierno, ella tendría once años.

Les habían entrado a robar un domingo mientras estaban en misa.

Se llevaron el televisor, el tocadiscos y la cadenita de oro de su primera comunión.

Y su madre se pasó la noche entera limpiando.

No lloró ni una vez. Limpió las paredes, los cajones vaciados, la cama donde habían tirado la ropa.

A las cuatro de la mañana su padre le quitó el trapo de las manos y la abrazó, y su madre dijo, con la cara contra su hombro, una sola frase: «Es que tocaron todo».

Ahora lo entendía. No se trataba de lo que faltaba.

Se trataba de que alguien había estado en el único lugar del mundo donde uno se permite no vigilar.

Valeria se quedó sentada en el suelo con el trapo húmedo en el regazo, y le dieron ganas de llamar a su madre.

No la llamó. Habría tenido que mentirle también a ella.

*

Esa noche no durmió en el sofá cama. Arrastró una silla de la cocina hasta la entrada, la puso contra la puerta, debajo del picaporte, y se sentó en el suelo del otro lado de la habitación, con la espalda contra la pared y el teléfono en la mano.

A las dos y diez, el picaporte se movió.

No fue un golpe ni un empujón. Fue un giro lento, paciente, de alguien que prueba una cerradura sin hacer ruido. El metal bajó. Se detuvo. La silla crujió contra la madera. El metal volvió a subir.

Valeria no respiró.

Del otro lado se oyó algo, muy bajo. Un roce, como de una mano apoyada en la puerta. Después, pasos en la escalera de hierro, bajando sin prisa, uno por uno.

Se arrastró hasta la ventana sin levantarse y miró por el borde de la cortina.

En la calle Ocho, bajo la luz anaranjada de un farol, un hombre caminaba hacia la esquina con las manos en los bolsillos.

Gorra oscura. Alto. No se volvió. Cruzó la avenida, se subió a un auto que esperaba con el motor encendido y las luces apagadas, y el auto se fue.

Valeria se quedó junto a la ventana hasta que empezó a clarear. A las siete metió el micrófono en la mochila, cerró con doble llave y se fue sin mirar atrás.

*

No llamó a Tomás.

Lo pensó en el semáforo de la avenida Douglas, con el teléfono en la mano y el motor en marcha, y no lo hizo.

Tomás le diría que se fuera, y esta vez tendría razón, y ella no quería oír a nadie tener razón.

Además, había otra cosa, algo que no se atrevía a mirar de frente: Tomás había sabido siempre dónde vivía.

Llegó a la casa a las nueve y media. Marisol le abrió la puerta de servicio y la miró una sola vez, de arriba abajo, el tiempo justo para ver las ojeras, la ropa del día anterior, las manos rojas de cloro.

No dijo nada.

*

La pelea empezó en inglés, a las cuatro de la tarde, junto a la piscina.

Valeria la oyó desde la ventana del cuarto de Carmen, mientras la anciana dormía la siesta.

Rafael y Adrián estaban de pie al borde del agua, los dos en mangas de camisa, y al principio hablaban como se habla de negocios, en voz baja y en inglés: un banco, un plazo, una auditoría.

Valeria entendió poco. Una palabra se repetía. Ferrándiz . Un apellido.

Después la conversación cambió de idioma. Pasó al español de golpe, como pasan siempre esas familias cuando la discusión deja de ser sobre dinero.

—Me hiciste firmar eso con veinte años —dijo Adrián. Ya no hablaba en voz baja—. Veinte años, papá. Ni lo leí.

—Lo firmaste porque esa firma te pagó todo. La universidad, el carro, esta casa.

—¿Y qué más pagó?

Rafael no contestó.

—Los pagos de diciembre del 2007 —siguió Adrián—. Los auditores los van a encontrar. Ya los encontraron. Me preguntaron a mí, ¿entiendes? A mí. Y yo no supe qué decirles, porque nunca me dijiste para qué eran.

—Eran para salvar la empresa.

—¿En diciembre del 2007? ¿Tres semanas después de…?

Rafael lo agarró del brazo. Fue un movimiento rápido, seco, y Valeria vio cómo Adrián se quedaba quieto, con la cara a un palmo de la de su padre. Rafael le dijo algo en voz tan baja que no llegó hasta la ventana. Algo corto. Dos o tres palabras.

Adrián se soltó de un tirón. Se quedó mirándolo un momento, respirando fuerte. Después dio media vuelta, cruzó el césped a grandes pasos, rodeando la terraza de piedra sin pisarla, y desapareció hacia el garaje. Medio minuto después, el BMW gris salió por el portón haciendo chirriar los neumáticos.

Rafael se quedó solo junto al agua, con las manos en las caderas, mirando la superficie quieta de la piscina.

Detrás de Valeria, en la cama, Carmen dijo con los ojos cerrados:

—Siempre igual. Siempre por el dinero.

Y siguió durmiendo.

*

El mensaje llegó a las once y cuarto de la noche, al correo del pódcast, desde una dirección nueva. Esta vez no había audio. Solo texto.

Ya sabes que te vigilan. Eso no va a parar.

Lo que Rafael se llevó de esa noche está en el despacho. Antes del jueves. El jueves se lo lleva de la casa y no lo vas a volver a ver.

Si no lo haces tú, lo voy a hacer yo. Y yo no tengo nada que perder.

Valeria lo leyó sentada en la cama, con la puerta interior entreabierta y el monitor de bebé parpadeando en la mesa de noche.

Era la misma voz. Lo sabía sin poder demostrarlo, por la manera de cortar las frases, por esa calma que no tenía prisa y aun así apuraba.

Pero ya no era la voz que le decía que no tuviera miedo.

Era una voz que le daba órdenes. Que le ponía plazos.

Que le hacía saber, sin decirlo del todo, que estaba dispuesta a entrar en esa casa si ella no lo hacía.

Y en la otra habitación, una anciana le había dicho dos días antes, mirándola a los ojos en un espejo, que no creyera nada de lo que encontrara en ese despacho.

Valeria apagó el teléfono. No podía dormir y no quiso intentarlo.

A las tres de la madrugada bajó por la escalera de servicio, descalza, y cruzó la cocina a oscuras hasta el tablero de corcho donde Marisol anotaba los horarios de la casa.

Medicinas, comidas, citas médicas. Y en la esquina inferior derecha, con la letra redonda de cuaderno de caligrafía, la agenda de la semana del señor.

Miércoles: Sr. cena fuera (gala Cámara de Comercio). Regresa tarde. No esperar.

Valeria lo leyó dos veces. Después volvió a subir, sin hacer ruido, contando los escalones de servicio en la oscuridad.