16. La advertencia
A las ocho y diez sonó la contraseña de niño en la puerta, pero esta vez Adrián entró.
Traía dos tazas en lugar de una y un pastelito de guayaba envuelto en una servilleta.
Dejó una taza sobre el tocador, como siempre, y la otra en la mesita de su abuela, junto al té que Carmen todavía no había probado.
Después le tendió el pastelito a Valeria con una solemnidad exagerada, como quien presenta una prueba ante un tribunal.
—Para la sobreviviente —dijo—. De la cocina.
Valeria lo aceptó sin mirarlo. Sintió que se le subía el calor a la cara y se odió un poco por eso.
Carmen los observó a los dos. Primero a él, después a ella, después otra vez a él, con la lentitud de quien sigue un partido de tenis desde la tribuna.
—¿Y ustedes de qué se ríen?
—Nadie se ríe, abuela.
—Tú tienes cara de haberte comido algo que no era tuyo. —Carmen entrecerró los ojos—. Esa cara ponías de niño cuando te robabas el flan.
Adrián soltó una carcajada tan repentina que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.
Valeria mordió el pastelito para no reírse ella también, y se le llenó la boca de azúcar y de hojaldre.
Durante un momento, en esa habitación que olía a talco y a perfume antiguo, no hubo nada más: una anciana con los ojos brillantes de picardía, un nieto doblado de risa, una mujer con la boca llena de guayaba, y el sol de la mañana entrando a través de la buganvilla.
Después Adrián miró el reloj, dijo que llegaba tarde a una reunión con unos banqueros que no lo querían, besó a su abuela en la frente y se fue. En la puerta se dio la vuelta, se llevó un dedo a los labios y le guiñó un ojo a Valeria.
Carmen esperó a que sus pasos se perdieran en la escalera.
—Ese muchacho duerme mal —dijo—. Siempre durmió mal.
Y volvió a mirar la terraza.
*
A las tres, el cielo se cerró sobre Coral Gables con un gris de plomo, y a las cuatro cayó uno de esos aguaceros de Miami que parecen un balde vaciado desde el techo y se van sin despedirse.
Carmen durmió la siesta con el ruido del agua contra los cristales.
Valeria la vigiló desde el sillón verde, con un libro abierto sobre las rodillas que no consiguió leer.
A las seis la bañó, como siempre, con el agua tibia. Le secó el pelo con una toalla, la sentó frente al tocador y empezó a peinarla con el cepillo de plata, contando en voz baja.
Iba por el cepillazo doce cuando Carmen habló.
—Gloria tenía el pelo como el tuyo. Castaño, sin gracia. Se lo quería teñir de rubio, como las artistas, y mi padre le dijo que si aparecía rubia en esa casa la mandaba a un convento de Matanzas.
Valeria siguió peinando. Había aprendido que, cuando Carmen hablaba de Gloria, cualquier cambio de ritmo la devolvía al silencio.
—Era mayor que yo. Cuatro años. —Carmen la miraba en el espejo, y Valeria tardó en darse cuenta de que la miraba a ella, a sus ojos, y no a una hermana muerta—.
Se enamoró de un muchacho que trabajaba en el puerto.
Un mulato buen mozo que tocaba la trompeta los sábados en un club de La Rampa.
Mi padre se enteró y le prohibió verlo. Le prohibió salir. Le prohibió hasta asomarse al balcón.
—¿Y ella qué hizo?
—Lo que hacen las muchachas cuando les prohíben todo.
Se fue. —Carmen sonrió en el espejo, una sonrisa pequeña, de un solo lado—.
Él tenía un amigo con una lancha. Iban a cruzar a Cayo Hueso una noche de marzo, y desde allí subir a Nueva York, donde él tenía un primo con orquesta.
Gloria me lo contó a mí sola. Yo tenía diecisiete años y me pareció lo más hermoso que había oído en mi vida.
El cepillo se había detenido. Valeria lo notó y volvió a moverlo.
—La noche antes le cosí cuarenta dólares en el dobladillo del vestido —siguió Carmen—.
Con estas manos. Con una aguja de mi madre.
Ella me dio un beso aquí —se tocó la frente con dos dedos cargados de anillos— y me dijo: tú no has visto nada, Carmita.
Y yo no vi nada. A la mañana siguiente, cuando mi padre preguntó, le dije que no sabía nada. Que esa noche no había oído nada.
Afuera, las últimas gotas caían del alero sobre las losas de la terraza, una por una, como un reloj que se está quedando sin cuerda.
—La lancha se volcó frente a Cojímar. Al muchacho lo encontraron a los dos días. A Gloria no la encontraron nunca.
Valeria dejó el cepillo sobre el tocador.
—Lo siento mucho, señora.
—Yo la ayudé a irse —dijo Carmen, y su voz no tembló—. Y después me callé. Dos cosas que hice bien, pensaba entonces. Ayudar y callar. Me pasé la vida haciendo las dos.
Se quedaron un rato en silencio, mirándose en el espejo.
La anciana tenía la espalda recta y las manos quietas sobre el regazo, y en la luz amarillenta de la lámpara del tocador su cara parecía otra, más joven, más dura, la cara de una mujer que había firmado contratos y despedido gerentes y enterrado a un marido sin derramar una lágrima delante de nadie.
—Tú también callas mucho, Lucía —dijo.
Lucía. No Gloria, no niña, no la argentina. Valeria sintió que se le erizaba la nuca.
—Te voy a decir una cosa —siguió Carmen—, y no me la vas a preguntar dos veces, porque no te la voy a repetir.
Valeria no se movió.
—No creas lo que encuentres en el despacho.
—¿Qué despacho, señora?
—No te hagas la boba, que no te queda. En esta casa hay un solo despacho. —Carmen giró la cabeza hacia la ventana, hacia la calle lateral mojada, donde ya no quedaba nadie—. Mi hijo ordena los papeles igual que ordena a la gente. Todo en su sitio. Todo donde él quiere que lo veas.
—¿Qué voy a encontrar ahí?
Carmen no contestó. Siguió mirando por la ventana, y Valeria vio cómo ocurría, despacio, igual que la primera mañana: algo se apagaba detrás de esos ojos grises, una luz en otra habitación.
Los hombros se le aflojaron. La boca se le quedó un poco abierta.
Cuando volvió a hablar, lo hizo con la voz quejosa de siempre, la de una niña que ha esperado demasiado.
—Gloria, ¿ya llegó el barco?
*
Valeria terminó de peinarla en silencio. Ochenta, noventa, cien. Le ayudó a ponerse el camisón, la llevó a la cama y la tapó hasta el pecho.
No sacó la libreta. Se quedó de pie junto a la ventana, con el cepillo de plata todavía en la mano, y se descubrió repitiendo la frase sin voz, moviendo apenas los labios, como hacía Carmen con los nombres de los obituarios.
No creas lo que encuentres. La tercera vez que la repitió ya no estaba segura de si Carmen había dicho «no creas» o «no te creas», y la diferencia le pareció de pronto enorme.
Se acordó de su abuela Nélida. Del último invierno de su vida en Rosario, cuando ya confundía las caras y llamaba a Valeria «Lucía», el único de sus nombres que recordaba.
Se acordó de un domingo de ravioles, la mesa larga con el mantel de hule, toda la familia alrededor.
La abuela había dejado el tenedor en el plato y había dicho, con toda claridad, mirando la silla vacía de la cabecera: «Aldo nunca fue a pescar los jueves».
Nada más. Valeria tenía nueve años y no entendió nada.
Pero se acordaba de los cubiertos detenidos en el aire, de la tía que se levantó a buscar pan aunque la panera estaba llena, y de la mano de su madre apretándole la rodilla por debajo de la mesa: no preguntes .
Diez años después, con el mate de por medio, su madre le contó lo de la mujer de Santa Fe.
Treinta años de jueves. La abuela lo había sabido siempre y solo lo dijo cuando ya nadie la tomaba en serio.
Por eso pudo decirlo. Hay cosas que solo pueden decirse desde el lugar donde nadie te va a creer.
Y Valeria no tenía manera de saber qué acababa de presenciar: a una mujer lúcida que fingía perderse para poder hablar, o a una mujer perdida que, por un minuto, había encontrado el camino de vuelta.
—Hoy la pastilla se la doy yo.
Valeria se volvió. Marisol estaba en la puerta del corredor, con el pastillero en una mano y un vaso de agua en la otra. No la había oído llegar.
—Todavía no son las nueve.
—Ya sé qué hora es. —Marisol cruzó la habitación, se sentó en el borde de la cama y le acercó el vaso a Carmen, que lo bebió con los ojos cerrados—. Cuando habla de Gloria, después no duerme. Se pasa la noche llamándola.
—¿Cómo sabe que habló de Gloria?
Marisol dejó el vaso en la mesita. Acomodó la sábana bajo la barbilla de la anciana con un gesto que Valeria no le había visto nunca, casi de madre.
—En esta casa no hace falta escuchar detrás de las puertas, Lucía —dijo, sin volverse—. Las paredes son finas. Y las viejas hablan alto.
*
A las ocho menos cuarto, Adrián volvió a golpear con la contraseña. Traía una caja de madera bajo el brazo y el pelo todavía mojado de la ducha.
—Viernes —anunció, como si eso lo explicara todo.
Carmen abrió los ojos en la cama. Valeria creyó que la pastilla la habría dejado sin fuerzas, pero la anciana se incorporó sobre los codos con una energía que no le había visto en todo el día.
—Trae la mesa —ordenó.
Era una tradición, le explicó Adrián mientras arrastraba la mesita de té hasta el borde de la cama.
Desde que él tenía ocho años, los viernes se jugaba dominó con la abuela.
Al principio con su abuelo, después con quien estuviera.
Marisol nunca quería. Su padre había jugado una sola vez, en 1999, y había perdido tan mal que no volvió a sentarse.
—De a tres se juega mal —dijo Adrián, volcando las fichas sobre la mesa—, pero se juega. ¿Sabes jugar, Lucía de Rosario?
—Un poco.
—Eso dicen todas. —Carmen ya estaba revolviendo las fichas con las dos manos, con un ruido de huesos contra la madera—. Y después pierden.
Perdieron. Valeria perdió las cuatro manos seguidas, y Adrián tres de cuatro.
Carmen, que esa mañana le había preguntado dos veces cómo se llamaba y que una hora antes le había pedido noticias de un barco hundido en 1958, contaba las fichas con una precisión aterradora.
Sabía cuáles quedaban, quién las tenía, qué número iba a salir.
Cerraba el juego cuando le convenía y golpeaba la ficha contra la mesa con un chasquido de triunfo que hacía temblar las tazas.
Cuando Adrián intentó hacer trampa, para ver si la distraía, ella le dio un manotazo en los dedos sin levantar la vista de las fichas.
—Siempre fuiste malo para mentir —le dijo—. Igualito que tu padre.
Adrián se rió, pero la risa le salió con retraso, como un eco, y después se quedó mirando su ficha más tiempo del necesario.
Jugaron hasta que la anciana empezó a cabecear sobre las fichas. Adrián recogió el dominó en la caja, ficha por ficha, mientras Valeria acostaba a Carmen y apagaba la lámpara. Cuando terminó, él se quedó de pie junto a la puerta con la caja bajo el brazo, mirándola en la penumbra.
—Mañana es tu día libre, ¿no?
—Sí.
—¿Y qué haces los sábados, Lucía de Rosario?
—Duermo.
—Mentirosa —dijo él, sin dejar de sonreír, con la misma ligereza con que le decía «sobreviviente» cada mañana desde hacía un mes.
Cerró la puerta despacio. En la cama, Carmen murmuró algo en sueños, un número, tal vez el de una ficha, tal vez el de un año.