15. Las pesadillas
Esa noche Valeria no consiguió dormirse, y a la una y media bajó a la cocina.
En más de un mes nunca lo había hecho a esas horas.
De noche, la planta baja le parecía territorio de otros: el despacho de Rafael, el comedor con su silla vacía, el pasillo de fotografías donde no había ninguna de Isa, y en algún lugar, detrás de alguna de esas puertas, el cuarto de Adrián.
Pero tenía la garganta seca y la cabeza llena de la voz de Tomás repitiendo una frase que no la dejaba en paz.
Tenía miedo de lo que iba a pasar en esa casa cuando lo dijera.
Y la jarra de agua de su cuarto estaba vacía.
Bajó por la escalera de servicio, descalza, sin encender las luces. La cocina estaba a oscuras, salvo por el resplandor azulado del reloj del horno y un resto de luna que entraba por la ventana del jardín lateral y caía sobre la isla de mármol.
Había alguien sentado ahí.
Valeria se detuvo en el umbral, con el corazón en la garganta. La figura no se movió. Estaba encorvada sobre la isla, con los codos apoyados en el mármol y un vaso entre las manos. Tardó un segundo en reconocer la silueta, el pelo oscuro un poco largo sobre la nuca.
—Si vienes a robar el flan, llegas tarde —dijo Adrián, sin volverse—. Me lo comí yo.
*
Encendió solo la lamparita de la campana extractora, la que Marisol usaba de madrugada para no despertar a nadie.
Adrián tenía puesta una camiseta gris vieja, con el logotipo desteñido de una universidad, y unos pantalones de algodón.
Iba descalzo, como ella. En el vaso había leche.
Valeria esperaba whisky, y la leche, sin saber por qué, la desarmó más que cualquier otra cosa.
—¿Tampoco duermes? —preguntó él.
—Tenía sed.
—Claro. —Adrián señaló con la barbilla un taburete al otro lado de la isla—. Siéntate. La sed se cura mejor en compañía.
Valeria llenó un vaso de agua en el grifo y se sentó.
Durante un rato ninguno de los dos habló.
Afuera, en el jardín, el aspersor automático se encendió con un siseo y volvió a apagarse.
La lucecita roja de la cámara instalada sobre la puerta de servicio parpadeaba en la oscuridad del otro lado del vidrio.
—Mi padre puso cámaras en todo el jardín —dijo Adrián, siguiendo su mirada—. En la casa no. Dijo que dentro de la casa no hace falta. Que dentro de la casa ya sabe quién está.
—¿Y lo sabe?
Adrián sonrió sin ganas.
—Mi padre cree que sabe todo. Es su manera de dormir tranquilo.
Volvió a mirar el vaso de leche. Le dio vueltas despacio entre las palmas, como si estuviera calentándolo.
—Yo dormía mal de niño, ¿sabes? —dijo de pronto—. Muy mal. Después de lo de mi hermana. Tenía pesadillas todas las noches. Mi madre me daba leche tibia con miel porque una tía le dijo que funcionaba. No funcionaba. Pero me quedó la costumbre.
Lo dijo con ligereza, casi divertido, como quien cuenta una anécdota graciosa de la infancia. Valeria no dijo nada. Había aprendido hacía mucho que el silencio es la pregunta más eficaz.
—Soñaba que me caía —siguió él—. O no exactamente.
Eso le decía yo al médico, que soñaba que me caía, porque era más fácil de explicar.
En realidad el sueño era más raro. Yo estaba arriba, en un lugar alto, y algo se caía.
No yo. Otra cosa. Y yo me quedaba mirándome las manos.
—Se rió, una risa corta, por la nariz—. Absurdo, ¿no?
Me despertaba gritando y mirándome las manos, como si las tuviera sucias.
Mi padre decía que era por comer chocolate antes de dormir.
Me prohibió el chocolate durante un año entero.
Se rió otra vez, más fuerte, y Valeria sonrió con él, porque era lo que la conversación pedía. Pero algo en esa risa le dejó un frío en la nuca.
—¿Cuánto tiempo duraron?
—Dos años, más o menos. Hasta los catorce. El doctor Vidal me empezó a dar unas pastillas y un día dejaron de venir. —Adrián levantó el vaso, como en un brindis—. Viva la farmacología.
*
Valeria se quedó mirándolo mientras él bebía.
Había entrevistado a muchas personas que contaban cosas terribles riéndose.
Una viuda que relató el funeral de su marido como una comedia de enredos.
Un bombero que hacía chistes sobre el calor de un incendio en Hialeah.
Con los años había aprendido que casi nunca era frialdad: era una mano puesta sobre una herida para que nadie viera cuánto sangraba.
Lo que la inquietaba en Adrián no era que se riera.
Era el lugar exacto de la risa. Se había reído después del chocolate y del castigo, que eran lo inofensivo.
Y se había reído también, un segundo antes, después de decir me quedaba mirándome las manos , como si esa frase, y no otra, fuera la que necesitaba tapar.
Y había algo más, que no tenía nada que ver con la investigación.
Le gustaba estar ahí. La cocina a oscuras, la leche tibia, la voz de ese hombre que se reía para no llorar. Eso era lo más peligroso de todo.
—¿Y tú? —preguntó Adrián, dejando el vaso vacío sobre el mármol—. ¿Qué te quita el sueño a ti, Lucía de Rosario?
—Esta casa —contestó Valeria, y era la primera verdad completa que le decía.
Adrián asintió despacio, como si la respuesta le pareciera razonable.
—A mí también. —Hizo una pausa—. ¿Sabes qué es lo único que recuerdo de ella con claridad? De mi hermana. No su voz, ya te lo dije. Pero recuerdo que se iba a ir.
Valeria sintió que se le detenía el pulso.
—¿A ir adónde?
—No sé. Lejos. —Adrián se encogió de hombros, con la mirada fija en el vaso vacío—.
Esos días andaba rara, contenta y nerviosa a la vez, como cuando uno tiene un secreto que quiere contar.
Me dijo que pronto yo iba a tener el cuarto grande para mí solo.
Que se iba lejos y que no iba a volver. Yo no entendí si era una broma.
—Se pasó la mano por la cara—. Y después se fue de verdad, ¿no? Así que supongo que no era broma.
Se rió una vez más, muy bajo. Esta vez no le salió.
*
Se despidieron al pie de la escalera de servicio. Adrián le dio las buenas noches con una media sonrisa cansada y se perdió por el pasillo oscuro de la planta baja. Valeria lo oyó alejarse. Después, una puerta que se cerraba. Un clic suave.
—Lucía —la llamó él desde la oscuridad, antes de que ella empezara a subir.
Valeria se detuvo.
—No le digas a mi padre que me viste aquí. Se supone que tomo las pastillas que me da Vidal y duermo como un bebé.
—¿Todavía las tomas?
Hubo un silencio. Después, la voz de Adrián, desde algún lugar del pasillo, otra vez ligera, otra vez divertida.
—Desde los doce años, Lucía. Hay costumbres que no se pierden.
*
En su cuarto, Valeria se sentó en la cama y se llevó la mano al bolsillo del pijama por puro reflejo.
Estaba vacío. La grabadora seguía en la caja de tampones, en el estante más alto del armario. Había bajado a la cocina sin ella. Por primera vez desde que había entrado en esa casa, había tenido una conversación importante sin grabarla.
Lo primero que sintió fue alivio. Una alegría pequeña y limpia, casi infantil, como si hubiera aprobado un examen que nadie le había tomado. No lo había grabado. No había usado a Adrián como había usado a Carmen en la escalera.
Lo segundo que sintió fue la mano, ya abriendo la libreta de tapas negras sobre las rodillas.
Escribió durante cuarenta minutos, de memoria, con una precisión que la avergonzó. La leche con miel. El chocolate prohibido. El lugar alto. Algo se caía. No yo. Otra cosa. Las manos. El doctor Vidal. Se iba lejos y no iba a volver. Las dos risas: la que le salió y la que no.
Cuando terminó, se quedó mirando las páginas llenas de su letra apretada. No había grabado a Adrián. Había hecho exactamente lo mismo, solo que con un bolígrafo, y durante unos minutos se había permitido creer que eso la hacía distinta.