La mentira de Lucía 14. El segundo audio
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14. El segundo audio

Cumplió su promesa tres días, y esta vez no le costó.

La casa había cambiado. Había un guardia en una garita nueva junto al portón, un hombre corpulento, de pocas palabras, que anotaba en una tablilla cada auto que entraba y cada persona que salía.

Había cámaras en las esquinas del jardín, en la entrada principal, sobre la puerta de servicio, con sus lucecitas rojas parpadeando día y noche como ojos que no se cierran.

Los curiosos de la calle lateral fueron disminuyendo, primero tres autos, después uno, después ninguno, a medida que internet encontraba otras ventanas que mirar.

Pero la sensación de que alguien observaba no se fue con ellos. Solo cambió de lugar.

Adrián seguía dejando el café cada mañana, pero ya no se quedaba en la puerta.

Golpeaba, entraba, dejaba la taza sobre el tocador y se iba con un «buenos días» apurado, sin mirar a nadie.

Tenía ojeras. Una mañana llegó con la misma camisa del día anterior, y Valeria pensó que no había dormido en su cuarto, o que no había dormido en ninguna parte.

Rafael no volvió a cruzar palabra con ella. La saludaba con un gesto seco si coincidían en el vestíbulo, y Valeria tenía la impresión, cada vez, de que el gesto llegaba un segundo tarde, como si antes de saludarla él tuviera que recordar quién era.

Y Carmen hablaba poco, comía menos y pasaba las tardes en su sillón junto a la ventana, con las cortinas abiertas de par en par, mirando la calle lateral donde ya no quedaba nadie.

*

El segundo correo llegó el jueves, a las dos y diez de la madrugada.

Valeria ya no lo esperaba. O eso se decía. Pero llevaba tres noches durmiendo con el portátil debajo de la almohada y el teléfono en silencio sobre el pecho, y cuando la pantalla se encendió, se despertó como si alguien la hubiera llamado por su nombre.

Mismo tipo de remitente. Sin asunto. Un archivo de audio. Treinta y un segundos.

Se encerró en el baño. Se sentó en el suelo, con la espalda contra la bañera, en el mismo lugar de la otra vez. Se puso los auriculares.

El mismo zumbido grave de fondo. La misma respiración. La misma voz, cansada y lenta.

Ya sé que no me crees. Haces bien. Yo tampoco le creería a una voz.

Pero escucha esto, y después pregúntale a tu detective.

Una pausa larga. Tan larga que Valeria creyó que el audio había terminado.

Esa tarde, Isa dijo que cuando cortaran el pastel iba a decir algo delante de todos. Algo que esa casa no quería oír.

Nunca cortaron el pastel.

Fin.

Valeria se quedó inmóvil, con los auriculares todavía puestos, oyendo el silencio digital que viene después de una grabación. Después se quitó los auriculares, abrió la libreta de tapas negras sobre las rodillas y escribió la frase entera, palabra por palabra, para no tener que volver a escucharla.

Iba a decir algo delante de todos.

Era la primera vez que alguien le daba un dato. No una sospecha, no una advertencia, no una frase enigmática sobre ventanas o casas que hablan. Un dato. Algo que podía comprobarse.

*

Tomás contestó al primer timbre, a las siete y cinco de la mañana. Valeria pensó que tampoco dormía.

Le leyó la frase. No le puso el audio. Quería oír su reacción sin la voz de por medio.

Hubo un silencio largo. Cuando Tomás habló de nuevo, lo hizo en un tono que Valeria no le conocía: bajo, cuidadoso, como si caminara sobre algo que podía romperse.

—¿Dónde leyó eso?

—No lo leí. Me lo dijo la voz.

—Eso no salió nunca de la sala de interrogatorios —dijo Tomás—.

Nunca. El muchacho lo dijo en el tercer interrogatorio, el segundo día.

Que esa tarde habían discutido porque ella iba a anunciar algo en la fiesta, cuando cortaran el pastel, y él le había pedido que no lo hiciera.

Le pregunté qué iba a anunciar. Dijo que no sabía, que ella no se lo quiso contar, que solo le dijo que estaba cansada de callarse.

—Tomás hizo una pausa—. Lo anoté. Se lo pasé al capitán.

Al día siguiente, el capitán me dijo que eso no iba en ningún comunicado, que era el tipo de detalle que la prensa convierte en un circo.

Y no fue en ningún comunicado. Tampoco está en la copia que le mostré, señorita Ibarra.

Lo busqué hace años y no estaba. Alguien sacó esa hoja del expediente.

—¿Quién sabía?

—El muchacho. Yo. Mi compañero de entonces, que murió en 2015. El capitán, que vive en Naples y no habla con nadie. Y supongo que el abogado de la familia, porque el capitán le contaba todo.

Valeria escribió los nombres en la libreta, uno debajo del otro. Cinco. Uno muerto, uno aislado, uno al servicio de los Montalvo, un muchacho desaparecido hacía diecinueve años.

Y el hombre con el que estaba hablando por teléfono.

*

Después de colgar, Valeria se quedó sentada en el borde de la bañera, mirando la lista.

Se dio cuenta de lo que estaba pensando y trató de no pensarlo, y lo pensó con más fuerza.

Tomás Arango. El hombre que le había contestado a las cuatro de la madrugada después de veinte años de silencio.

El único que le había hablado de una mujer anónima que anunció su llegada.

El que le había conseguido un expediente que no debía tener y sabía qué faltaba en él.

El que la había llevado, paso a paso, del pastel intacto a la foto del niño en la puerta.

Puesto así, en fila, parecía el retrato de alguien que conducía.

Intentó comparar la voz del audio con la de Tomás al teléfono y descubrió que ya no estaba segura de que fueran tan distintas.

Las dos hablaban despacio. Las dos hacían pausas largas antes de decir lo importante.

No había un solo gesto amable de Tomás que no cupiera igual de bien en las dos historias.

Se descubrió contando las baldosas del suelo.

Dieciocho de un lado, catorce del otro. Las volvió a contar.

Al final hizo lo único que se le ocurrió. Lo más simple. Lo que habría hecho cualquier periodista antes de que el miedo le enseñara a desconfiar de su propia voz.

Volvió a llamarlo.

—¿Usted me mandó esos audios?

Esta vez el silencio fue más corto.

—No —dijo Tomás—. Pero hace bien en preguntármelo. Si no me lo hubiera preguntado, me habría preocupado más.

—¿Por qué?

—Porque significaría que ya decidió en quién confiar. Y en este caso, señorita Ibarra, todavía no es momento de confiar en nadie. Ni en mí.

Valeria cerró los ojos.

—Entonces, ¿quién?

—Ya se lo dije. Cinco personas lo sabían. Uno está muerto. Otro no habla con nadie desde hace diez años. El abogado tiene setenta y tantos y cobra demasiado para mandar audios a las dos de la madrugada. Yo le digo que no fui, y usted me cree o no me cree. —Hizo una pausa—. Queda uno.

—Julián.

Tomás no confirmó ni negó. Valeria lo oyó respirar al otro lado de la línea, despacio, como alguien que se acerca a una puerta que lleva mucho tiempo cerrada.

—Hay algo más —dijo al fin—. Algo que no anoté, ni en el expediente ni en ninguna parte.

No me pareció importante entonces. O me pareció demasiado importante, y no supe qué hacer con eso.

—Otra pausa—. Ese día, cuando terminó el tercer interrogatorio, el muchacho ya estaba de pie, con la mano en el picaporte.

Se dio la vuelta y me dijo una sola frase más. Me dijo que Isa tenía miedo.

—¿Miedo de él?

—No. Le pregunté lo mismo. Me dijo que no tenía miedo de nadie en particular. —Tomás bajó la voz hasta casi un susurro—. Me dijo que tenía miedo de lo que iba a pasar en esa casa cuando lo dijera.