La mentira de Lucía 13. Pánico
35%

13. Pánico

A las seis y media de la mañana había tres autos estacionados en la calle lateral, frente a la buganvilla.

Valeria los vio desde la ventana del corredor, la misma desde donde se veía la calle entera, mientras iba a buscar el té de Carmen.

Un sedán blanco con dos mujeres jóvenes dentro, una de ellas con el teléfono levantado contra el vidrio.

Una camioneta con una calcomanía de una universidad de Gainesville.

Y un hombre de unos treinta años, de pie en la acera de enfrente, con una gorra, un trípode pequeño y un micrófono de esos que se enganchan a la camisa, hablando a una cámara con la casa a sus espaldas.

Valeria se quedó mirándolo. El hombre señalaba algo con el brazo extendido. Señalaba el segundo piso. La ventana.

Hacía un mes, esa calle era el lugar más tranquilo de Coral Gables. Ahora había un desconocido grabando la habitación de una anciana de ochenta y seis años para un público de desconocidos, y lo había hecho posible ella, con una foto de archivo y una pregunta bien formulada.

A las siete y media, el Mercedes de Rafael no salió.

En su lugar entró por el portón una camioneta negra sin logotipo, de la que bajaron dos hombres con uniforme gris y cajas de herramientas.

A las ocho, uno de ellos estaba subido a una escalera de aluminio junto a la entrada, atornillando una cámara de seguridad al alero del techo.

Otro hablaba con el hombre de la gorra en la acera, con las manos en las caderas, hasta que el hombre de la gorra recogió el trípode y se fue.

Marisol subió el té en silencio, como siempre. Lo dejó sobre la mesita. Antes de irse, miró la ventana, miró a Valeria y dijo una sola frase, en un tono tan neutro que podía significar cualquier cosa.

—El señor va a poner cámaras en todo el jardín. Y un guardia en la entrada, desde hoy.

*

Valeria no había dormido. Había pasado el resto de la noche sentada en la cama, con los auriculares puestos, escuchando el audio una y otra vez, con el volumen tan bajo que a veces tenía que adivinar las palabras.

Valeria. No Lucía. Valeria Ibarra.

A las ocho y diez, la contraseña de niño sonó en la puerta. Dos cortos, uno largo. Adrián asomó la cabeza con la taza de café, como cada mañana, pero esta vez no dijo «sobreviviente». La miró un segundo más de lo habitual.

—Tú tampoco dormiste —dijo.

—¿Se nota?

—Tienes la misma cara que yo. —Dejó la taza sobre el tocador y se pasó la mano por el pelo, despeinado, sin gel—. Hay un tipo con un trípode en la calle. ¿Lo viste? Mi padre está a punto de comprar el vecindario entero para poder echarlo.

—Ya se fue.

—Va a volver. Vuelven siempre. —Se quedó en la puerta, sin entrar, mirando por la ventana hacia la calle lateral—. ¿Sabes lo que es lo peor? Que lo entiendo. Si yo no viviera aquí, también querría saber quién es la mujer de la ventana.

Se fue sin despedirse de su abuela. Era la primera vez que lo hacía.

*

Llamó a Tomás a las nueve, encerrada en el baño, con el grifo abierto. Le puso el audio sin decir nada antes, con el teléfono pegado al portátil. Cuarenta y tres segundos.

Al otro lado de la línea hubo un silencio tan largo que Valeria creyó que se había cortado la llamada.

—Otra vez —dijo él al fin.

Se lo puso otra vez.

—¿Lo reconoce? —preguntó ella cuando terminó.

—No sé. —Tomás respiró hondo—. El acento es del Caribe, pero no es cubano.

Podría ser de cualquier lugar entre Maracaibo y Santo Domingo.

En Florida hay dos millones de personas que hablan así.

—Hizo una pausa—. Y la voz que yo recuerdo es la de un muchacho de dieciocho años que lloraba cada vez que le preguntaba por su novia. Esto es un hombre.

—Pero podría ser.

—Podría ser cualquiera, señorita Ibarra.

Eso es lo que la debería asustar. —La voz de Tomás cambió, se volvió más baja, más dura, la voz de un policía que da una orden—.

Escúcheme bien. Hay alguien que sabe su nombre verdadero y sabe dónde duerme.

Hay un padre que acaba de instalar cámaras y poner un guardia en la puerta.

Y hay medio internet mirando esa casa. Usted me prometió algo la primera semana. Que si sentía miedo, se iba.

—Usted me dijo que me fuera. Yo no prometí nada.

—Entonces prométalo ahora. Salga hoy. Invente una enfermedad, una madre en Rosario, lo que quiera. Hoy.

Valeria cerró los ojos. El agua seguía corriendo en el lavabo.

—Lo voy a pensar.

—No lo piense —dijo Tomás—. La gente que lo piensa se queda.

*

Lo pensó.

Lo pensó durante toda la mañana, mientras le daba a Carmen el desayuno sin mantequilla, mientras le leía los obituarios con una voz que no sonaba a la suya, mientras la peinaba con el cepillo de plata y contaba los cepillazos en voz baja para no tener que pensar en otra cosa.

Y cuando por fin se permitió pensarlo de verdad, sentada en el borde de la cama durante la siesta de la anciana, descubrió que la decisión no se parecía en nada a lo que había imaginado.

Había creído que sería una cuestión de miedo contra valor.

No era así. Si se iba ese día, el pódcast terminaba con una foto de archivo y una pregunta sin respuesta, en tres semanas las descargas volverían a ser doscientas catorce y ella volvería a ser la mujer de la entrega doce.

Eso era lo que la retenía. No la verdad, ni Isabel Montalvo.

Se acordó de su padre, que durante once años siguió arreglando un Peugeot 504 que ya no tenía arreglo, cada sábado, en el garaje de la casa de Rosario.

Ella tenía quince años cuando le preguntó por qué, y él le contestó, muy serio, que el día que lo vendiera esos once años se convertirían en una pérdida, y que mientras siguiera arreglándolo todavía eran una inversión.

Entonces le había parecido absurdo. Ahora lo entendía perfectamente.

Lo único honesto que podía hacer era no decirse que se quedaba por Isabel.

Aun así, a las cuatro de la tarde, sacó la maleta de debajo de la cama.

No para irse. O no todavía. Solo para comprobar que podía hacerlo.

Metió dentro la ropa doblada, el neceser con la caja de tampones, el portátil en el forro, el pasaporte en el bolsillo interior.

Cerró la maleta. Se quedó mirando la maleta en medio del cuarto como quien mira la puerta de un avión desde la sala de embarque.

Desde la otra habitación, a través de la puerta interior entreabierta, la voz de Carmen la llamó.

—¿Gloria?

Valeria cruzó la puerta. La anciana se había despertado de la siesta y estaba sentada en el borde de la cama, con los pies descalzos colgando sin tocar el suelo y la bata mal abrochada. Miraba la puerta del cuarto de Valeria. Miraba, a través de ella, la maleta cerrada en medio del suelo.

—Soy Lucía, señora. ¿Necesita algo?

—Gloria, no te subas a ese barco. —Carmen tenía los ojos húmedos, fijos en la maleta—. Todos se suben al barco cuando tienen miedo, y después se pasan la vida preguntándose qué habría pasado si se quedaban. Yo me subí. Mira dónde estoy. Más de sesenta años preguntándomelo.

Valeria se arrodilló frente a ella y le abrochó la bata.

—Nadie se va a ningún barco, señora.

—Eso dicen todas. —Carmen le tomó la cara entre las manos. Los anillos estaban fríos contra sus mejillas—. Si te vas ahora, niña, no vas a saber nunca cómo termina.

Después le soltó la cara, se acostó de lado, de espaldas a la puerta, y cerró los ojos como si la conversación nunca hubiera ocurrido.

*

Esa noche, Valeria deshizo la maleta.

Lo hizo despacio, prenda por prenda, en el mismo orden en que la había hecho.

Devolvió el portátil al forro y el pasaporte al bolsillo interior, y antes de guardarlo comprobó, por costumbre, que la tarjeta de embarque estuviera en la página de la foto.

Estaba. Empujó la maleta debajo de la cama con el pie, como había hecho Marisol una semana antes.

Le escribió a Tomás un solo mensaje. Me quedo. Pero no publico nada más hasta saber. Él no contestó. Valeria tampoco esperaba que lo hiciera.

Después apagó la luz y se quedó tumbada en la oscuridad, escuchando la respiración de Carmen a través del monitor, el zumbido del aire acondicionado, el silencio de la calle lateral, donde ahora una cámara nueva, con una lucecita roja que parpadeaba cada pocos segundos, vigilaba la ventana de la buganvilla.

Pensó que había tomado la decisión equivocada por las razones correctas, o la decisión correcta por las razones equivocadas, y que a esa hora de la noche no sabía distinguir una cosa de la otra.

Pensó en una anciana que confundía a una cuidadora argentina con una hermana muerta en 1958 y que, aun así, había sabido mirar exactamente hacia la maleta. Pensó en el barco.

Se durmió poco antes de las tres, sin darse cuenta, con la mano todavía apoyada en el borde de la cama, como quien se sujeta a algo que se mueve.