La mentira de Lucía Interludio II
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Interludio II

Ahora toda la ciudad mira esa ventana.

Veinte años nadie la miró. Pasaban por la calle, veían la buganvilla, decían qué casa tan bonita, y seguían caminando. Ahora la miran miles de personas que no conozco, desde sus teléfonos, y le dibujan círculos rojos encima, y discuten quién era la mujer que estaba detrás del vidrio.

Ninguno pregunta lo que importa. No importa quién estaba en la ventana. Importa qué no hizo.

El dueño de la casa se plantó en el jardín a mirar hacia arriba. Lo conozco bien. Así miran los hombres que han roto algo y esperan a que lo descubran. Veinte años lleva esperando. Hay personas que se pasan la vida entera esperando el castigo, y lo confunden con la paciencia.

La muchacha no sabe todavía lo que tiene en las manos. Cree que tiene una historia. Las historias se cuentan y se terminan. Lo que tiene ella es otra cosa: es un peso, y los pesos no se cuentan, se cargan.

Esta noche no dormirá. Lo sé porque yo tampoco dormía, al principio. Después aprendí. Uno aprende a dormir con cualquier cosa si la carga el tiempo suficiente: con el ruido del mar, con el ruido de una fiesta, con el ruido de un cuerpo que cae.

Con lo que no se aprende a dormir es con el silencio que viene después.