6. Adrián
Por la mañana, Carmen no recordaba nada.
O eso parecía. Cuando Valeria entró con la bandeja del desayuno, la anciana estaba sentada en su sillón junto a la ventana, peinada, con la bata de seda azul y los anillos puestos, como si alguien la hubiera vestido antes del amanecer.
Miró la bandeja, miró a Valeria y preguntó si la cocinera nueva sabía que el pan tostado se servía sin mantequilla.
—Yo soy Lucía, señora. La que la cuida.
—Ya sé quién es usted. —Carmen tomó la taza de té con las dos manos—. No estoy sorda.
Valeria esperó alguna referencia a la noche, a la escalera, a la niña que lloraba. No hubo ninguna. Carmen tomó el té a sorbos pequeños, mirando la terraza, y cuando terminó le pidió que le leyera los obituarios.
La grabadora estaba ahora dentro de una caja de tampones, en el fondo del neceser, en el estante más alto del armario.
Era el único lugar de toda la casa donde Valeria estaba segura de que ningún hombre buscaría y ninguna mujer se tomaría la molestia.
Los once segundos de la escalera seguían ahí, junto con el clic de una puerta y unos pasos que no había podido dejar de escuchar en toda la noche.
A media mañana bajó a la cocina a buscar el almuerzo. Marisol estaba pelando papas sobre la isla de mármol, con un cuchillo pequeño y movimientos rápidos.
—La señora se levantó anoche —dijo Valeria—. A las tres. La encontré en la escalera.
Marisol no levantó la vista. La cáscara siguió cayendo en una sola tira larga.
—Ya le dije que se levanta.
—Me pareció oír a alguien abajo. Una puerta.
—En esta casa nadie se levanta de noche, salvo la señora. —La tira de cáscara se cortó. Marisol la miró caer en el fregadero—. Las casas viejas hacen ruidos. Ya se va a acostumbrar.
*
Adrián Montalvo llegó a las siete y diez de la tarde, cuando Valeria estaba cortando en trocitos la cena de Carmen.
Lo oyó antes de verlo: una voz de hombre en el corredor, hablando por teléfono en un inglés rápido y relajado, de alguien que nació en Miami. Después, unos golpecitos en la puerta, dos cortos y uno largo, como una contraseña de niño.
—¿Se puede entrar al palacio?
Carmen levantó la cabeza. Y por primera vez desde que Valeria la conocía, la cara de la anciana se iluminó entera, como una casa en la que alguien enciende todas las luces a la vez.
—Mi príncipe.
Adrián entró con una caja de cartón blanco en una mano y el teléfono todavía en la otra.
Era alto, más alto que su padre, con el pelo oscuro un poco largo sobre la nuca y una camisa celeste arremangada hasta los codos.
Tenía los ojos claros de Elena, los de la foto del velero, y una manera de sonreír que empezaba un segundo antes de que la sonrisa llegara a la boca.
En las fotos de las páginas de negocios parecía rígido, ensayado. En persona era otra cosa.
Se agachó junto al sillón, besó a su abuela en la frente y le puso la caja en el regazo.
—Pastelitos de guayaba. De los de Versailles, no de los del supermercado. No le digas a Marisol.
—Marisol lo sabe todo —dijo Carmen, abriendo la caja con dedos ansiosos.
—Por eso mismo. —Adrián se incorporó y se volvió hacia Valeria. La miró con una curiosidad abierta, sin disimulo—. Tú debes de ser la valiente.
—Lucía.
—Lucía. —Lo repitió como si probara cómo sonaba—. Adrián. El nieto. El que trae contrabando.
Le tendió la mano. Valeria se limpió los dedos en el delantal y se la estrechó. Tenía la mano cálida, firme, y la retuvo un instante más de lo necesario.
—Sobreviviste a la primera noche —dijo—. Eso ya es más de lo que logró la de marzo.
*
Se quedó casi una hora. Valeria lo observó mientras le daba de comer a Carmen pedacitos de pastelito, mientras le contaba chismes de la oficina convertidos en historias graciosas, mientras le arreglaba la manta sobre las rodillas con una delicadeza que no parecía aprendida.
Carmen se reía. Se reía de verdad, con una risa ronca de fumadora antigua, y le tocaba la cara, el pelo, las manos, como si necesitara comprobar que estaba hecho de carne.
—Mi niño bueno —le dijo en un momento, acariciándole la mejilla—. Tú siempre fuiste el bueno.
Adrián le besó los dedos llenos de anillos. Valeria vio, o creyó ver, que algo le cruzaba la cara, una sombra breve, y desaparecía.
Cuando Carmen empezó a cabecear, él se levantó sin hacer ruido y le hizo a Valeria una seña hacia el corredor.
Afuera, apoyado contra la pared, entre un cuadro de palmas reales y otro del Malecón, la miró de arriba abajo con la misma curiosidad franca del principio.
—Rosario, me dijo Gladys.
—Sí.
—Estuve en Buenos Aires hace unos años. Por trabajo. Comí tanta carne que volví con el colesterol de un hombre de setenta. —Sonrió—. ¿Y qué hace una rosarina cuidando a una cubana de ochenta y seis años en Coral Gables?
Valeria tenía la respuesta preparada desde hacía una semana. La dijo despacio, sin adornos: la tía abuela, los tres años, la muerte, el viaje, la necesidad.
Adrián escuchó con atención. Demasiada atención, pensó Valeria.
No interrumpió ni una vez. No miró el teléfono.
La miraba a los ojos de una manera que en cualquier otro hombre habría parecido coqueteo y en él parecía otra cosa, algo más parecido a lo que hacía ella cuando entrevistaba a alguien: escuchar no solo lo que decía, sino cómo lo decía.
—¿Y qué estudiabas? —preguntó cuando ella terminó—. Gladys dijo que tenías estudios universitarios.
—Letras. No terminé.
—¿Por qué no?
—La plata. La tía. La vida.
—La vida —repitió él, asintiendo, como si conociera bien esa palabra—. Supongo que mi padre ya te dio el discurso.
—¿Qué discurso?
—Las tres reglas. Nada de fotos, nada de ala oeste, nada de hablar de mi hermana. —Lo dijo con ligereza, pero bajó la voz en la última parte—. La tercera es la que de verdad le importa. Las otras dos son decorado.
Valeria no dijo nada. Era la primera vez que alguien de esa familia mencionaba a Isa en voz alta delante de ella, despierto y lúcido, y no quería espantarlo.
—Yo tenía doce años —dijo Adrián, mirando hacia el fondo del corredor, donde estaba la escalera—.
¿Sabes qué es lo más raro? Que casi no me acuerdo de ella.
Me acuerdo de la fiesta. De la música, de los payasos que contrataron para los primos chicos aunque ella decía que ya no tenía edad para eso.
Me acuerdo de que me mandaron a dormir temprano porque me había portado mal, y de que me despertaron las sirenas.
Pero de ella… —Se encogió de hombros—. Tengo fotos.
Tengo lo que me contaron. Pero no me acuerdo de su voz.
—Lo siento.
—No lo sientas. Pasaron veinte años. —Se separó de la pared y se metió las manos en los bolsillos—. Además, no debería estar hablando de esto. Rompí la regla número tres en tu segundo día. Mal ejemplo.
—No se lo voy a decir a nadie.
—Ya lo sé. —La miró con una sonrisa que esta vez sí llegó a los ojos—. Por eso te lo conté.
Valeria sintió algo incómodo en el pecho.
Una mezcla de culpa y de otra cosa que no quiso nombrar.
Hacía más de un año que nadie la miraba así, como si lo que ella dijera importara.
Se recordó que estaba en esa casa con un nombre que no era del todo suyo, con una grabadora escondida en una caja de tampones, y que el hombre que tenía enfrente era hijo de quien había llamado a un penalista a la una de la madrugada en lugar de salir a buscar a su hija.
Se recordó también que no sabía, con certeza, quién de los dos estaba entrevistando a quién.
Pero había algo más, y Valeria lo guardó para pensarlo cuando estuviera sola.
Adrián tenía doce años aquella noche. No tres, ni cinco.
Doce. A esa edad la memoria ya no es un álbum de imágenes sueltas; es un relato, con voces y frases enteras.
Casi todas las personas que ella había entrevistado tras perder a alguien en la infancia recordaban de forma obsesiva justo lo que él decía haber olvidado: la voz, la última frase.
Adrián recordaba a unos payasos contratados para otros.
Recordaba la música. Recordaba que lo habían mandado a dormir.
Recordaba todo lo que rodeaba a su hermana y nada de ella.
—Bueno —dijo Adrián, mirando el reloj—. Te dejo descansar. Mañana te traigo café de verdad. El de Marisol es bueno, pero lo hace pensando en mi padre, y mi padre toma el café como castigo.
Dio unos pasos hacia la escalera. Luego se detuvo y se volvió, como si recordara algo sin importancia.
—Ah, Lucía. Una cosa.
—Dígame.
—Anoche mi abuela se levantó, ¿no?
Valeria tardó medio segundo en responder. Medio segundo de más.
—Sí. Como a las tres.
—¿Y dijo algo?
Lo preguntó en el mismo tono ligero de antes. Pero ya no sonreía. Tenía los ojos fijos en ella, quietos, claros, con una atención tan concentrada que Valeria sintió que le estaba mirando la cara por dentro.
—Nada que se entendiera —mintió—. Hablaba sola. Cosas sueltas.
Adrián sostuvo la mirada un momento más. Después la sonrisa volvió, de golpe, como una luz que se enciende.
—Mejor —dijo—. A veces dice cosas que asustan. Que descanses.
Bajó la escalera de dos en dos, silbando algo. Un momento después, Valeria oyó una puerta que se cerraba en algún lugar de la planta baja. Un clic suave.
Se quedó sola en el corredor, con la espalda contra la pared, en el mismo sitio donde él había estado apoyado.
Se repitió la conversación entera, palabra por palabra, como hacía siempre después de una entrevista. Y se detuvo en la pregunta del final. Anoche mi abuela se levantó, ¿no?
Solo se lo había contado a Marisol, en la cocina, esa mañana. Y Marisol le había dicho que en esa casa nadie se levantaba de noche.
Entonces, ¿cómo lo sabía él?