La mentira de Lucía 7. La rutina
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7. La rutina

La casa tenía un ritmo, y en una semana Valeria aprendió a moverse dentro de él como quien aprende los pasos de un baile ajeno.

A las siete y media, el Mercedes negro de Rafael salía por el portón sin que nadie lo viera irse, y Marisol subía con el té de Carmen y lo dejaba sobre la mesita sin decir una palabra.

A las ocho, Valeria le daba la primera pastilla.

A las ocho y diez, antes de salir hacia la oficina, Adrián golpeaba la puerta con su contraseña de niño, dos cortos y uno largo, y dejaba sobre el tocador una taza de café cubano de verdad, oscuro y dulce, que colaba él mismo en una cafetera italiana.

Nunca entraba. Asomaba la cabeza, le guiñaba un ojo a su abuela, le decía a Valeria «sobreviviente» y se iba.

Valeria no sabía qué hacer con ese café. Se lo tomaba. Le parecía una traición pequeña cada mañana.

El resto del día era un tiempo lento, hecho de cosas mínimas.

El desayuno sin mantequilla. Los obituarios.

El baño de las seis. Las uñas de Carmen, que había que limar cada tres días porque se las mordía cuando nadie la miraba.

Los anillos, que la anciana se quitaba y se volvía a poner veinte veces al día, contándolos en voz baja, siempre once, nunca doce.

La siesta. El fisioterapeuta de los jueves, un haitiano enorme y silencioso que movía las piernas de Carmen como si fueran de cristal.

Y las palabras sueltas. Carmen hablaba poco y casi siempre de otra época.

Llamaba a Valeria «niña», o «la argentina», o Gloria, el nombre de una hermana que había muerto en La Habana en 1958.

Le preguntaba si ya había llegado el barco.

Le pedía que cerrara las persianas porque iba a haber tiroteo en la calle.

A veces se quedaba callada durante horas, con las manos en el regazo, mirando la terraza de piedra como quien mira un televisor apagado.

Por las noches, cuando la anciana dormía, Valeria sacaba la grabadora de la caja de tampones y transcribía en una libreta lo que había grabado durante el día. No era mucho. Fragmentos. Una frase sobre la casa de El Vedado. Una canción de cuna cantada a medias. El nombre de Isa no volvió a aparecer.

Pero aparecieron otras cosas.

*

La primera fue un error de fechas.

Era miércoles por la tarde, y Valeria leía los obituarios del Nuevo Herald . Uno de ellos mencionaba, de pasada, a la esposa del fallecido, «muerta en 1989». Valeria lo leyó y siguió adelante.

—En el noventa y ocho —dijo Carmen.

Tenía los ojos cerrados. Valeria pensó que hablaba dormida.

—¿Cómo, señora?

—Teresita Albarrán murió en el noventa y ocho, no en el ochenta y nueve. Ese periódico siempre se equivoca. —Abrió los ojos y miró el techo—. Fue en abril. Llovía. Yo fui al entierro con un vestido gris que no me gustaba, porque el negro me lo había manchado la lavandera.

Valeria buscó la fecha esa noche en el teléfono. Teresita Albarrán de Quesada había muerto el 14 de abril de 1998, en Coral Gables. El periódico se había equivocado.

Esa misma mañana, Carmen le había preguntado tres veces cómo se llamaba.

Valeria lo anotó en la libreta y se dijo lo que cualquiera habría dicho. Que había leído sobre eso. Que la demencia borra primero lo reciente y conserva lo antiguo, que hay ancianos que no saben qué almorzaron pero recuerdan el número de teléfono de su casa de infancia. Era normal. Era un síntoma.

Lo subrayó de todos modos.

*

La segunda fue la terraza.

El viernes, Carmen pidió salir al jardín.

Fue la primera vez. Marisol se sorprendió, o fingió sorprenderse, y ayudó a Valeria a bajarla por el ascensor de servicio, un cubículo estrecho con paredes de madera que olía a polvo y a encierro.

Afuera hacía calor, pero la sombra de las palmeras era densa y del agua de la piscina subía un aire fresco.

Carmen caminaba despacio, apoyada en el brazo de Valeria y en un bastón de madera con mango de plata. Dieron una vuelta completa a la piscina. Se sentaron un rato en un banco de hierro. Carmen cerró los ojos y dejó que el sol le diera en la cara.

Al volver hacia la casa, el camino más corto pasaba por la terraza de piedra. Valeria lo tomó sin pensar.

Carmen se detuvo. No dijo nada. Simplemente se quedó quieta, al borde de la primera losa, con el bastón apoyado en el césped. Valeria tiró suavemente de su brazo. La anciana no se movió. Tenía la mirada fija en las piedras, en la fuente seca, en las cuatro sillas de hierro.

—¿Prefiere ir por el otro lado, señora?

Carmen asintió, sin apartar los ojos de la terraza.

Rodearon la terraza entera por el césped. Fueron casi treinta pasos más, con el sol de frente, y Carmen jadeaba cuando llegaron a la puerta. Pero no pisó la piedra.

Esa noche, Valeria escribió en la libreta: No pisa la terraza. ¿Miedo a caerse? Superficie irregular. Y debajo, más pequeño, como si le diera vergüenza escribirlo: Rosal.

*

La tercera fueron las pastillas.

El domingo por la mañana, mientras regaba las plantas de la habitación, Valeria metió los dedos en la tierra de una maceta grande, un ficus que estaba junto a la ventana, para comprobar si estaba húmeda. Tocó algo duro. Pequeño. Redondo.

Escarbó un poco. Encontró una pastilla blanca. Después otra. Después cuatro más, medio enterradas, algunas ya deshechas por la humedad.

Las reconoció enseguida. Eran las de la noche. Las de las nueve, las que Valeria le daba con un vaso de agua y que Carmen se tomaba, o fingía tomarse, mirándola a los ojos.

Fue a buscar el frasco al botiquín del baño.

La etiqueta decía quetiapina, 50 mg, una tableta a la hora de dormir .

Un antipsicótico, leyó esa noche en el teléfono, que a veces se recetaba a ancianos con demencia para calmar la agitación y ayudarlos a dormir.

Debajo, el nombre del médico que la había recetado: Dr. Ernesto Vidal .

Recordó algo que Tomás le había dicho en la ventanita de la calle Veinticuatro. La madre, Elena, que no salía de su cuarto; el médico de la familia la tenía sedada desde la madrugada.

Le escribió desde el baño, con la puerta cerrada, al contacto agendado como Tomás plomero : ¿Cómo se llamaba el médico de la familia en 2007?

La respuesta llegó cuatro minutos después. Vidal. Ernesto Vidal. ¿Por qué?

Valeria borró los dos mensajes sin contestar.

El médico de la familia en 2007. El mismo que, veinte años después, recetaba a Carmen una pastilla que la hacía dormir toda la noche. Una pastilla que Carmen enterraba en una maceta.

Valeria se quedó sentada en el borde de la cama con las seis pastillas en la palma de la mano.

Pensó en la anciana de pie en lo alto de la escalera a las tres de la mañana.

Pensó en lo fácil que habría sido que no se levantara nunca, que durmiera de corrido, profunda y quieta, como quería el médico.

Pensó en Gladys. Grita, no come, se esconde las pastillas.

Un síntoma más. Las personas con demencia desconfían, esconden cosas, creen que las quieren envenenar. Lo había leído en todas partes.

Era normal. Era un síntoma.

Valeria conocía ese mecanismo mejor que nadie.

Lo había estudiado en sí misma durante un año entero, en cada noche de insomnio después de la entrega doce: la mente que decide primero lo que quiere encontrar y después sale a buscar las pruebas.

Por eso ahora desconfiaba de su propio entusiasmo.

Una anciana lúcida que finge demencia era una historia extraordinaria, la clase de historia que convierte doscientas descargas en doscientas mil, y precisamente por eso no podía permitirse creerla.

Se obligó a hacer lo que no había hecho con los correos falsos: enumerar las explicaciones aburridas.

Una paciente con demencia que desconfía de su medicación.

Un recuerdo antiguo intacto, como ocurre tantas veces.

Una cuidadora nueva, agotada, que ve fantasmas porque necesita verlos.

Las anotó una por una en la libreta. Le parecieron todas razonables.

Y aun así, al cerrarla, supo que no creía en ninguna. Eso era lo que más miedo le daba.

*

Bajó a la cocina con las pastillas envueltas en una servilleta de papel. Marisol estaba sola, secando los vasos del almuerzo con un paño blanco.

—Encontré esto en una maceta del cuarto de la señora —dijo Valeria, y abrió la servilleta sobre la isla de mármol—. Son las de la noche. No se las está tomando.

Marisol miró las pastillas. No pareció sorprendida. No pareció nada. Siguió secando el vaso que tenía en la mano, despacio, por dentro y por fuera, hasta que el cristal chirrió bajo el paño.

—¿Cuántas hay? —preguntó.

—Seis.

Marisol dejó el vaso en el escurridor. Tomó la servilleta, la cerró con las pastillas adentro, la apretó en un puño y la tiró al cubo de la basura, debajo de las cáscaras de papa y los restos del almuerzo.

—Usted no encontró nada —dijo.

Valeria la miró.

—Pero el médico…

—El médico no vive aquí. —Marisol se limpió las manos en el delantal—. Y el señor no tiene por qué enterarse de lo que la señora hace o deja de hacer con sus pastillas. Usted le da la pastilla a las nueve, como le dije. Lo que pase después no es asunto suyo.

—¿Usted lo sabía?

Marisol tomó otro vaso del fregadero. Lo miró a contraluz, buscando manchas.

—Yo sé muchas cosas, Lucía —dijo—. Por eso sigo en esta casa.

Valeria salió de la cocina sin decir nada más y subió la escalera de mármol despacio, con la mano en la baranda fría, contando los escalones sin querer.

Hasta ese momento había creído que era la única persona en esa casa que guardaba un secreto.

Ahora, a mitad de la curva, en el mismo escalón donde Marisol se había detenido el primer día, empezaba a preguntarse cuántos más había, y quién los guardaba para quién.