La mentira de Lucía 5. Primera noche
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5. Primera noche

El resto del día pasó con la lentitud de los días en los que nada ocurre y todo se observa.

Marisol le enseñó la rutina como quien recita una oración aprendida de niña.

Pastillas a las ocho, a las dos y a las nueve, cada una en su compartimento de un pastillero de plástico con los días de la semana en inglés.

Desayuno ligero, almuerzo a la una, cena a las siete, siempre en la habitación.

Nada de sal. Nada de café después del mediodía.

Un paseo corto por el corredor si la señora quería, nunca por la escalera.

Baño a las seis de la tarde, con el agua tibia, nunca caliente.

—Si se pone nerviosa, no la contradiga —dijo Marisol—. Si se pone triste, déjela llorar. Si se pone mala, me llama a mí. A mí, no al señor.

—¿Y si usted no está?

—Yo siempre estoy.

La habitación de Valeria era un cuarto pequeño contiguo al de Carmen, con una cama individual, un armario, una ventana que daba al costado de la casa y una puerta interior que comunicaba los dos dormitorios.

Marisol le mostró cómo dejarla entreabierta por la noche.

Sobre la mesa de noche había un monitor de bebé, blanco, con una lucecita verde que se encendía con cada ruido de la otra habitación.

—Ella se levanta de noche —dijo Marisol—. No siempre. Pero se levanta. Si oye algo, va.

Carmen no volvió a hablar en todo el día.

Comió poco, con la mirada perdida. Dejó que Valeria la peinara sin protestar.

Durante la tarde, Valeria le leyó el periódico en voz alta, primero las noticias, después los obituarios, porque Marisol le había dicho que eso era lo que más le gustaba.

Carmen escuchaba con los ojos cerrados. A veces movía los labios, como si repitiera los nombres de los muertos.

A veces parecía dormida. Una sola vez, cuando Valeria leyó el nombre de un arquitecto cubano fallecido a los noventa y un años en Key Biscayne, la anciana sonrió apenas y murmuró algo que Valeria no alcanzó a entender.

Valeria aprovechaba los silencios para mirar las fotografías de la pared.

Eran decenas. Una muchacha en blanco y negro posando delante de una casa de columnas en La Habana.

Un hombre de bigote con traje de lino, el abuelo, supuso.

Un niño de pantalones cortos en una playa que debía de ser Varadero.

Bodas, bautizos, graduaciones. Rafael adolescente con un trofeo de tenis.

Elena con un vestido de novia. Adrián de bebé, Adrián con uniforme escolar, Adrián con toga y birrete.

Había un hueco. Lo vio al tercer repaso.

En la fila central, entre la boda de Rafael y una foto de Adrián con unos siete años, el papel tapiz de seda verde era un poco más oscuro, un rectángulo perfecto del tamaño de un marco.

Alguien había quitado una fotografía. Y lo había hecho hacía mucho, porque el sol había tenido tiempo de desteñir todo lo demás.

*

A las nueve, Valeria le dio la última pastilla. A las nueve y media, Carmen dormía con la boca entreabierta y las manos llenas de anillos cruzadas sobre el pecho, como una reina en un sarcófago.

Valeria se encerró en su cuarto, dejó la puerta interior entreabierta, como le habían indicado, y se sentó en la cama con la mochila sobre las rodillas.

Sacó la grabadora. La sostuvo un rato en la palma de la mano.

Era increíble lo poco que pesaba. Un aparato de plástico negro, del tamaño de un encendedor, con un botón rojo y una pequeña luz que se podía desactivar desde el menú.

La había probado una docena de veces en su apartamento, grabándose a sí misma desde distintas distancias, debajo de una almohada, dentro de un bolsillo, detrás de una cortina.

Captaba una conversación normal a cinco metros. Un susurro a dos.

Todavía no había grabado nada en esa casa. Ni una palabra.

Se dijo que era prudencia. Que el primer día no convenía arriesgarse. Pero sabía que había otra razón, y que esa razón tenía que ver con una anciana que leía obituarios con los ojos cerrados y movía los labios repitiendo los nombres de sus muertos.

Guardó la grabadora en el bolsillo del pijama. Apagó la luz.

No pudo dormir. La casa hacía ruidos que no conocía.

El aire acondicionado arrancaba y se detenía con un golpe seco.

Las tuberías crujían dentro de las paredes.

Afuera, en el jardín, algo se movía entre las palmeras: un mapache, una iguana, el viento.

Cada tanto, la lucecita verde del monitor parpadeaba con la respiración de Carmen y volvía a apagarse.

A la una, Valeria se rindió y se quedó mirando el techo. A las dos y media, se durmió sin darse cuenta.

*

La despertó el silencio.

No supo cuánto tiempo había pasado. El cuarto estaba completamente oscuro y algo había cambiado, algo que su cuerpo había notado antes que ella. Tardó unos segundos en entender qué era. La lucecita del monitor no parpadeaba. El aparato estaba mudo.

Carmen no respiraba en la otra habitación. O no estaba en ella.

Valeria se levantó de un salto. El reloj del monitor marcaba las tres y doce. Cruzó la puerta interior a tientas, con el corazón golpeándole en las costillas. La cama de Carmen estaba vacía. Las sábanas, abiertas hacia un lado. La manta en el suelo.

La puerta de la habitación que daba al corredor estaba abierta.

Valeria salió al pasillo. Estaba a oscuras, salvo por una franja de luz de luna que entraba por un ventanal al fondo y se derramaba sobre la alfombra crema.

Los cuadros de paisajes cubanos eran rectángulos negros en las paredes.

Al final del corredor, donde el pasillo se abría hacia el vestíbulo, había una figura blanca.

Carmen estaba de pie en lo alto de la escalera.

Llevaba un camisón largo, de algodón, y estaba descalza. Tenía una mano apoyada en la baranda de hierro y la otra suelta junto al cuerpo. No se movía. Miraba hacia abajo, hacia la curva de mármol que descendía en la oscuridad hasta el vestíbulo.

Un paso más y caería.

Valeria se acercó despacio, con la voz de Marisol en la cabeza.

No la toque sin avisarle. Tenía la boca seca.

Sentía la grabadora en el bolsillo del pijama, contra el muslo, y lo que hizo entonces lo recordaría durante mucho tiempo, en noches que todavía no habían llegado, con una vergüenza que no conseguiría quitarse de encima.

Metió la mano en el bolsillo y apretó el botón rojo.

Antes de dar el último paso hacia una mujer de ochenta y seis años que estaba a punto de caer por una escalera, Valeria Ibarra encendió la grabadora.

—Señora Carmen —susurró—. Soy Lucía. Estoy aquí, a su lado.

La anciana no se volvió. Tenía los ojos muy abiertos, fijos en algún punto de la escalera, más o menos a la mitad de la curva.

—Isa —dijo.

Fue apenas un hilo de voz. Pero en el silencio de la casa sonó como si alguien hubiera roto un vaso.

Valeria se quedó inmóvil.

—Isa —repitió Carmen, más bajo, casi con ternura—. Mi niña. No llores más. Ya no llores.

Valeria miró hacia donde miraba ella. La escalera estaba vacía. Treinta y dos escalones de mármol blanco que la luna volvía grises. Nada más.

—Señora, aquí no hay nadie. Venga conmigo. Vamos a la cama.

Le tocó el brazo con la punta de los dedos. Carmen se sobresaltó, como si despertara de golpe, y se tambaleó. Valeria la sujetó por la cintura justo a tiempo. Pesaba tan poco que fue como sostener un pájaro.

—¿Quién es usted?

—Lucía. La nueva. Llegué hoy.

Carmen la miró sin reconocerla. Después miró la escalera otra vez, y algo cambió en su cara, una tristeza tan antigua que no parecía de esa noche ni de ese año.

—No hay que bajar por ahí —dijo—. Por ahí no se baja.

*

Tardó casi veinte minutos en volver a acostarla.

Carmen se dejó llevar sin resistencia, arrastrando los pies descalzos por la alfombra, apoyada en el brazo de Valeria.

En la cama, se acurrucó de lado como una niña.

Valeria la tapó, recogió la manta del suelo, comprobó que el monitor estuviera encendido.

Lo estaba. Alguien había bajado el volumen al mínimo. No recordaba haberlo tocado.

Iba a apartarse cuando la mano de Carmen le atrapó la muñeca. Los anillos estaban fríos.

—¿Usted la oyó?

—¿A quién, señora?

—A la niña. —Carmen tenía los ojos cerrados—. Llora todas las noches en la escalera. Todas las noches. Y nadie en esta casa la oye. Nadie.

Le soltó la muñeca. Al minuto, respiraba con la regularidad de quien duerme profundamente.

Valeria volvió a su cuarto, cerró casi del todo la puerta interior y se sentó en el suelo, con la espalda contra la cama. Le temblaban las manos. Sacó la grabadora del bolsillo. La luz roja seguía encendida. La apagó.

Se puso los auriculares y escuchó. Allí estaba todo. Sus propios pasos sobre la alfombra, su respiración agitada. Su voz, más aguda de lo que creía: Señora Carmen. Soy Lucía. Y después, nítida, perfectamente audible, la voz de la anciana. Isa. Mi niña. No llores más.

Valeria se tapó la boca con la mano.

Era lo que había ido a buscar. La primera vez en veinte años que alguien de esa familia pronunciaba el nombre de Isabel Montalvo delante de un micrófono. Cualquier productor de pódcast habría vendido a su madre por esos once segundos de audio.

Y se sentía sucia.

Intentó entender en qué orden había hecho las cosas, como hacía con las declaraciones de los demás.

Primero se despertó. Después vio la cama vacía.

Después vio a Carmen en lo alto de la escalera, a un paso de caer.

Y entonces, antes de acercarse, antes de tocarla, antes de pronunciar su nombre, metió la mano en el bolsillo.

Fue un segundo, se dijo. Un gesto automático.

La habría sujetado igual, la grabadora no cambió nada, Carmen no llegó a caer.

Todo eso era cierto, y mientras lo pensaba se dio cuenta de que estaba haciendo exactamente lo que hacía la gente a la que entrevistaba cuando quería que su versión sonara mejor: convertir el orden de los hechos en un detalle sin importancia.

Pero el orden era lo único que importaba.

Revelaba lo que había decidido su cuerpo antes de que interviniera su conciencia.

Y su cuerpo, a las tres y doce de la madrugada, delante de una anciana descalza al borde de treinta y dos escalones de mármol, había decidido que lo primero era la historia.

Se lo repitió en voz baja, para no poder discutirlo después. Lo primero fue la historia.

Iba a apagar la grabación cuando oyó algo más. Algo que no había notado en el pasillo, con el corazón desbocado y toda la atención puesta en Carmen.

Retrocedió veinte segundos y subió el volumen al máximo.

Ahí estaba. Justo después del segundo Isa , por debajo de las voces, débil pero inconfundible: el clic suave de una puerta que se cerraba. No arriba. Abajo, en algún lugar de la planta baja. Y después, durante cuatro o cinco segundos, unos pasos lentos sobre el piso de mármol, alejándose.

Alguien más estaba despierto a las tres de la mañana. Alguien que había visto a Carmen en lo alto de la escalera, descalza, a punto de caer. Y no había subido a ayudarla.