Interludio I
La vi mucho antes de que tocara el timbre.
Cuatro días estuvo debajo de la caoba, en ese auto viejo con la ventanilla siempre baja, mirando la casa como se mira a un animal dormido.
Desde la ventana del corredor se ve la calle entera.
Ella creía que nadie la veía. Los que vigilan siempre creen eso.
Olvidan que una casa como esta está hecha de ventanas, y que detrás de las ventanas hay gente que no tiene otra cosa que hacer que mirar.
Hoy llegó cinco minutos antes. Las que llegan antes no saben esperar. Yo sí sé. He tenido veinte años para aprender.
Cuando oyó hablar de las rosas, no preguntó qué rosas. Preguntó qué había pasado con ellas. Las otras nunca preguntaron nada. Las otras miraban la piscina.
No sé todavía si es la persona que necesito.
Tiene buenos ojos, pero los ojos no bastan; los policías también tenían buenos ojos, y miraron hacia donde les dijeron que miraran.
Tiene hambre, eso sí. Se le nota en la forma en que lo mira todo, como si cada cosa pudiera ser la última que le dejan ver.
El hambre sirve. El hambre hace que la gente no se detenga.
Lo que no sé es si sabe escuchar.
Esta casa habla, pero habla bajo. Hay que quedarse muy quieta para oírla.