La mentira de Lucía 4. La casa
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4. La casa

La puerta de servicio estaba al costado de la casa, al final de un pasillo de baldosas rojas que corría entre la pared y un seto de jazmines tan alto que tapaba el sol.

Valeria llegó a las nueve menos cinco con una maleta de ruedas, una mochila y la sensación de haber olvidado algo importante, aunque había revisado todo tres veces.

En la mochila, entre la ropa interior y un neceser, llevaba una grabadora digital del tamaño de un encendedor.

La había comprado el sábado en una tienda de electrónica de Flagler, pagando en efectivo.

Había seguido el consejo de Tomás: el teléfono no guardaría nada.

Le había borrado las fotos del caso, las notas, el correo.

Lo único que quedaba de Valeria Ibarra en ese aparato era el número de un detective retirado agendado como Tomás plomero .

Tocó el timbre. Esperó. Volvió a tocar.

La puerta se abrió antes de que terminara el segundo timbrazo, como si alguien hubiera estado del otro lado, esperando que insistiera.

Era la mujer de las bolsas de supermercado.

De cerca parecía más alta, o quizá era la manera en que se plantaba, con la espalda recta y las manos cruzadas delante del delantal.

Tenía el pelo gris recogido en un moño tirante, la cara morena surcada de líneas finas y unos ojos negros que se movieron sobre Valeria de arriba abajo, sin prisa, como quien revisa una factura.

—Usted es la argentina.

—Lucía. Lucía Ferrer. Me manda la agencia.

—Ya sé quién la manda. —La mujer no se apartó de la puerta—. Yo soy Marisol. Aquí se llega a las nueve, no a las nueve menos cinco. La señora no soporta que la gente llegue antes de tiempo. Dice que es de mala educación.

—Perdón. No lo sabía.

—Ahora lo sabe.

Marisol se hizo a un lado. Valeria entró arrastrando la maleta y las ruedas sonaron sobre el piso de la cocina como un trueno pequeño.

La cocina era enorme, blanca, impecable, con una isla de mármol en el centro y una ventana que daba al jardín lateral.

Olía a café recién colado y a cloro. En una pared había un tablero de corcho con horarios escritos a mano: medicinas, comidas, citas médicas, la visita semanal de un fisioterapeuta.

—Déjeme ver sus manos —dijo Marisol.

Valeria la miró sin entender.

—Sus manos. Extiéndalas.

Lo hizo. Marisol las tomó entre las suyas, secas y ásperas, y les dio la vuelta. Miró las palmas, los dedos, las uñas cortas. Las soltó.

—Usted no ha cuidado a nadie en su vida —dijo, sin rabia, como quien comenta el clima.

Valeria sintió que el estómago se le hundía.

—Cuidé a una tía en Rosario. Tres años.

—Será. —Marisol se volvió hacia la cafetera—.

Las que cuidan viejos tienen las manos de otra manera.

De levantar, de bañar, de lavar sábanas.

Usted tiene manos de escribir a máquina.

—Sirvió dos tazas sin preguntar—. Pero no es asunto mío.

A mí no me pagan por pensar. Tómese el café, que el señor la quiere ver antes de que suba.

Valeria se tomó el café de pie, junto a la isla de mármol, con la taza entre las dos manos para que no se notara que le temblaban.

Durante doce años había sido ella la que miraba: la que llegaba a una casa ajena con una libreta y salía sabiendo más de lo que nadie le había dicho.

Mientras miraba, nadie la miraba a ella.

Marisol había tardado diez segundos en darle la vuelta a esa costumbre.

Lo que sintió no fue miedo, todavía. Fue algo más antiguo, de la escuela, de las veces en que una maestra la descubría copiando: la vergüenza de ser vista por dentro.

No bastaba con un nombre. Lucía Ferrer necesitaba unas manos, una manera de caminar, un cansancio en la espalda.

Y Valeria no tenía ninguna de esas cosas.

*

El despacho de Rafael Montalvo estaba en la planta baja, al final de un pasillo largo cubierto de fotografías enmarcadas.

Valeria las fue mirando mientras seguía a Marisol.

Obras de la constructora: edificios de vidrio en Brickell, un puente en Doral, una torre de apartamentos frente a la bahía.

Rafael más joven, estrechando manos con hombres que Valeria reconoció de los periódicos.

Una boda en blanco y negro. Una mujer rubia y delgada, sonriendo en un velero: Elena, supuso.

No había ninguna foto de Isa. Valeria buscó con cuidado, una por una, a lo largo de todo el pasillo. Ninguna niña, ninguna adolescente, ningún cumpleaños. Era como si en esa casa la hija nunca hubiera existido.

Marisol tocó la puerta dos veces, la abrió y se apartó para dejarla pasar.

El despacho era oscuro a pesar de la hora.

Las cortinas estaban cerradas, el aire acondicionado demasiado fuerte, y la única luz venía de una lámpara de bronce sobre un escritorio de madera tan grande que parecía hecho para defenderse detrás de él.

Las paredes estaban forradas de libros que nadie parecía haber abierto nunca. Olía a cuero y a tabaco frío.

Rafael Montalvo no se levantó. Tenía sesenta y cuatro años, pero de cerca parecía mayor que en las fotos del pasillo.

El pelo, completamente plateado, peinado hacia atrás.

La cara angulosa, con la piel tensa sobre los pómulos, como si algo la hubiera ido secando por dentro.

Llevaba una camisa blanca sin corbata y un reloj de oro que giraba distraídamente en la muñeca.

—Siéntese.

Valeria se sentó en una de las dos sillas frente al escritorio. Eran más bajas que la de él. Se dio cuenta de que no era un accidente.

Rafael la observó un rato largo sin decir nada.

Valeria se obligó a sostenerle la mirada.

Había entrevistado a gobernadores, a narcotraficantes arrepentidos, a una madre que había perdido a tres hijos en un incendio.

Sabía que el silencio es la herramienta más vieja de quien quiere que el otro hable primero. No habló.

—Mi madre tiene ochenta y seis años —dijo él al fin—.

Tiene demencia desde hace seis. Algunos días sabe dónde está.

La mayoría, no. Confunde a las personas.

Inventa cosas. Habla de gente que murió hace décadas como si acabara de salir del cuarto.

—Hizo una pausa—. Usted no le va a llevar la contraria.

Si dice que es 1959, es 1959. Si la llama con otro nombre, usted contesta a ese nombre. ¿Entendido?

—Sí, señor.

—Hay tres reglas en esta casa. —Levantó un dedo—.

No se toman fotografías. De nada. Ni del jardín, ni de los muebles, ni de mi madre.

—Levantó el segundo—. El ala oeste del segundo piso está cerrada.

No tiene nada que hacer allí. —Levantó el tercero, y por primera vez su voz cambió, se volvió más baja y más dura—.

Y en esta casa no se habla de mi hija. Ni con mi madre, ni con mi hijo, ni con Marisol, ni conmigo.

Si mi madre la nombra, usted cambia de tema.

Si alguien de afuera le pregunta, usted no sabe nada.

Si yo me entero de que usted habló con un periodista, con un vecino o con quien sea, sale de esta casa esa misma noche y no vuelve a trabajar en Miami. ¿Me explico?

Valeria sintió la grabadora en la mochila como si pesara cinco kilos.

—Perfectamente.

—Bien. —Rafael miró hacia otro lado, como si la conversación ya hubiera terminado y ella siguiera ahí por error—. Marisol le va a mostrar todo.

Valeria se levantó. Estaba en la puerta cuando él volvió a hablar, sin mirarla.

—La última duró dos semanas. Mi madre dijo que no sabía escuchar. —Giró el reloj en la muñeca—. Yo creo que escuchaba demasiado.

*

La escalera principal arrancaba en el centro del vestíbulo y subía en una curva amplia hasta el segundo piso.

Era de mármol blanco, con vetas grises finas como venas, y una baranda de hierro forjado que alguien pulía todos los días hasta hacerla brillar.

Treinta y dos escalones. Valeria los contó sin querer, mientras subía detrás de Marisol, con la mano apoyada en la baranda fría.

En la mitad de la curva, Marisol se detuvo. Fue apenas un segundo, una pausa tan breve que podría no haber existido. No se volvió. No dijo nada. Después siguió subiendo.

Valeria miró los escalones bajo sus pies. Estaban limpísimos. Más limpios que cualquier otra superficie de la casa, si eso era posible. Brillaban como si nadie los hubiera pisado nunca.

Arriba, el pasillo se dividía en dos. A la izquierda, una puerta doble de madera oscura, cerrada, con una llave antigua puesta en la cerradura. El ala oeste. A la derecha, un corredor luminoso con alfombra crema y cuadros de paisajes cubanos: palmas, playas, un atardecer sobre el Malecón.

—La señora está al fondo —dijo Marisol—. No le hable fuerte. No la toque sin avisarle. Y si le pregunta algo que usted no sabe, dígale que no sabe. Ella se da cuenta cuando le mienten.

—Pensé que tenía demencia.

Marisol la miró por encima del hombro.

—Tiene demencia —dijo—. No es tonta.

*

La habitación de Carmen Montalvo era la más grande que Valeria había visto en una casa particular.

Tenía una cama con dosel, una salita con dos sillones tapizados de verde, un tocador lleno de frascos de perfume antiguos y una pared entera de fotografías en marcos de plata.

Las cortinas estaban abiertas y la luz entraba a raudales, filtrada por las flores fucsia de la buganvilla que trepaba por la fachada.

Valeria tardó un segundo en entender dónde estaba.

Era la ventana. La de la foto. La ventana donde, la mañana siguiente a la desaparición, una mujer sin rostro había apoyado la mano en el vidrio y había mirado hacia el jardín.

La habitación ocupaba la esquina de la casa, y esa ventana, que desde la calle lateral parecía asomarse al vecindario, dominaba en realidad, en diagonal, todo el jardín trasero.

Carmen estaba sentada frente a ella, en un sillón de respaldo alto, con una manta sobre las rodillas a pesar del calor.

Era pequeña, mucho más pequeña de lo que Valeria había imaginado, con el pelo blanco cortado a la altura de la mandíbula y una bata de seda azul.

Tenía las manos cruzadas sobre el regazo, llenas de anillos que parecían demasiado grandes para esos dedos tan delgados. No se movió cuando entraron.

—Señora Carmen —dijo Marisol, con una voz que Valeria no le había oído hasta entonces, suave, casi maternal—. Llegó la muchacha nueva. Se llama Lucía.

Carmen no contestó. Seguía mirando por la ventana.

Marisol le hizo a Valeria un gesto con la cabeza y salió, dejando la puerta entreabierta.

Valeria se quedó de pie en medio de la habitación. No sabía qué hacer con las manos. Las manos de escribir a máquina.

—Buenos días, señora —dijo—. Soy Lucía. Voy a estar con usted desde hoy.

Nada. Un pájaro cantó en algún lugar del jardín. El aire acondicionado zumbaba en el techo.

Valeria se acercó despacio, rodeó el sillón y se puso de lado, cerca de la ventana, para que Carmen pudiera verla sin girar la cabeza. Siguió la dirección de su mirada.

Abajo estaba el jardín trasero. La piscina, larga y azul, rodeada de tumbonas blancas.

Palmeras. Un césped tan verde que parecía pintado.

Y junto a la casa, ocupando el rincón más próximo a la ventana, una terraza de piedra caliza, con una mesa de hierro, cuatro sillas y una fuente pequeña en el centro, de la que no salía agua.

Carmen miraba la terraza. Valeria esperó. Contó hasta treinta. Contó hasta sesenta. La anciana no parpadeaba casi nunca, y cuando lo hacía era con una lentitud que parecía costarle.

—Ahí había rosas —dijo Carmen de pronto.

Su voz era más firme de lo que Valeria esperaba. Ronca, con el acento cubano intacto después de más de sesenta años fuera de la isla.

—¿Rosas?

—Blancas. Un rosal grande, de este alto. —Levantó una mano unos centímetros sobre el brazo del sillón, y la dejó caer—. Daban flores todo el año. Aquí todo florece todo el año. Es lo único bueno que tiene este clima.

—¿Y qué pasó con el rosal?

Carmen no contestó. Siguió mirando la terraza, la fuente seca, las cuatro sillas vacías alrededor de la mesa.

Después giró la cabeza. Fue un movimiento lento, deliberado, y por primera vez sus ojos se posaron en Valeria.

Eran claros, de un gris casi transparente, y durante un segundo, uno solo, Valeria tuvo la sensación absurda de que esa mujer la estaba viendo por completo: la grabadora en la mochila, el pasaporte en la maleta, el nombre que no era del todo un nombre, la serie retirada, las doscientas catorce descargas.

Luego algo se apagó detrás de esos ojos, como una lámpara que alguien apaga en otra habitación.

—Usted llegó tarde —dijo Carmen, con la voz de pronto quejosa, infantil—. La estaba esperando desde el viernes.

—Me dijeron que empezaba hoy, señora.

—Siempre dicen eso. —Carmen volvió a mirar por la ventana—. ¿Usted es la que me va a robar los anillos?

—No, señora. Yo vengo a cuidarla.

—Todas dicen lo mismo. —Se acomodó la manta sobre las rodillas con dedos temblorosos—. La anterior también decía que venía a cuidarme. Y mire.

Valeria no se atrevió a preguntar qué había que mirar.

Se quedó de pie junto a la ventana, al lado de una anciana que tal vez no sabía en qué año vivía, mirando una terraza de piedra donde antes había un rosal blanco.

Pensó en la foto. Pensó en la mano apoyada en el vidrio.

Pensó en Tomás en la puerta de servicio, aquel enero de 2008, mirando una terraza recién hecha donde antes había rosas.

Y pensó, sin poder evitarlo, que la mujer de la foto no miraba hacia el jardín.

Miraba hacia el rosal.