Apuntes históricos #2
Los líderes del AK discutieron largo y tendido acerca de si debían sublevarse y cuándo hacerlo.
Ahora no es el momento de describirlo en detalle, pero varias personas bien informadas le dijeron a Bór que los alemanes habían enviado refuerzos para enfrentarse a los rusos, además de advertirlo sobre la probable traición de estos últimos y aconsejarle que no se sublevara hasta que el Ejército Rojo cruzara el Vístula.
Lo más seguro es que Bór estuviera sometido a una gran presión en un momento en el que las tensiones en la ciudad estaban llegando a un punto crítico.
En Londres el gobierno era partidario del levantamiento y dejaba entrever que los británicos compartían su opinión, por no hablar de que existía un miedo muy real a que, si los varsovianos no se sublevaban antes de que llegaran los rusos, les estarían entregando su ciudad en bandeja.
En última instancia, creo que Bór dio la orden porque, tal y como reflejo en la novela, creía que los jóvenes soldados del AK estaban tan hartos de la opresión y brutalidad de sus ocupantes que iban a sublevarse de todas maneras, y era mejor que hubiera algún tipo de comandancia central.
Bór era un hombre íntegro que se encontró en medio de una situación imposible, y, si los rusos hubieran cumplido sus promesas, el levantamiento habría tenido éxito.
Escasez de armas en el AK
La escasez de armas durante el levantamiento fue un tremendo problema y los líderes del AK deben asumir cierta responsabilidad por ello.
Tal y como describo en la novela, el plan original era que el levantamiento se produjera en el campo para impedir la retirada de los nazis, y solo se decidió que fuera en Varsovia semanas antes de la hora W.
Eso implicó que las armas escondidas por toda Polonia tuvieran que trasladarse a la capital y, teniendo en cuenta que se trataba de una ciudad ocupada y patrullada por las tropas nazis, no era tarea fácil.
El protocolo que dictaba que únicamente dos personas conocieran la localización de cada alijo también supuso un problema.
Sin duda era una medida necesaria, ya que los miembros del AK eran capturados y torturados con frecuencia, pero durante los primeros días del levantamiento hubo tantas muertes que muchos alijos quedaron sin descubrir.
Años después del alzamiento se encontraron montones de armas intactas que habrían sido de gran ayuda durante el conflicto.
No obstante, la idea era que el levantamiento durara como máximo cinco días, hasta la llegada del Ejército Rojo, y el AK tenía armamento suficiente para aguantar durante ese corto periodo y, de hecho, más tiempo, pero en ningún caso los dos meses que acabó durando el levantamiento sin ayuda exterior.
Churchill estaba consumido por la preocupación acerca de Varsovia e hizo todo lo posible para convencer a Stalin de que permitiera la ayuda de los pilotos británicos y estadounidenses, pero Stalin tenía sus propios y crueles planes, y Roosevelt, esclavo del «Tío Joe» para que mantuviera la ayuda que este les prestaba para su guerra en el Pacífico, no estaba en condiciones de presionarlo.
Así pues, el AK se vio obligado a depender de sus considerables recursos.
La fabricación en masa de «filipinkas» les permitió resistir mucho más tiempo del que debería haber sido posible, igual que los estrictos —y sin lugar a dudas enormemente frustrantes y aterradores— protocolos sobre cuándo disparar, junto con la fabricación de todo tipo de armas improvisadas y lanzacohetes.
Muchos muchos civiles se involucraron en la producción de estas armas caseras, y el hecho de que los varsovianos resistieran tanto tiempo antes de rendirse da fe tanto de su ingenuidad como de su productividad.
La estrategia de Stalin
Uno de los temas que ha generado más debate entre los historiadores es hasta qué punto el hecho de que los rusos abandonaran a su suerte a Varsovia fue premeditado.
No cabe duda alguna de que, a finales de julio, los alemanes enviaron de manera inesperada poderosos refuerzos para retener al Ejército Rojo en la otra orilla del Vístula, pero es evidente que eso los detuvo durante pocos días.
A medida que he estudiado más en profundidad el Levantamiento de Varsovia, he acabado por convencerme de que Stalin abandonó a los varsovianos a su suerte a sangre fría.
Tal como refleja la novela, Radio Moscú incitó a los ciudadanos de Varsovia a sublevarse para permitir la rápida entrada de su ejército en la ciudad, pero cuando la gente hizo lo que se le pedía, Stalin no solo se negó a entrar, sino que también negó públicamente cualquier vinculación con el levantamiento.
Entretanto, Hitler envió a la SS para enfrentarse a los polacos y Stalin ni siquiera se planteó ordenar a los aviones rusos que se enfrentaran a la Luftwaffe.
Por si eso fuera poco, bloqueó de manera activa otros intentos de los Aliados por ayudar, negándose a permitir que los británicos y los estadounidenses usaran las bases aéreas rusas, que se hallaban mucho más cerca de Varsovia que las suyas.
En mi opinión, esto solo puede interpretarse como una manera muy calculada de dejar que los alemanes redujeran la capital polaca a ruinas para que a Stalin le resultara más fácil tomarla.
Peor aún, como se muestra aunque sea brevemente en la novela, a medida que septiembre avanzaba y el AK se planteaba seriamente la rendición, Stalin les dio la esperanza para que siguieran luchando hasta su amargo final.
Hay quien argumenta que los rusos siempre dejaban caer sus suministros sin paracaídas para permitir que sus aviones volaran más bajo y con mayor precisión, pero las cajas que transportaban la comida y las armas no eran lo bastante resistentes para sobrevivir a la caída y casi todo lo que enviaban acababa resultando inutilizable.
Era una oferta de ayuda muy bien orquestada, pero que en realidad no ayudaba en nada.
Lo mismo puede decirse del llamado Ejército Polaco, cuando Moscú permitió por fin a sus soldados cruzar el río en botes.
Hay que señalar que dichos soldados eran los prisioneros que habían tomado los rusos al invadir Polonia como agresores en 1939.
Muchos de ellos habían acabado en Siberia o habían permanecido en condiciones espantosas, y su incorporación al ejército de Stalin fue pura fachada, igual que los suministros enviados por vía aérea.
No tenían equipo ni entrenamiento adecuados, y muchos eran campesinos obligados a unirse a las tropas, como se describe en el libro.
La historia de los reclutas polacos que no habían oído hablar de Hitler es cierta y refleja hasta qué punto estos jóvenes vivían alejados del mundo antes de que Stalin los incorporara al Ejército Rojo y los enviara a Varsovia como supuesta ayuda para los insurgentes.
Los planes de Stalin eran a largo plazo.
Quería ganar la guerra, sí, y no tuvo problema en unirse a los Aliados para lograrlo, pero su principal objetivo era la creación de la Unión Soviética —su propio imperio oriental— y no pensaba detenerse ante nada para conseguirlo.
Los occidentales creían negociar con alguien que respetaba el código de honor, pero la intención de Stalin no era otra que usarlos como un medio para obtener exactamente lo que deseaba: la totalidad de Europa del Este, bajo su férreo mando tras el Telón de Acero.
Los ciudadanos de Varsovia fueron unas de las primeras víctimas de esa estrategia brutal y premeditada, y, por desgracia, no serían ni mucho menos las últimas.
En los años posteriores a la guerra el comunismo aplastó numerosos países en un proceso que culminó con la construcción del Muro de Berlín, como exploré en mi novela La mujer con el tatuaje .
La S y la masacre de Wola
La escena en la que Orla acaba atada a un tanque se inspira en un suceso real, uno de los muchos igual de terroríficos de la masacre de Wola, que marcó el comienzo del contrataque nazi.
Por desgracia para Varsovia, Hitler delegó la autoridad para acabar con el AK en Himmler, su cruel mano derecha y comandante de la SS , que envió de inmediato a sus grupos de matones más brutales e indisciplinados.
Oscar Dirlewanger era un sádico criminal que, durante el año previo al Levantamiento de Varsovia, cometió diversas masacres en Bielorrusia y sembró el terror entre la población local.
Sus hombres solo eran soldados en teoría, porque en la práctica tenían mucho más en común con una banda terrorista a la que solo le preocupaba su botín.
Disfrutaban matando, saqueaban sin freno y violaban a las mujeres con brutalidad.
Hitler no tuvo problema en dejarlos arrasar la ciudad que tanto detestaba, y los pobres habitantes de Wola estuvieron condenados desde un principio.
El personaje de Eduard también está inspirado en jóvenes reales a los que obligaron a unirse al grupo de Dirlewanger, muchos de los cuales se sentían asqueados por las crueles tácticas de los supuestos soldados y trataron de escapar por todos los medios posibles, entre ellos quitarse la vida.
Me alegra haber podido dar a Eduard una segunda oportunidad en brazos de la gentil Orla.
La reconstrucción de Varsovia
Aunque en esta novela no he podido explorar a fondo la asombrosa historia de la reconstrucción de Varsovia, espero haber reflejado que esta se enraizó en la determinación de sus habitantes de devolverle su grandeza, incluso mientras otros la estaban destrozando.
La odisea de Hana para recuperar los planes es fruto de mi imaginación, pero se inspira en varios relatos reales que describen los intentos de encontrar y proteger todos los mapas posibles para conservar los planos de la Varsovia histórica que los alemanes destruyeron.