La mensajera Treinta y nueve
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Treinta y nueve

TREINTA Y NUEVE

HANA

—¿Preparados?

Era una pregunta absurda. Después de sesenta y cuatro días de orgulloso levantamiento, ¿quién podía estar preparado para entregarse a los arrogantes nazis, que los habían arrasado con brutalidad y sin respetar las normas esenciales de la guerra?

¿Cómo podían ponerse en manos de los hombres que habían atacado sus hospitales e iglesias con proyectiles de séxtuple explosión?

¿Cómo podían confiar sus cuerpos a aquellos que habían masacrado a sus familiares y amigos?

Y, sin embargo, ¿qué otra cosa podían hacer?

En la guerra, los perdedores no tenían muchas opciones.

«No somos perdedores —había insistido Zuzi cuando Jacob las había informado de la situación la noche anterior—. Hemos ganado nuestra dignidad, el derecho a defender a los nuestros, la oportunidad de que nos escuchen».

«El problema es que nadie escuchaba», había dicho Bron con tristeza, estrechándole los hombros con el brazo.

Hana no podía evitar que los celos la embargaran cada vez que los veía intercambiar muestras de cariño, pero, ahora que había recuperado la esperanza, podía usarlos para alimentar sus sueños de futuro. Además, allí adonde iban ninguna tendría a su hombre cerca, algo que le dolía por sus hermanas.

Habían dedicado dos agonizantes días a decidir cómo rendirse.

Los miembros y auxiliares del AK se enfrentaban a dos opciones igual de desoladoras: abandonar Varsovia con sus brazaletes para que los hicieran prisioneros de guerra, o quitárselos y acabar en campos de trabajo como civiles.

En ambos casos los segregarían y en ambos casos estarían a merced de los nazis; la cuestión se reducía a cuál de las dos opciones les ofrecía más posibilidades de sobrevivir.

Los alemanes habían dejado a la SS , no a la Wehrmacht, a cargo de la rendición, y habían firmado un tratado en el que accedían a tratar al AK como una fuerza armada oficial, protegida por la Convención de Ginebra.

Los civiles, sin embargo, vagaban a la deriva en tierra de nadie, ya que, aunque en teoría también disfrutaban de protección, su cumplimiento era mucho más difícil de controlar.

Se había trabado de una decisión agónica, pero, para sorpresa de todos, había sido Orla la que, en última instancia, la había tomado.

«Nos metimos en esto como miembros del AK, así que deberíamos terminar del mismo modo. ¿Acaso no nos unimos al ejército por Tata, para honrar su petición de no abandonar la lucha?».

En silencio, todos habían recordado la siniestra mañana en la que los habían obligado a mirar cómo arrojaban a su querido padre y marido a una muerte segura por el balcón de la cárcel de Pawiak, y Magda había asentido con firmeza.

«Así es, Orla. Y seguiremos honrándola».

Tal vez en aquel momento la lucha no fuera como la habían imaginado.

Tal vez no implicara armas en ristre, barricadas triunfales y tanques capturados, pero seguía estando allí, en el corazón de las personas que hacían largas colas a la espera de abandonar la ciudad y rendirse.

Estaba allí, en el corazón de los D ą browska.

Hana se revolvió al escuchar una trompeta que pedía silencio.

Iba en una silla de ruedas que Zuzi y Jacob habían rescatado de una casa derruida y Eduard había arreglado, y por mucho que la detestara, al menos le permitía sentarse con la espalda erguida ante los nazis que habían hecho que acabara en ella.

Por no hablar del secreto que escondía y que le hizo sonreír a pesar del dolor de aquella mañana amarga.

Con el corazón en un puño, contempló que el comandante Bór se apartaba de las filas de generales para entregarse.

Se lo veía cansado y mayor, pero su porte era orgulloso.

Hana había oído rumores de que su mujer estaba viva y de que, solo dos días atrás, había dado a luz a su segundo hijo, un niño que, por lo visto, había tenido la inteligencia de esperar a que las bombas dejaran de caer para nacer.

Rezó para que Bór pudiera verlos pronto, pero su futuro inmediato era el cautiverio, igual que el de todos ellos.

El comandante llevaba un sencillo abrigo marrón oscuro con el brazalete del AK en la manga; era su manera de subrayar a los nazis que bastaba con eso, en lugar del uniforme oficial designado en la Convención de Ginebra, para que lo trataran de manera honorable como combatiente.

Era uno de los términos negociados para la rendición y no podían sino esperar que los nazis lo cumplieran, pues era lo que todos lucían: sus brazaletes raídos y desvaídos, pero llevados con orgullo.

—¡Atención!

Agaton llamó al orden a su grupo mientras la barricada se abría ante ellos, y luego bajaron por el tramo de la amplia calle Lwowska en dirección a Plac Zbawiciela, donde entregarían los instrumentos de sus diversos oficios.

Zuzi abría el camino con Tosia y la última Minerki, con rollos de mecha colgados del hombro.

Detrás de ella, Jacob empujaba a Hana con su casco prusiano en la cabeza, la pistola sobre el mango de la silla de ruedas y el saco de enlace de ella en su regazo.

Magda caminaba junto a ellos, con una hogaza de pan, mientras que Eduard y Orla —con Nella apoyada en su cadera— cerraban el pequeño grupo sujetando con fuerza sus bolsas médicas.

A su alrededor, otros los imitaron. Un capellán con sotana resplandeciente, si bien cubierta de polvo, los bendecía a medida que marchaban por delante de él con los hombros erguidos y la cabeza alta, negándose a mirar a los soldados alemanes que bordeaban el recorrido y a los fotógrafos y cámaras que grababan con júbilo su humillación ante el Führer.

—No durará mucho —masculló Jacob a Hana—. Dentro de nada, serán ellos los que marchen hacia su encarcelamiento, y el suyo durará para siempre.

—Y seguirá siendo demasiado corto —contestó Hana, cambiando de postura sobre el mullido cojín que Agaton había tenido la amabilidad, y la astucia, de traerle el día anterior.

En su rostro se dibujó una media sonrisa, aunque el calvario aún no había terminado. Tal vez se hubieran reconciliado con la idea de rendirse, pero la humillación seguía doliendo y el miedo a dónde acabarían era intenso.

La plaza estaba llena de soldados de la Wehrmacht que sostenían grandes cestas de mimbre en las que había que depositar cualquier pistola o arma.

Los miembros del AK las arrojaron con un descuido deliberado, lo que obligaba a los soldados a agacharse a recoger las que no caían dentro.

Los miembros de la Wehrmacht eran jóvenes y parecían avergonzados, pero a Hana no le daban pena alguna.

Todo aquello era culpa suya. Alguien entonó el conmovedor himno nacional, Jeszcze Polska nie Zgin ęł a —«Polonia aún no está perdida»— y todo el mundo se le unió con prontitud para demostrar al enemigo que los polacos se negaban a hincar la rodilla, que aquello era un bache momentáneo en una cruzada por la libertad que duraba ya siglos.

Desde la plaza, los dividieron en diversas rutas a través de la ciudad, y los D ą browska marcharon hacia el norte hasta girar por la calle Miodowa, donde el desfile de prisioneros se detuvo.

A la cabeza del grupo, estaban cargando a la gente en trenes para dirigirse a campos de prisioneros de guerra, y aquellos que esperaban su turno se movieron con incertidumbre y recelo, después de haber logrado la rendición oficial con dignidad.

Pero entonces Nella se revolvió en brazos de Orla para que la bajara y señaló los cascotes calcinados que tenían frente a ellos.

—¿Qué pasa? —le preguntó Orla mientras la dejaba en el suelo.

La niña se agarró con fuerza a su mano y volvió a señalar.

—¡Mirad! —exclamó Zuzi—. ¡Es la cruz de Babcia!

En efecto, allí estaba la hermosa cruz de plata, colocada casi con arrogancia en lo alto de un montón de escombros mientras sus piedras preciosas reflejaban la luz del sol como siempre habían hecho y dibujaban un arcoíris de luz sobre la negrura de Stare Miasto.

—¡Está con nosotras! —exclamó Magda, dando una palmada.

—Bien visto, Nella —dijo Orla, agachándose hacia su hija adoptiva.

Nella le dedicó una sonrisa radiante y, tras soltarse de su mano, dio cuatro pasos decididos hacia la cruz antes de caer sobre sus nalgas cubiertas con un pañal. La familia se echó a reír a carcajadas y todos los miraron, atraídos por el alegre sonido.

—¡Has caminado, Nella! —exclamó Eduard, que la cogió en brazos y la hizo volar por los aires—. Tata está muy orgulloso. Y justo a tiempo, además.

Señaló hacia delante, donde estaban separando a la gente en dos filas, una para los hombres y otra para las mujeres, y luego abrazó a Orla con Nella entre ambos. Zuzi corrió hacia Bronis ł aw y a Hana se le partió el corazón por ellos.

—¿Por qué no podemos estar juntos? —se lamentó Orla.

—No será mucho tiempo —le aseguró Eduard—. El avance de los Aliados por Francia es tan rápido que casi han llegado a la frontera con Alemania.

—Y, cuando nosotros nos hayamos ido —intervino Zuzi—, los rusos marcharán sin lugar a dudas sobre la indefensa Varsovia.

—Hasta llegar a Berlín —añadió Bron con dulzura, mientras le acariciaba el pelo—. Y entonces serán los alemanes los que se rindan y nosotros seremos libres. Tenemos que establecer un punto de encuentro.

—¿En Varsovia? —preguntó Magda, paseando la mirada por las ruinas.

—Por desgracia, no; todavía no. Debemos esperar a que podamos reconstruir y…

Miró a Hana, pero seguía habiendo soldados en guardia y prefirió callarse.

— Ł od ź —propuso Bronis ł aw—. Es mi ciudad natal y no la han destruido como Varsovia. Hay una hermosa catedral, la de San Estanislao, donde podemos quedar, digamos…, cada día a las cinco de la tarde, hasta que estemos todos juntos de nuevo.

—¿Hará falta? —preguntó Orla, nerviosa.

—Sí. Nos dispersarán a los cuatro vientos, pero los vientos nos traerán de vuelta y entonces… entonces regresaremos a Varsovia.

—Regresaremos —convino Hana—. Y reconstruiremos la ciudad.

Deslizó una mano por debajo de sus nalgas, en apariencia para colocarse bien el cojín, pero, en realidad, para tocar los planos bien escondidos entre las plumas, listos como los D ą browska para alzarse de nuevo.

El ruido de un motor surcó el aire y, al mirar hacia el cielo, vieron tres aviones que descendían en picado sobre Varsovia. Mucha gente se arrojó al suelo entre chillidos.

—Los muy cabrones ya nos han traicionado —maldijo Zuzi.

—No creo que sean Stuka, cariño —la tranquilizó Bron, y Hana no pudo por menos que sonreír, aunque le preocupaba que Zuzi estuviera en lo cierto.

¿Los habían engañado los nazis? ¿Habían organizado aquella farsa de rendición para hacerlos salir de sus escondites y convertirlos en blancos fáciles para que la Luftwaffe los borrara de la faz de la tierra?

Hana cogió con una mano a Jacob y con la otra a Magda, mientras sus hermanas se colocaban detrás abrazadas a sus hombres, pero entonces su hermano pequeño se echó a reír.

—Bron tiene razón: ¡son Halifax! Son aviones británicos que han venido a mostrarnos su apoyo.

Furiosos, los soldados alemanes alzaron la vista hacia el cielo mientras sus prisioneros señalaban y vitoreaban a los tres aviones que descendían para volar bajo sobre Varsovia.

Las compuertas de las bombas se abrieron y dejaron caer una hermosa lluvia de serpentinas rojas y blancas, como pedazos de una gloriosa bandera polaca dispersos pero listos para recomponerse una vez más.

Y entonces, Hana la vio, luminosa y nítida como las luces de la cruz de Babcia: una violeta que brillaba en la parte inferior del fuselaje del primer avión.

Entornó los ojos hacia el cielo y casi habría jurado que veía a Emil, asomado a la ventana y saludándolos para honrar todo lo que habían sufrido y prometerles que les esperaban tiempos mejores. Y luego desapareció.

—Hasta el anochecer —gritó Hana a los cielos, entre lágrimas de felicidad—. Al anochecer, tomaremos un té.