La mensajera Treinta y ocho #2
94%

Treinta y ocho #2

Magda le tendió un cuchillo y Hana abrió el sobre por el lomo, con cuidado de no cortar ninguna de las preciadas palabras. Y entonces fue cuando vio la fecha, escrita con nitidez en lo alto de la hoja: 1 de septiembre de 1944. Se quedó mirándola y luego miró a su madre.

—Emil murió en agosto —dijo—. El diecisiete de agosto. Lo vi con mis propios ojos; vi que el proyectil lo alcanzaba. Vi la violeta cayendo en espiral y el impacto del avión antes de hundirse en el agua.

Magda le cubrió la mano con la suya y Hana se dio cuenta de que temblaba.

—Léela, Han-Han —la instó.

Y tras respirar hondo, Hana lo hizo.

Mi querida, queridísima Hana:

Creía que a medida que pasaran los días se me haría más fácil estar separado de ti; que tal vez el tiempo mitigara el dolor de echarte de menos, pero ha sido al revés.

Cada noche, antes de dormir, visualizo tu hermoso rostro y me imagino la delicia imposible de besar tus labios, y, cuando me despierto, es casi como si hubieras estado aquí.

Por un instante, la vida me parece indeciblemente dulce, hasta que la realidad cae sobre mí como una granada y mi corazón se desgarra de nuevo.

Solo quiero que esta perversa guerra termine de una vez, mi amor.

Solo quiero bajarme de este maldito avión, ver cómo te acercas al altar y disfrutar de una casa en la que jodamos construir nuestro futuro juntos.

No quiero aventuras, medallas ni la camaradería de mis compañeros pilotos —aunque todas son bienvenidas—; solo quiero cruzar un pequeño umbral para cenar con mi esposa, tío es mucho pedir, ¿no crees?

Todos los días, todas las horas, rezo para que estés viva y bien, Hana; ahora más que nunca, no soporto imaginarte atrapada en Varsovia, y si consigo sobrellevarlo es solo porque sé que estás con tu adorable familia.

Espero que os guardéis las espaldas y que, cuando todo esto acabe, pueda recibirte entre mis brazos.

Estoy convencido de que Dios vela por nosotros, al menos en la medida en que puede hacerlo mientras los humanos arrasan descontrolados Su creación.

Sin lugar a dudas, vela por mí, porque el mes jasado me mandó una fiebre.

Al principio me enfadé porque significaba que no podría efectuar mi segundo vuelo sobre Varsovia.

Maldije mi debilidad y el hecho de fallarte en el momento más crucial, pero —ay, Hana—, el joven que ocupó mi lugar fue derribado en algún momento del viaje g nunca regresó.

Mi avión, pintado con una violeta por ti, mi dulce niña, se perdió mientras yo yacía en la cama, sudando mi malestar.

¿Te lo puedes creer? Dios quiere que tú y yo estemos juntos, lo sé en el fondo de mi alma.

Resiste, mi hermosa Mana, mi amor, mi futura esposa.

Resiste, y un día dejaremos todo esto atrás para estar juntos.

Con todo mi amor,

Emil

—¡Está vivo! —Instintivamente, Hana bajó de la cama de un salto y perdió el equilibrio sobre su pierna derecha, pero se sujetó al cabecero de la cama mientras blandía la carta con gesto triunfal—. ¡Está vivo!

Sus hermanas se despertaron de inmediato y se arrojaron a sus brazos hasta tirarla de espaldas sobre la cama.

—¡Está vivo! —exclamó de nuevo, mientras daba vueltas a su anillo con un torrente de dicha, viendo en su bonito corazón lila la renovación de todas sus esperanzas.

Zuzi y Orla repitieron sus palabras como si fueran una canción.

Todavía estaba oscuro y ellas seguían hambrientas, indefensas y asustadas, pero el júbilo se había abierto camino entre las grietas de su sufrimiento y dejaron que las animara, las alimentara y las mantuviera a salvo.

La cadencia de su alegría se filtró entre las rendijas del amanecer varsoviano, despertó a Jacob e hizo que Bronis ł aw y Eduard se acercaran corriendo, acompañados de más gente, sin saber muy bien qué retazo de felicidad había agraciado a uno de ellos, pero dispuestos a disfrutarlo de todos modos.

Y entonces un oficial de enlace se abrió paso a través del pequeño grupo con una noticia: la rendición.

La información se propagó con rapidez por Varsovia, acompañada de un bullicio en el que la vergüenza se debatía con el alivio y el horror se mezclaba con el regocijo.

Dentro de poco, todo habría acabado. Jacob abrió la puerta de su escondite y todos salieron a la calle, Hana en brazos de Eduard y Nella en los de Orla.

Fuera reinaba la calma, una calma hermosa.

No había aviones sobrevolando la ciudad en ruinas y cada vez más personas salían de sus casas para mirar a su alrededor y contemplar los rostros de los demás supervivientes para intentar dilucidar si era cierto.

Entonces, la notificación oficial resonó por los altavoces callejeros y las radios que quedaban.

El Consejo Nacional informa a los valerosos ciudadanos de Varsovia que el comandante Bór ha negociado la rendición con el alto mando alemán.

Después de no recibir la ayuda esperada, nos ha parecido esencial salvar lo más preciado que tenemos, a saber, la sustancia biológica de nuestra nación.

Que Dios os bendiga a todos y que el sangriento calvario que ha vivido Varsovia sirva para concienciar al mundo e inspirar el triunfo de la ley y el orden.

Mientras el bullicio se tranquilizaba y la realidad se asentaba, los D ą browska se reunieron, desconcertados.

—¿Rendición? —exclamó Zuzi, negando con la cabeza—. ¿Ahora, después de todo esto?

Magda señaló su minúsculo escondite subterráneo.

—Precisamente por todo esto, Zuzi. No podemos resistir mucho tiempo más.

—A Babcia no le gustaría —repuso Zuzi con obstinación.

Hana le dio un codazo a Eduard para que la dejara sobre un montón de escombros, donde se apoyó con cuidado para no perder el equilibrio.

—Babcia Kamilla está muerta —les dijo— y no querría que ninguno de nosotros la acompañara en el cielo hasta dentro de muchos años.

—Pero hemos llegado muy lejos —se lamentó Jacob, colocándose junto a Zuzi.

—Y ha sido una heroicidad —le dijo Orla.

—Los héroes no se rinden —insistió él, aunque la voz le tembló al final.

Hana compadecía a su valiente hermano pequeño, que debería haber pasado su adolescencia jugando con una pelota de fútbol y no con armas. Le tendió la mano.

—¿Quieres que yo siga luchando, Jacob? —le preguntó.

Él le cogió la mano.

—Claro que no. Tú estás… herida.

—Ibas a decir lisiada y tendrías razón, pero me da la sensación de que, a estas alturas, es posible que todos estemos lisiados; por el hambre, las pérdidas y la falta de cualquier cosa con la que defendernos.

Hemos luchado con honor y hemos sufrido mucho, y tal vez ahora, por trágico que sea, tenemos que dar las gracias por haber conservado la vida.

—Eso no es muy noble —masculló él.

—No lo es —convino Zuzi, rodeándolo con el brazo—, pero Hana tiene razón.

—Él la miró con sorpresa y ella levantó las manos—.

Lo sé, lo sé. Yo era la que más ganas tenía de luchar, la que quería hacer volar a los nazis por los aires, y lo hemos hecho.

Hemos hecho todo lo que se nos pidió y más, mucho más.

Pero el plan siempre fue que nosotros fuéramos tan solo una fuerza de avanzada que diera la bienvenida al Ejército Rojo.

Y no han venido, Jacob; nos han traicionado.

¿Te acuerdas del día en que las armas dejaron de sonar?

Todos intercambiaron miradas, recordando el momento en el que, desde su acogedora habitación en el último piso de la Piekarnia D ą browska, habían escuchado el silencio de las armas rusas, poco antes de los escalofriantes gritos de la SS al atacar.

—Ese día estuve a punto de morir —dijo Orla en voz baja.

—Yo estuve a punto de morir entre las ruinas del hospital, con Babcia —dijo Zuzi.

—Y yo estuve a punto de morir en las alcantarillas —dijo Hana, también en voz baja—. Ya basta.

Magda les dedicó una sonrisa.

—Sin lugar a dudas, ya basta. Vuestro padre se habría sentido muy muy orgulloso de vosotros, y habría querido que siguierais con vida.

—Todos se unieron en un abrazo alrededor de Hana, que sintió que su amor la calentaba como un guante, aun en aquel momento tan frío—.

Hasta Babcia estaría de acuerdo —continuó Magda—.

Ella nos pidió que cuidáramos unos de otros y de Varsovia, y ahora podremos hacerlo mejor gracias a la paz.

—¡Paz! —repitió Hana, y la palabra resonó a través de su cansada familia como una campana—.

La paz tiene que ser ahora nuestro objetivo.

Y la rendición será temporal. Por mucho que tarden, los Aliados acabarán llegando y derrotarán a los nazis.

El Consejo Nacional tiene razón: debemos salvar nuestra «sustancia biológica»; debemos salvar a nuestra familia.

Y cuando llegue el momento, debemos entregarnos juntos a la reconstrucción.

—¡Ha vuelto! —dijo Zuzi—. Nuestra hermana mayor ha vuelto, con su calma, su fuerza y su serenidad.

—Cierra el pico —la regañó Hana, dándole un empujón.

Pero Zuzi le dio un beso y todos se abrazaron, mientras asimilaban la pena de la rendición y también su dulce alivio.

Cuando por fin se separaron, Hana tocó la preciada carta de Emil que llevaba en el bolsillo y pensó en los mapas de Agaton, que tanto les había costado recuperar, pero que ahora serían la base del proyecto para la futura Varsovia.

No había sido en vano, y Hana formaría parte del proceso.

Saldría de allí, encontraría a Emil y reconstruiría su ciudad para que fuera más fuerte, orgullosa y libre que nunca.