La mensajera Treinta y ocho
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Treinta y ocho

TREINTA Y OCHO

HANA

Tumbada en la oscuridad, Hana contempló la reluciente luna a través de una rendija de la ventana del sótano en el que se ocultaban.

Estaba llena, redonda y radiante, todo lo contrario de la gente sobre la que derramaba su luz.

La grácil silueta de un avión pasó por delante de ella y una lágrima rodó por la cara de Hana, que no se molestó en secársela.

Todo estaba perdido. Desde la otra orilla del Vístula, los rusos se reían de Varsovia con los brazos cruzados mientras los nazis castigaban el moderno Ś ródmie ś cie con la misma brutalidad con la que habían atacado el medieval Stare Miasto.

Entretanto, el resto del mundo les había dado la espalda, avergonzado de mirar siquiera lo que permitía que sucediera en la capital del primer aliado de todos.

Alemania y Rusia se estaban repartiendo Polonia, igual que habían hecho siempre.

Hana pensó en los grilletes de su abuelo, que con tanto orgullo había colgado Babcia en su pared y que ahora yacían enterrados con ella bajo los escombros, y sintió que no eran tanto un símbolo de orgullo como un trágico reflejo del eterno destino del país.

Tampoco era que, en aquel momento, la política importara mucho.

Lo que importaba era que ella estaba acurrucada en un sótano con su familia, sin electricidad, muy poca agua y menos comida.

Muchos de los efectivos del AK habían muerto y muchos más habían resultado heridos y mutilados, como ella.

La mayor parte de sus compañeras que hacían de enlace habían fallecido y hasta Czajnik había caído en combate.

La verdad era que Hana tenía suerte de que su familia más cercana siguiera con vida, aunque en realidad se aferraban a la vida, más que vivirla. ¿Y para qué?

Otra lágrima rodó por su mejilla y Hana se revolvió en la cama, sintiendo el vacío en el que debería haber estado su pierna como un abismo insondable.

La herida estaba cicatrizando, o eso le decía una y otra vez Orla con irritante alegría, como si ella fuera una niña a la que se pudiera animar para que se sintiera mejor.

Y, aunque era cierto que ya no se sentía enferma, tampoco se sentía sana.

¿Qué sentido tenía todo? Hana tenía a su familia y la quería muchísimo, pero las cosas habían cambiado.

Cuando la guerra terminara de una forma u otra, Orla viviría con Eduard y, por lo visto, Zuzi se iría a vivir con Bron.

Tras la terrible muerte de Bartek, ambos se habían unido como si fueran uno y Hana sospechaba que, aun a falta de papeles, estaban tan casados como Orla y Eduard…

e igual de felices. Si un día salían de allí, buscarían a un sacerdote y Hana no tenía ninguna duda de que, después de todo lo que habían sufrido, Dios bendeciría su unión. Si es que Dios seguía mirando.

Apartó de su cabeza aquellos pensamientos.

No tenía sentido hundirse en la oscuridad junto con Varsovia, aunque Hana tuviera la sensación de que su propia central eléctrica había dejado de funcionar.

El otro día, Agaton había ido a verla con los mapas que habían recobrado y había intentado animarla hablando de la Varsovia del futuro, pero cuando se había sentado en el borde de su cama, ella había hecho ademán de apartar la pierna de manera instintiva antes de darse cuenta de que ya no estaba allí para moverla, y durante el resto de la visita no había sido capaz de pensar en nada más que en lo que le habían costado aquellos mapas.

«Te conseguiremos una prótesis —le repetía Bronis ł aw—. En los últimos tiempos ha habido avances asombrosos en ese campo (yo estaba escribiendo una tesis al respecto antes de la guerra) y, cuando esto acabe, habrá todavía más porque…».

«¿Porque habrá montones de lisiados?» había terminado la frase Hana con amargura.

Sabía que no se comportaba como la hermana mayor serena y comedida que todos esperaban que fuera, pero, francamente, ¿por qué iba a hacerlo?

Al comienzo de la guerra era ella la que tenía novio y un futuro prometedor, y ahora Zuzi y Orla tenían todo aquello y lo único a lo que podía aspirar Hana era a una pierna de mentira.

«No eres una lisiada», le había dicho Bron con severidad.

«No —había coincidido Zuzi, pegada a él—, sigues siendo tú, Hana D ą browska, con un pedacito menos».

Ella había sentido deseos de gritar, porque no se trataba de un «pedacito». Tal vez fuera una parte pequeña en proporción a su cuerpo, pero su ausencia la hacía incompleta y la señalaba como alguien a quien había que compadecer, cosa que detestaba.

«Yo te cuidaré», no dejaba de repetir Magda, y Hana la quería por ello, de corazón.

Pero ella era la hermana mayor, la hija sensata, la que se ocupaba de cuidar a las demás, y no le gustaba que las tornas hubieran cambiado.

La luna estaba a punto de ponerse y Hana divisó el brillo rosáceo de un nuevo día que parecía tan alegre como sus malditas hermanas, a pesar de que todos sabían que solo traería consigo más horrores y dolor.

A veces Hana trataba de recordar cómo se había sentido al bailar en las barricadas a principios de agosto, cuando el sol brillaba con el mismo fulgor que su esperanza, pero le era imposible, además de que ella nunca volvería a bailar aunque recuperaran la libertad para poder hacerlo.

—Eres patética, Hana D ą browska —se dijo.

Había miles de personas fallecidas y miles más con heridas infectadas que las arrastraban a una muerte más lenta y dolorosa. Ella solo había perdido un «pedacito» de pierna y debería sentirse agradecida, pero le costaba.

—¿Hana? —Al volver la cabeza, vio a Magda de pie a su lado con un panecillo de aspecto dudoso—. No es mucho, pero deberías comértelo.

—¿Por qué? —preguntó ella sin entusiasmo—. ¿Porque soy una lisiada?

—No, tonta, porque eres la primera en despertarte. ¡A quien madruga Dios lo ayuda!

Hana se obligó a sonreír y procuró sacudirse la melancolía, pero esta la tenía atrapada con firmeza.

Se incorporó para apoyar la espalda en las almohadas mientras le daba mordisquitos al pan, que tenía más arenilla que harina, pero su estómago estaba tan vacío como su corazón y no pudo evitar saborearlo.

—Siento estar tan cascarrabias, Mama —dijo.

Magda se sentó en la cama y le pasó el brazo por los hombros.

—Por si no te has dado cuenta, tesoro, todos estamos cascarrabias.

—Orla y Zuzi no —replicó Hana mientras señalaba a sus hermanas, dormidas en un colchón cercano—. Ellas están enamoradas.

—Es verdad, pero no por eso dejan de estar hambrientas, agotadas y hartas. Quieren empezar su vida de casadas en lugar de… de… Ay, Han-Han, perdona. Eso ha sido muy poco considerado por mi parte.

Hana le dio vueltas a su superfluo anillo de prometida con ademán cansado.

—Para nada, Mama; es la verdad. Y sé muy bien cómo se sienten.

Yo también quería empezar mi vida de casada con Emil, pero entonces llegaron los alemanes y lo obligaron a huir, y ahora está en el fondo del Vístula.

—De pronto se le ocurrió algo y se volvió hacia su madre—. ¿Qué pasó con mi pierna, Mama?

—Te dispararon, Hana, cuando escapabas de…

—No, no; eso ya lo sé. Me refiero a qué pasó con la pierna en sí.

—No estoy segura. ¿Por qué?

—Porque a lo mejor debería tirarla al río para que descanse allí con él. Sería un homenaje adecuado, ¿no te parece?

—No, no me lo parece —contestó Magda con severidad—.

No te pongas histérica, Hana, mi amor. No te pega.

—Tenía razón, por supuesto, pero a aquellas alturas, ¿qué más daba?

Magda la estrechó entre sus brazos—. Sé cómo te sientes, de verdad.

Yo todavía echo de menos a tu padre cada día.

Lo echo de menos cuando me despierto sola, o cuando una de vosotras dice algo divertido, dulce o estúpido y me entran ganas de volverme a compartirlo con él.

Lo echo de menos cada vez que hago pan, y me paso el día haciendo pan. Así que te entiendo.

Hana le dio un apretón en la mano.

—Perdona, Mama. Es horrible, ¿verdad?

—Horrible.

Se quedaron sentadas en silencio mientras Hana se acababa el panecillo a bocaditos y el resto de Varsovia se despertaba para enfrentarse a un nuevo día de bombardeos.

A su alrededor, los demás comenzaron a moverse en sus camas, hasta que alguien llamó con los nudillos a la puerta del sótano y, tras levantar la trampilla, asomó su joven rostro y paseó la mirada por la habitación.

—¿Está aquí Hana D ą browska?

Hana miró a Magda, desconcertada.

—Aquí —lo llamó Magda.

—Genial. •—Un muchacho bajó por la escalera a su escondite y se acercó a ellas con paso relajado—. Tengo una carta para ti.

—¿Una carta?

Hana contempló atónita el sobre enviado por correo aéreo, mientras palpaba los finos dobleces del papel de dentro.

—Ha llegado en la saca de los estadounidenses —explicó el chico en tono alegre—. Espero que sean buenas noticias.

Y tras saludarlas tocándose la gorra, desapareció y dejó a Hana mirando las palabras escritas en el sobre.

Iba dirigido a la Piekarnia D ą browska en Wola, y la dirección le resultó muy familiar y al mismo tiempo muy ajena, a pesar de que hacía solo dos meses que la SS los había echado de su querido hogar.

La caligrafía también le resultaba dolorosamente familiar y, al mismo tiempo, lejana e imposible.

—Es de Emil —susurró.

¿Cuánto haría que la había escrito? ¿Cuánto tiempo se habría pasado la carta surcando los cielos de Europa mientras su autor volaba hacia su muerte? Hana miró a Magda.

—No estoy segura de poder leerla.

Magda la cogió con delicadeza y le dio vueltas entre sus manos.

A la luz creciente que se filtraba por el ventanuco, Hana vio la pulcra letra de Emil a través del fino papel y cogió la carta.

Lo que no podía era no leerla. Aquellas debían de ser las últimas palabras de su prometido antes del vuelo fatal, y, por agridulces que fueran, al menos le permitirían regocijarse durante unos maravillosos minutos en lo que podría haber sido.