Treinta y siete #3
—No con estas palabras, pero tampoco es que hayamos podido disfrutar de muchas charlas entre padre e hijo alrededor de una hoguera. Lo que sí sé es que habla mucho de ti, y he visto cómo te mira: de la misma manera en que miraba yo a mi esposa; lo recuerdo muy bien.
—Y como volverás a mirarla cuando os reunáis de nuevo.
—Si Dios en su misericordia lo permite, así será. La rodearé con mis brazos y la cubriré de besos y me aseguraré de que sepa que es la mujer más maravillosa del mundo.
—Lo espero de corazón.
—Yo también, pero si nos quedamos aquí sentados como patitos de feria será imposible, así que tenemos que intentarlo.
—Tenemos que intentarlo —convino Zuzi, a la que se le aceleró el corazón solo de pensarlo.
—Lo haremos esta noche. Vamos a por comida; atacaremos mejor con el estómago lleno.
Zuzi estuvo de acuerdo y se comió con avidez su parte de las últimas raciones.
Varias horas después, sin embargo, después de reptar a lo largo de kilómetros de terreno y agacharse en el extremo de la avenida Jerusalén, observando el tramo desprotegido que tenían que cubrir para llegar a la barricada del AK, la comida se revolvió en su estómago y tuvo que reprimir las arcadas.
A ambos lados de la avenida se alzaban bloques de pisos y, si había aunque fuera un solo francotirador en cualquier ventana, este podría abatir a la mayoría de ellos con toda tranquilidad.
—Granadas —dijo Tosia, pasándole a Zuzi una bolsa de filipinkas—.
Nuestro trabajo es avanzar pegadas a las paredes, dos por cada lado, y, si vemos disparar a alguien, le arrojamos una.
No os hagáis las heroínas, chicas. Que los hombres hagan lo que quieran; nuestro objetivo es llegar con vida a la barricada, ¿entendido?
—Entendido —convinieron Zuzi y las demás en tono sombrío.
—Genial. La última en llegar al otro lado prepara el té, ¿de acuerdo?
Zuzi trató de decir que sí, pero la palabra se le quedó atragantada.
De pronto deseó haber escrito una nota cariñosa a su familia para que la encontraran sobre su cuerpo en caso de ser necesario.
No les había dicho lo suficiente cuánto significaban para ella.
Se parecía demasiado a Babcia, que había preferido guardarse sus sentimientos para sí misma en lugar de compartirlos con aquellos que tanto los merecían. No había…
—¿Listos? —preguntó Bartek con gravedad.
«No», sintió deseos de gritar Zuzi, pero ¿de qué habría servido? Nunca estaría lista y aquello era algo que tenía que hacer.
—Listos.
—¡Vamos!
Y, sin más, todos echaron a correr hacia la barricada del AK que se hallaba a un centenar de metros.
Zuzi siguió a Tosia pegada a la pared mientras los soldados del AK avanzaban por el centro de la calle, apuntando a ambos lados con sus armas.
Al principio, todo fue bien. Al principio, dio la sensación de que los alemanes desplegados allí habían sido trasladados a otro lugar, tal vez incluso a atacar el club de vela que ellos habían abandonado poco antes.
Habría sido una hermosa ironía, pensó Zuzi mientras llegaba a la mitad del recorrido.
Pero ¡no!
El primer disparó silbó en el aire y un soldado del AK cayó entre gritos, haciendo tropezar a otro que recibió un disparo antes de poder ponerse en pie.
Zuzi se pegó mucho a la pared mientras buscaba a tientas una granada.
Entonces sonaron disparos desde la acera de enfrente y arrojó su primera filipinka hacia la ventana tras la cual creía que se escondía el francotirador, pero el lanzamiento se quedó corto y estuvo a punto de abatir a dos de sus propios hombres.
—No —gimoteó, cogiendo una segunda y tratando de retirar la anilla.
Pero las manos le temblaban tanto que no podía sujetarla.
—Sé como Babcia —se dijo con severidad.
Con el pulso más firme, arrojó la segunda, que entró por la ventana y explotó en el interior, pero más balas surcaron el aire y quedó claro que los nazis habían llamado a sus reservas.
—¡Corred! —gritó Bartek, mientras se daba la vuelta para buscarla con la mirada.
Zuzi obligó a sus piernas a moverse y logró avanzar diez, veinte metros rozando la pared.
—¡Vamos, Tata! —oyó gritar a alguien, y entre la neblina de agotamiento y miedo, distinguió a Bron en la barricada, animando a su padre a seguir. Él la vio a ella y se cubrió la boca con las manos antes de inclinarse hacia delante con ademán de apremio y chillar—: ¡Vamos, Zuzi!
Esta se desvió hacia él de manera instintiva mientras una bala rebotaba en la pared de la que acababa de separarse.
Alguien dejó escapar un sollozo y Zuzi pensó que tal vez hubiera sido ella, pero el caos era tal que resultaba difícil saberlo.
Más hombres del AK caían abatidos, pero todos disparaban a sus atacantes con una precisión letal.
Un nazi se precipitó desde una ventana, otro se desplomó sobre un alféizar.
Zuzi se metió en un portal a escasos metros de la barricada, en la que varios soldados del AK estaban abriendo un hueco con ansiedad y los instaban a cruzarlo.
Al ver manos tendidas, recordó las que había visto en la boca de la alcantarilla de la universidad.
Entonces, el AK la había recogido, y ahora haría lo mismo.
Tenía que arriesgarse, pero el hueco se hallaba en el otro lado de la calle y tendría que apartarse de la pared para llegar allí.
Diez pasos más. Bartek se encontraba por delante de ella, encabezando a sus hombres con valentía, y fue entonces cuando se escucharon los disparos de la metralleta, un horrendo y amenazante ratatá.
Zuzi se preparó para recibir el impacto, pero no notó nada, y luego vio a Bartek caer al suelo, agarrándose el pecho, y su corazón se desbocó como si la hubieran disparado a ella.
—¡No!
—Zuzi, ¡agáchate! —gritó Tosia.
Ella obedeció de manera instintiva y cogió una granada.
El nazi se inclinó hacia delante con una sonrisa de satisfacción en el rostro al ver a Bartek retorcerse de dolor en el suelo y, embargada por un odio violento y salvaje, Zuzi se incorporó, asentó los pies sobre el suelo y la arrojó.
La granada trazo un arco por el aire hacia el alemán, que la siguió con la mirada y una expresión de sorpresa casi cómica antes de que estallara y lo hiciera caer de cabeza a la calle.
—Ya tienes tu merecido —siseó Zuzi.
No hubo más disparos. O bien aquel hombre era el último nazi que quedaba o bien sus compañeros habían huido.
Zuzi miró a Bartek, que se hallaba a solo unos metros de distancia, y vio la sangre que se derramaba entre sus dedos a la altura de su valeroso corazón.
Aquel era el hombre que había puesto a salvo a Babcia Kamilla y a Hana, y ahora le tocaba a Zuzi devolverle la ayuda.
Echó a andar hacia él, pero alguien se le adelantó y, después de saltar por encima de la barricada y esquivar demasiados cadáveres, lo sostuvo entre sus brazos.
—Tata. Estoy aquí, Tata; estás conmigo. No te mueras, Tata.
Zuzi se derrumbó sobre el suelo, entre los cuerpos de sus compañeros caídos, y contempló con lágrimas de dolor en los ojos cómo Bronis ł aw acunaba a su padre, mientras a su alrededor todo el mundo se quedaba en silencio y las voces de los dos hombres llenaban el aire.
—Dios me llama, Bronis ł aw —le dijo Bartek a su hijo, con voz ronca pero clara—. Me llama y debo reunirme con Él. Lo siento. Te quiero, hijo, te quiero mucho. Y a tus hermanos también. Se lo dirás, ¿verdad?
—Claro, Tata, pero no te rindas, por favor. Puedo curarte.
—Es demasiado tarde, Bron.
—No es posible. —A Bronis ł aw se le quebró la voz y a Zuzi, el corazón—. ¿Qué sentido tiene que me haga médico si no puedo salvarte?
Bartek le agarró la mano.
—Salvarás a muchos otros, hijo, y, cuando lo hagas, pensarás en mí y en lo orgulloso que estoy de ti. De todos vosotros.
Bartek intentó tomar aire y Zuzi oyó llorar a Bronis ł aw.
—Encuentra a tu madre, Bron —jadeó Bartek—.
Hazlo por mí y cuida de ella. Sabe Dios que, aunque a vosotros tres os quiero muchísimo, a ella la quiero más que a nada en el mundo.
Es la mujer más bondadosa, valiente y hermosa que he conocido.
—Clavó los dedos en la mano de Bron para encontrar la fuerza necesaria para seguir hablando—.
Casarme con ella es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Ojalá nuestro matrimonio hubiera durado más.
—Se le rompió la voz—. Ojalá hubiera durado mucho mucho más, pero un solo día con mi Ana me habría bastado, y doy gracias a Dios por los muchos y maravillosos años que nos concedió. ¿Se lo dirás?
—Se lo diré, Tata, te lo prometo. Y la cuidaré por ti.
—Sé que lo harás —dijo él, pero su voz sonaba cada vez más apagada y el esfuerzo de pronunciar sus ultimas palabras consumió su vida ante los ojos de Zuzi—. Eres un buen chico, y te mereces un amor como el que he tenido yo. Te mereces…
Las palabras se quedaron atrapadas en la garganta de Bartek, que, con un tenue grito, se quedó inmóvil.
La tristeza inundó a Zuzi, pero, mientras Bronis ł aw se inclinaba aún más sobre su padre con el cuerpo sacudido por el dolor, supo que su pena no era nada comparada con la de él.
Sintió deseos de acercarse a darle un abrazo, pero no estaba segura de que él fuera a aceptarlo, y entonces el joven médico alzó la vista al cielo con los ojos consumidos de dolor y Zuzi supo que tenía que ayudarlo.
Tenía que acudir a su lado. Aquel hombre estaba sufriendo y ella lo amaba.
¡Lo amaba! Ya no podía ni quería seguir negándolo.
Se agachó al otro lado de Bartek y cubrió con su mano la de Bron, que aferraba el cuerpo de su padre. Él bajó muy despacio el rostro que tenía alzado hacia el cielo y miró a los ojos de Zuzi, que le sostuvo la mirada con seguridad y fortaleza.
—Estoy aquí, Bron —dijo en voz baja—. Estoy aquí, a tu lado. Siempre.