Treinta y siete #2
Tosia se apresuró a estrecharle la mano, y las demás la imitaron mientras las tropas de Janina bajaban de los botes y empezaban a agruparse en la pendiente.
Un disparo cortó el aire río arriba, en el borde del puente destrozado, señal de que los nazis todavía no habían abandonado sus posiciones, y Bartek les metió prisa para entrar en el club de vela.
—Muchas gracias por venir —le dijo Tosia a Janina, que cerraba el grupo.
—Hace semanas que me moría de ganas de reunirme con vosotros —contestó la otra.
—¿Y a qué se debe el retraso?
Janina se encogió de hombros.
—Esperábamos órdenes de Moscú, que pueden tardar una eternidad.
—¿Que esperabais órdenes? —preguntó Zuzi con voz ahogada—. ¿Mientras nosotros ardíamos?
Ella se encogió de hombros otra vez.
—Bienvenidas al mundo de Stalin. Ya os acostumbraréis.
—No lo haremos —dijo Zuzi con vehemencia.
Janina la miró con sorpresa y Tosia puso una mano sobre el brazo de Zuzi para calmarla.
—Vamos a instalar a estas tropas, ¿de acuerdo? —sugirió—. Y a darles de comer. ¿Habéis traído comida?
Janina negó con la cabeza.
—Nos han dicho que trajeron suministros por aire.
Zuzi y Tosia intercambiaron una mirada de consternación.
—Muy pocas cajas sobrevivieron a la caída —explicó Tosia—. ¿Tenéis armas?
—Por supuesto.
—Excelente.
Janina hizo una mueca.
—Aunque muchos de nuestros soldados no tienen una gran puntería.
Zuzi la miró, desconcertada.
—¿Por qué? ¿No sois un ejército?
—Más o menos. Quiero decir que sí, claro que lo somos, pero tenemos muchos nuevos reclutas que no han recibido un entrenamiento completo.
—¿Un entrenamiento completo?
—En realidad, no han recibido entrenamiento. Hemos realizado ejercicios mientras esperábamos a cruzar el río, pero no nos entregaron la mayor parte de nuestras armas hasta anoche, así que no ha sido fácil.
Zuzi miró de nuevo a Tosia. ¿Qué narices significaba eso? ¿Por qué enviaban a luchar a hombres que estaban todavía verdes?
—No es posible que todos vuestros soldados sean nuevos reclutas, ¿no?
Janina se pasó un dedo por dentro del cuello de la camisa y miró a su alrededor.
—Todos no —convino, aunque su tono era poco convincente—. A Moscú le pareció buena idea enviar antes a los hombres más… frescos, para asegurarse de que lográbamos nuestro objetivo.
—¿Antes? —Zuzi se aferró a esa palabra—. ¿Es que van a venir más?
—Sí, sí —confirmó Janina, aunque, una vez más, su tono no encajaba con sus palabras.
Miró a sus efectivos, que, según pudo comprobar Zuzi al observarlos más de cerca, consistían en un grupo de jóvenes con expresión de perplejidad, vestidos con piezas de uniforme desparejadas sobre bastos blusones de granjero—.
Nos aseguraron que vosotros teníais una nutrida fuerza en la ciudad y que nuestra única función era de refuerzo.
Zuzi apretó los dientes.
—Si tuviéramos una nutrida fuerza, Janina, ¿no crees que a estas alturas ya controlaríamos Varsovia?
Nos sublevamos porque Radio Moscú nos instó a hacerlo, con la promesa de que el Ejército Rojo llegaría en cuestión de días para consolidar nuestra liberación.
De eso hace un mes y medio, y aquí estamos, pendiendo de un hilo. Vosotros sois nuestro salvavidas.
—¿Salvavidas? —Janina tragó saliva en un gesto visible—. Bueno, haremos lo que esté en nuestras manos.
No era muy halagüeño, y Zuzi sintió que sus esperanzas respecto a aquella invasión se torcían como los cañones de las pistolas rusas.
Cuatro días después, sus peores miedos se habían confirmado.
A la noche siguiente habían llegado más efectivos del Primer Ejército Polaco, pero ninguno con experiencia o armamento, lo cual se había traducido en que el raquítico AK solo había sumado bocas que alimentar sin obtener a cambio ninguna ventaja militar.
Zuzi había hablado con varios de los soldados recién llegados y había averiguado que se trataba de granjeros montañeses de provincias, obligados a enrolarse en la fuerza polaca del Ejército Rojo sin tener apenas idea de cómo luchar e incluso menos acerca de la situación política.
Muchos apenas sabían que había una guerra, y dos no habían oído hablar de Hitler.
«Tenéis que saber quién es Adolf Hitler —había insistido Zuzi, furiosa—. El Führer de los nazis, el hombre que ha invadido de manera sistemática casi todos los países de Europa durante los últimos cinco años, en una ególatra misión para conseguir la dominación mundial».
«¿Qué es Europa?», había sido la respuesta de uno.
Zuzi se había desesperado.
A todas luces, enviar a aquellos granjeros pueblerinos a que se enfrentaran al poderoso ejército alemán habría sido una locura, sobre todo porque, después de unos cuantos disparos esporádicos para cubrir el segundo desembarco, el Ejército Rojo propiamente dicho los había vuelto a abandonar a su suerte.
El día anterior, cuando el sol había salido de detrás de las nubes, Zuzi había visto a los soldados rusos tomando el sol en la orilla, jugando a vóley y comiendo tranquilamente.
Mientras, por el oeste, Himmler había ordenado a los matones de la SS de Dirlewanger que atacaran Czerniaków, cosa que estaban haciendo con su habitual aplomo y brutalidad.
El club de vela había recibido un impacto directo de un lanzamisiles y el AK y sus inocentes ayudantes habían tenido que retirarse a casas abandonadas más alejadas del río, donde poco podían hacer aparte de acurrucarse juntos con desconsuelo y escuchar el rugido de sus estómagos vacíos.
«Quiero ayudar —le habían dicho a Zuzi muchos de los jóvenes polacos—. Quiero liberar la madre patria». Pero querer algo era muy distinto de ser capaz de hacerlo.
Era evidente que los rusos habían enviado a aquellos jóvenes para sacrificarlos de la misma manera que a los soldados abandonados del AK , y que Stalin jamás había tenido intención de acudir al rescate de Varsovia.
Se había limitado a hacer el amago de estar enviando ayuda para evitar que Bór negociara la rendición.
Miles de personas más morirían, y eso era precisamente lo que quería Stalin.
Zuzi pensó en los bocetos que había rescatado de la Central Telefónica, en los que un nazi llamado Pabst había reflejado sus ideas demenciales para destruir la capital de siglos de antigüedad en favor de una ciudad de tránsito a imagen y semejanza de una localidad alpina.
Sin lugar a dudas, Stalin tenía planeado algo parecido, aunque con más cemento y menos madera.
Tanto Alemania como Rusia veían Varsovia meramente como una zona en la que acomodar a su propia población, y los polacos eran un sacrificio necesario y poco relevante en el camino hacia aquel objetivo.
Su única esperanza eran los Aliados occidentales, pero los relucientes Liberator no habían vuelto a surcar los cielos y el día anterior Janina les había transmitido que Stalin había vuelto a bloquear el uso de sus bases aéreas.
También los había informado de que, ahora que los alemanes rodeaban Czerniaków, los rusos iban a mandar botes para que el Primer Ejército Polaco cruzara de nuevo el río y, en efecto, los inútiles soldados se habían ido por donde habían venido y el AK volvía a estar solo.
—¿Qué hacemos? —le preguntó Zuzi a Bartek.
—Tenemos que volver a Ś ródmie ś cie. Los alemanes tardarán un día o dos en invadir Czerniaków, y para entonces no podemos estar aquí o…
Se interrumpió, pero a Zuzi no le hacía falta que terminara la frase.
Sabía de sobra que si los nazis los pillaban «asociándose» con los rusos, los ejecutarían en el acto.
Eso si tenían suerte, porque así evitarían a las mujeres las prácticas más brutales de la SS , un pensamiento que provocó un escalofrío a Zuzi.
Cuánto echaba de menos a su familia… Había acudido a aquella posición para allanar el camino al ejército que iba a liberarlos y, en lugar de eso, ahora se hallaba atrapada en una zona de la ciudad distinta de la de sus seres queridos.
Pensó en la pobre Hana y rezó para que siguiera con vida y se estuviera curando gracias a los medicamentos estadounidenses.
Pensó en Orla, recién casada y cuidando de su hermana; y en Jacob, que se esforzaba por conservar su entusiasmo en la lucha frente a la amenaza constante de la muerte.
Pensó en Magda, que seguía horneando pan para toda Varsovia mientras se preocupaba por el destino de sus hijos.
«Por encima de todo, soy madre —les había dicho—.
Vosotros sois los monumentos de mi vida y no quiero que os derriben».
Zuzi se asomó para mirar los tanques alemanes, que estaban cada vez más cerca. Ella tampoco quería que la derribaran, pero todos los informes indicaban que el enemigo había cortado sus rutas de escape hacia el norte.
—¿Cómo volveremos? —preguntó, nerviosa.
Bartek hizo una mueca.
—Controlan las alcantarillas y el río, lo cual nos deja un solo camino.
—¿Por tierra?
Asintió con expresión tétrica.
—He hablado por radio con Agaton, en el cuartel general, y hemos identificado un punto de acceso en la avenida Jerusalén donde hay una barricada del AK que los alemanes no tienen bien cubierta.
Hay unos cuantos francotiradores en los edificios cercanos, pero, si reunimos las armas que nos quedan y organizamos un ataque total, podemos lograrlo. O al menos algunos. —¿Algunos?
—Es mejor que ninguno.
Desde ese punto de vista, tenía su parte de razón, suponía Zuzi, pero no era una posibilidad que la emocionara. Bartek le puso las manos en los hombros con afecto.
—Lo siento, Zuzi.
—No es culpa tuya.
—Fui yo quien os pidió a ti y a las otras Minerki que nos acompañarais. Yo os metí en esta situación y te prometo que os voy a sacar de ella.
—Nosotras decidimos venir, Bartek. Podemos cuidar de nosotras mismas.
Él sonrió.
—No me cabe duda. Mi Bron ha elegido bien.
—¿Elegido?
—Sé que le importas mucho, Zuzi.
—¿Te lo ha dicho él?