Treinta y siete
TREINTA Y SIETE
ZUZI
—¡Sí!
Mientras el puente de Poniatowskiego se desplomaba con un estallido y un sonoro crujido de dolor metálico en las aguas del Vístula, teñidas de rosa por la luz de la puesta de sol, Zuzi lo celebró con otras cuatro componentes de la Minerki y el raquítico pelotón de Bartek.
Por triste que fuera ver destrozada aquella magnífica obra de ingeniería, era más importante lo que eso significaba para Varsovia.
Los puentes podían reconstruirse; en aquel momento lo que contaba era la libertad.
—Se están retirando —gritó Tosia, que cogió las manos de Zuzi y se puso a bailar con ella por la orilla—. Los alemanes abandonan Varsovia. ¡Hemos ganado!
—Aún no —dijo Bartek con cautela, aunque su rostro estaba iluminado por una sonrisa mientras contemplaba los pedazos de metal roto que asomaban del agua—. Pero debe de ser solo cuestión de tiempo.
Los nazis habían volado ambos puentes por el lado de la ciudad, lo que solo podía significar que habían perdido la esperanza de detener de cualquier otra forma el renovado avance ruso.
Y no les serviría de nada, porque todos veían con nitidez cómo el Ejército Rojo se acercaba a la otra orilla desde el sur, con botes hinchables de fondo plano.
Durante los dos últimos días, los tanques soviéticos habían atacado sin descanso la orilla oriental del río, y ahora la habían tomado y estaban listos para adentrarse en la ciudad.
Los informes apuntaban a que el Primer Ejército Polaco —compuesto en su mayor parte por los hombres apresados por los rusos cuando habían invadido Polonia al comienzo de la guerra, y a los que habían liberado en 1941 para que lucharan junto a ellos— iba a cruzar el río, y ahora todos veían con sus propios ojos cómo se preparaba para hacerlo.
De alguna manera, habían convencido a Stalin para que ayudara a los insurgentes, así que la liberación sería cuestión de días.
Zuzi recordó la época anterior al levantamiento, cuando Hana, Orla y ella habían visto a los Volksdeutsche embargados por el pánico correr hacia la estación de tren para huir y a las tropas de la Wehrmacht dispersarse en retirada ante el avance del Ejército Rojo.
Varsovia se había sublevado para allanar el camino a los rusos y los rusos se habían quedado de brazos cruzados un día tras otro, tras otro, tras otro, convirtiendo la vida de los varsovianos en un infierno que había robado a los D ą browska dos casas, muchos amigos, la vida de Babcia Kamilla y la pierna de Hana.
Habían pagado un precio muy alto, pero parecía que, por fin, los rusos habían decidido cumplir con su parte del trato.
Por desgracia, los gloriosos aviones estadounidenses no habían regresado.
El otoño había llegado de improviso y el tiempo había empeorado, con densas nubes que impedían volar a aquellos enormes aeroplanos que tenían poco margen de maniobra.
A nadie se le escapaba la siniestra ironía de que el sol hubiera brillado a plomo mientras Stare Miasto ardía sin que nadie acudiera en su ayuda, y ahora que había ayuda disponible las nubes habían decidido cubrir el cielo.
Los más escépticos murmuraban que quizá Dios no quisiera una Varsovia libre, pero era el hambre la que hablaba por ellos.
Los caminos del Señor eran inescrutables y, si Él quería enviar ayuda mediante barcos en vez de aviones, a Zuzi ya le parecía suficiente.
Además, corría el rumor de que los rusos también iban a traer suministros, seguramente esa misma noche, y la Minerki debía permanecer en posición para recogerlos.
Zuzi no tenía ni idea de qué había sucedido en los pasillos del poder, pero se alegraba de que los Aliados hubieran presionado.
Solo podía rezar para que, si Stalin estaba trabajando con Churchill y Roosevelt para rescatar Varsovia, eso les proporcionara protección ante la codicia imperialista del soviético.
La invasión de Polonia era lo que había comenzado aquella maldita guerra y, sin duda, el mundo entero celebraría la liberación del país.
—¡Aviones! —exclamó Tosia.
Zuzi miró hacia el cielo, rojo como la sangre, y vio las formas oscuras que se acercaban por encima del río.
Eran mucho más pequeñas que los aviones estadounidenses y volaban mucho mucho más bajo; tan bajo, de hecho, que Zuzi tuvo que reprimir el instinto de agacharse mientras planeaban sobre la línea que dibujaba el Vístula, sobrevolaban los arcos del puente derruido y giraban en dirección a Varsovia; Los hombres de Bartek habían encendido sus linternas y hacían señales para revelar su posición, y Zuzi vio que las compuertas se abrían y los paquetes empezaban a caer.
Por lo visto, todo el mundo había decidido enviar regalos a los varsovianos, y Zuzi subió a la carrera la cuesta que empezaba en la orilla hasta el terreno plano sobre el que los estaban lanzando.
Y enseguida echó a correr de nuevo.
Los suministros de los rusos iban dentro de cajas madera que no tenían paracaídas, de modo que caían a gran velocidad y se estrellaban contra el suelto con gran estruendo.
Zuzi se refugió en el club de vela que usaban como base y contempló que caían más y más, y que se abrían con el golpe y su contenido se desparramaba sobre el suelo.
—¿Por qué lo hacen? —susurró.
—Vuelan demasiado bajo para usar paracaídas —explicó Tosia desde la puerta de al lado—. No les daría tiempo a abrirse.
—Pues que vuelen más alto —dijo Zuzi, mientras una caja aterrizaba a metros de ella y estallaba en astillas de madera que volaron por el aire como metralla, obligándola a pegarse a la pared interior para que no la alcanzaran.
—Si lo hacen, los paquetes acaban en la zona alemana —exclamó Tosia, y Zuzi se alegró de escuchar que seguía con vida.
Los aviones casi habían terminado su misión y ahora sobrevolaban Varsovia para descargar unos cuantos proyectiles sobre los nazis antes de volver a casa.
Una vez se aseguraron de que no había peligro a la vista, los miembros del AK salieron de sus escondites y se encontraron cajas por todas partes, como si una fiesta de cumpleaños se hubiera desmadrado.
Zuzi vio a dos de los chicos de Bartek trepar por un árbol para coger una de la rama más alta, mientras otros dos contemplaban atónitos la cúpula de una iglesia cercana donde otro paquete había quedado encallado contra una tubería.
—Cojamos esos que hay en el suelo —indicó Tosia.
Zuzi asintió con la cabeza y avanzó agachada hasta el más cercano, del que se habían desparramado armas de aspecto muy prometedor, pero al coger la primera vio que el impacto de la caída había doblado el cañón, mientras que una segunda había perdido el gatillo y una tercera se había partido por la mitad.
—Por lo menos hay munición —dijo Tosia, cogiendo las cajas llenas de balas.
Pero al observarlas de cerca, vieron que eran —como no podía ser de otra manera, suponía Zuzi— de fabricación rusa y, en consecuencia, inservibles para las armas polacas, diseñadas para funcionar con munición británica y también alemana, si la capturaban.
—A lo mejor los expertos en armamento pueden hacer algo con ellas, ¿no? —sugirió Zuzi.
Pero los expertos en armamento se hallaban en Ś ródmie ś cie, así que de poco les servían allí, en el extremo meridional de la ciudad.
Zuzi miró hacia el río. Casi había anochecido y el Vístula era una franja oscura, pero en la otra orilla las luces que se movían afanosamente señalaban las posiciones rusas.
—Si el Ejército Rojo viene, traerá armas, ¿no? —dijo.
—Sí —convino Tosia—. Y quizá haya otras cajas que han corrido mejor suerte que las nuestras.
Y, en efecto, así era. La que había caído sobre el mullido árbol estaba intacta, y los hombres cargaron con júbilo sus armas rusas y apuntaron con ellas hacia las posiciones alemanas, que por suerte se hallaban todavía fuera de su alcance, en el límite occidental de Czerniaków.
Bartek se las había arreglado para abrir un agujero en la cúpula de la iglesia para recuperar la caja que había caído allí y que contenía más armas.
Las que habían caído en el suelo, sin embargo, tenían poco que ofrecer.
Los cereales de una se habían desparramado por el suelo sucio, aunque dos Minerki habían recogido con diligencia tantos como habían podido, con la esperanza de que, si lo hervían a conciencia, pudieran matar los gérmenes.
El cargamento de otra caja era, a todas luces, de granadas, varias de las cuales habían perdido las anillas al golpear al suelo, como era de esperar, y habían destrozado las demás al estallar.
Cuando el pequeño grupo hizo recuento de su botín, descubrieron que era, en efecto, escaso.
—Es mejor que nada —dijo Bartek con determinación—. Al menos eso quiere decir que ahora están de nuestra parte, y es posible que los barcos lleguen por la mañana.
Zuzi suponía que tenía razón, así que se echó a dormir con el resto de su grupo mientras rezaba para que el amanecer trajera consigo un nuevo rayo de esperanza.
Y así fue. Tosia la sacudió para despertarla con las primeras luces del día.
—Escucha, Zuzi.
Esta aguzó el oído y, al distinguir el inconfundible chapoteo de remos en el agua por encima de los ronquidos de los soldados del AK, agarró a su jefa.
—¿Vienen?
—Eso parece. Vamos.
Zuzi despertó a las demás con una sacudida y todas bajaron con paso vacilante a la orilla, donde entre la niebla otoñal vieron un regimiento de botes hinchables que se dirigía a su muelle.
Tras coger sus nuevas armas, los soldados del AK se dirigieron a la carrera a sus puestos de defensa, mientras Zuzi, Tosia y las otras dos chicas corrían al muelle con Bartek para ayudarlos a amarrar.
Sorprendidas, vieron que la primera oficial que bajaba de un salto era una mujer alta, rubia e imponente, que se acercó a zancadas y les tendió la mano.
—Janina Blaszczak —se presentó en un polaco fluido—. Líder de la tercera división de infantería pomerana del Primer Ejército Polaco.