Treinta y seis #3
Szymon cogió el saco de cartas y se lo llevó a los scouts que repartían el correo, mientras los D ą browska se dirigían dando traspiés hacia la segunda bomba caída del cielo.
El viento arreciaba y varios de los preciados paquetes flotaron hacia el oeste, por encima de las barricadas alemanas.
A Orla le entraron ganas de llorar al pensar que el enemigo iba a hacerse con los suministros que tanto necesitaban, pero estos seguían cayendo del cielo y se obligó a concentrarse en los que podía alcanzar, en lugar de desperdiciar su energía lamentándose por los que quedaban fuera de su alcance.
A su derecha se desató una pelea impropia por los alimentos que se habían derramado de un paquete y Jacob salió disparado para sumarse a la disputa, pero entonces Szymon regresó con varios de sus hombres y pidió orden a gritos.
—El AK se hará cargo de la distribución —anunció.
—¿Igual que se ha hecho cargo de la ciudad? —replicó alguien con amargura—. De no ser por vuestros mezquinos jueguecitos de poder, ahora no estaríamos en esta situación.
—¿Mezquinos jueguecitos…? —jadeó Szymon—.
Yo escapé del gueto el año pasado; he visto con mis propios ojos lo que los nazis le pueden hacer a una nación y sé que venían a por los polacos.
Tenían planes de destruir la ciudad entera y los habrían llevado a cabo, con todos nosotros dentro.
El levantamiento era nuestra única opción de salvarnos.
—Pues no ha funcionado.
—Tal vez ahora sí.
El capitán señaló al último de los relucientes aviones estadounidenses que seguía dejando caer suministros sobre Varsovia, y su interlocutor resopló.
—Eso espero. Lo espero de corazón. Y ahora, chocolate, por favor.
Szymon y sus hombres se embarcaron en la delicada tarea de distribuir los alimentos de forma equitativa. Aunque admiraba su disciplina, Orla no pudo evitar alegrarse cuando Jacob se acercó a la carrera con dos tabletas de contrabando.
—Llévaselas a Hana —dijo—. Llévaselas a Hana y dile que este es el sabor de la libertad.
—¿Tú no vienes, Orls?
—Enseguida. ¿Puedes llevarte también a Nella? Quiero ver si hay medicamentos.
Le entregó a la bebé, que trató de zafarse mientras Jacob hacía una mueca, y se dio la vuelta para ir a la búsqueda de medicinas.
En la mayoría de los paquetes parecía haber armas y municiones, y, aunque Orla sabía que las necesitaban para defenderse, se le partía el corazón al ver llegar más armas que infligirían más daño, en lugar de material médico para aliviar el dolor de los varsovianos heridos.
El último avión estadounidense desapareció en el horizonte mientras los nazis disparaban a la gente que trataba de hacerse con sus premios.
—¿Es que no tenéis humanidad? —chilló Orla en su dirección.
Como respuesta, una bala rebotó en la pared detrás de ella y Eduard la arrojó al suelo.
—No vale la pena, mi vida. Ya queda poco. Deja que se pudran en su odio y mantente con vida por mi amor.
Ella le dio un beso largo y profundo, hasta que alguien le dio una patada en el pie y, al alzar la vista, Orla se encontró a Zuzi erguida sobre ellos con los brazos en jarras.
—Siento interrumpiros, pero he pensado que esto os interesaría.
Sostuvo algo en alto, pero, ahora que los aviones se habían marchado, el sol caía de nuevo a plomo y Orla no vio nada, así que se puso en pie con gesto vacilante y pegada a la pared.
—¿Qué es? —Y entonces lo vio: una gran bolsa blanca con una cruz roja estampada—. ¡Medicamentos!
Eduard también se levantó y, tras arrebatarle la bolsa a Zuzi, los tres entraron en el hospital.
—¡Bron! —llamó Orla—. Mira, Zuzi ha encontrado medicamentos.
—Es una chica increíble —dijo él, mientras se acercaba apresuradamente para echar un vistazo y Zuzi se ponía roja como un tomate.
—¿Todavía no has hecho nada con este joven encantador? —susurró Orla, y Zuzi se puso aún más roja.
—En este momento hay cosas más importantes que unos besos —dijo con seriedad.
Orla sonrió.
—Tienes razón, querida hermana, pero es una manera deliciosa de pasar el tiempo.
—¡Orla! Qué superficial eres.
—¿Por preferir los besos a las balas?
—No, eso es normal, en general, pero ahora mismo tenemos una guerra que ganar y estamos a punto de hacerlo.
Los rusos han permitido por fin a los estadounidenses usar sus bases y alguien acaba de decirme que el Ejército Rojo se ha puesto de nuevo en marcha.
Según Tosia, han ordenado a la Minerki que vaya a Czerniaków.
—¿Por qué?
Zuzi se puso a dar saltitos de emoción.
—Porque el AK controla un muelle allí y los rusos van a enviar al Primer Ejército Polaco.
—¿El comunista?
—A estas alturas, ¿qué más da? Con los estadounidenses por cielo y los polacos y rusos por tierra, cruzando el Vístula, la victoria tiene que estar cerca.
Luego nos dedicaremos a atender a nuestra gente y a reconstruir nuestra ciudad.
Venga, vamos a decírselo a Hana. Le hará tanto bien como las medicinas de esa bolsa.
Tenía su parte de razón, así que Orla la cogió del brazo y siguió a Bron hasta la cama de Hana.
Jacob se encontraba ya allí con Nella, introduciendo en la boca de la mayor de las hermanas D ą browska pedazos de chocolate mientras Magda la animaba con entusiasmo.
En el paquete de primeros auxilios había morfina e incluso, milagro de los milagros, penicilina para prevenir infecciones en la pierna amputada de su hermana.
—Te pondrás bien, Han-Han —le prometió Orla, con toda la familia reunida alrededor de la cama—. Tú te pondrás bien y todos seremos libres. La libertad está a la vuelta de la esquina.