La mensajera Treinta y seis #2
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Treinta y seis #2

—Voy a intentar cerrar la herida con ligaduras en lugar de cauterizarla. Hay un cirujano francés que emplea esa técnica con mucho éxito y he estado leyendo sobre el procedimiento. Tardaré más, pero es menos brutal.

—Gracias.

Orla tuvo que morderse con fuerza el labio para obligarse a permanecer junto a la mesa de operaciones, aunque al menos se libró del crepitar de la carne quemada que la había hecho vomitar la primera noche del levantamiento.

Bronis ł aw trabajó con lentitud y paciencia hasta terminar la operación y detener la hemorragia.

—Tenemos que vendarla.

Orla asintió y soltó su mano de la de Hana, que seguía férreamente asida a ella a pesar de haber perdido el conocimiento, y luego cogió el dobladillo suelto de su vestido y rompió una larga tira del borde.

Era la tela más limpia en la que podía pensar, aunque ni de lejos lo bastante limpia para su gusto.

Al mirar la falda de Hana, empapada en aguas residuales, pensó horrorizada en todo lo que podía haber reptado dentro de su herida para instalarse en su carne e infectarla desde dentro.

—¡Malnacidos! —gritó hacia el techo—. Lo único que quería eran unos mapas y habéis tenido que hacerle esto. ¡Malnacidos! ¡Malnacidos!

Presa de la desesperación, Orla repitió una y otra vez el insulto, y Eduard tuvo que cogerle las manos y abrazarla con fuerza para que ella pudiera desahogar su rabia sobre su pecho.

—No ha muerto, Orla —dijo él con delicadeza—. Todavía está aquí, con nosotros, y tenemos que hacer todo lo posible para que siga siendo así.

Tenía razón, por supuesto. Maldecir a gritos a un enemigo indiferente no iba a servir de nada, así que Orla se alisó lo que quedaba de su vestido, cogió vino y su paño más limpio, y empezó a limpiar poco a poco y con meticulosidad hasta el último centímetro de la herida.

Y, si sus lágrimas caían sobre ella sin parar, mejor que mejor, pues tal vez tuvieran la capacidad de curarla.

Justo cuando estaban vendando el muñón, Magda llegó con Zuzi y un asustado Jacob pisándoles los talones. Magda llevaba a Nella en brazos y Orla cogió a su hija adoptiva y la abrazó mientras Magda incorporaba a una Hana aún inerte y la apretaba con fuerza contra su busto.

—Mi niña; mi pobre niña.

Hana abrió débilmente los ojos y miró a su madre.

—Mama. —Le dedicó una media sonrisa antes de hacer una mueca de dolor—. Lo siento, Mama.

—¿Pero qué dices? No sientas nada, hija mía, solo sé fuerte, como siempre lo has sido. Estamos todos aquí contigo. —Los D ą browska se arremolinaron alrededor de la cama—. Te pondrás bien, te recuperarás y construirás una nueva Varsovia para todos nosotros, lo sé.

—Si no nos matan antes —masculló Hana en tono pesimista.

Orla sintió que todas las miradas se clavaban en ella. Sin embargo, aunque sabía que por lo general era la que aportaba un rayo de esperanza en esas situaciones, en aquel momento tenía los ojos llenos de lágrimas y era incapaz de ver nada.

—No… —empezó, pero no encontró las palabras.

—¿Qué es eso? —preguntó Jacob mientras miraba hacia arriba, y Orla agradeció la interrupción.

—¿El qué? —dijo Eduard.

—Aviones —contestó Jacob—. Escuchad; oigo aviones.

Orla se esforzó por escuchar por encima del eco de los gritos de Hana que resonaban en su cabeza, y se dio cuenta de que su hermano tenía razón. Había motores en el cielo, pero su sonido no se parecía en nada al silbido de los Stuka, ni siquiera al zumbido constante de los Halifax británicos.

—¿Qué son? —preguntó, confundida.

Y fue entonces cuando Szymon Ancel irrumpió en el hospital.

—¡Los estadounidenses! —gritó—. ¡Por fin vienen los estadounidenses!

Tras salir corriendo a la calle, vieron un enjambre de enormes aviones que surcaban el cielo azul sobre Varsovia, como si Dios hubiera enviado una horda de ángeles plateados.

De pie junto a Eduard, Orla miraba hacia arriba con asombro a medida que las aeronaves se acercaban.

Los Liberator que durante tanto tiempo habían esperado eran inmensos y debía de haber al menos cincuenta, que volaban casi ala con ala y cubrían la ciudad con una agradable sombra.

—Es un milagro —murmuró Orla.

A su alrededor, la gente salía apresuradamente de sus casas, señalaba hacia arriba y vitoreaba y bailaba en las calles destrozadas por la guerra.

Nella, que estaba en brazos de Orla, levantó sus manitas hacia los ángeles plateados en un intento de tocar sus relucientes fuselajes.

El sol destellaba en los aviones y, al acercarse, hasta pudieron distinguir a los pilotos que se asomaban por la ventana para saludar.

Al final de la calle, detrás de la barricada, los alemanes se habían quedado petrificados mientras contemplaban el imponente despliegue, conscientes que de que sus minúsculas balas no tenían nada que hacer ante la robustez de los aeroplanos estadounidenses.

—¡Vienen a liberarnos! —gritó Szymon, y en efecto, los gigantescos aviones parecían anunciar la libertad.

—¿De verdad? —le preguntó Orla a Eduard—. ¿De verdad los Aliados han venido a salvarnos? ¿Lo hemos logrado?

Sintió que la alegría la inundaba y alejaba de sí el lúgubre miedo de la amputación de Hana, que había tenido lugar menos de una hora antes.

Los estadounidenses llegaban con comida y medicamentos y, más emocionante aún, con tolerancia.

Eran los más occidentales de los occidentales y, si habían venido a ayudar, sin duda Varsovia estaba salvada.

Ellos echarían a los nazis fascistas de la ciudad e impedirían que los rusos les impusieran el comunismo, de modo que Polonia podría vivir con paz y libertad.

—¡Mirad! —gritó alguien, señalando emocionado al cielo con el dedo.

Todo el mundo lo hizo entre más vítores mientras las compuertas de las bombas de los primeros aviones se abrían y empezaban a arrojar paquetes, cuyos blancos paracaídas se abrían para que flotaran con suavidad por los aires antes de aterrizar en el suelo.

Orla contempló con incredulidad aquel repentino cambio de la suerte de los varsovianos.

Desde el comienzo del levantamiento, habían creído que todo el mundo se había olvidado de ellos cuando, en realidad, los Aliados habían estado haciendo todo lo posible para llegar hasta su ciudad; y ahora estaban allí.

Magda se había quedado dentro del hospital con Hana, pero Jacob y Zuzi corrieron en desbandada con muchos otros para alcanzar el primero de los paquetes verde oscuro, que, aunque tenían forma de bomba, no traían consigo destrucción, sino salvación.

Jacob abrió los cierres que había en los lados y se puso a hurgar en su interior, entusiasmado, pero enseguida hizo una mueca.

—Son solo cartas —dijo, decepcionado—. ¿De qué nos sirve un montón de cartas?

—Le servirá a la gente a la que van dirigidas —señaló Orla—. Seguro que las palabras de sus seres queridos que se hallan lejos de aquí les dan mucha esperanza.

—Supongo que sí —gruñó Jacob—, pero sería mejor chocolate, ¿no?

—O morfina —añadió Zuzi, y Orla no pudo sino darle la razón.