La mensajera Treinta y seis
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Treinta y seis

TREINTA Y SEIS

ORLA

Orla se desprendió a regañadientes del abrazo de Eduard y estiró el cuerpo en el minúsculo cuartito de almacenaje que ahora era su hogar, deleitándose con los últimos minutos de su breve descanso antes de que comenzara el turno de noche.

Al pie de su colchón había una caja de cartón que Nella usaba como cuna, aunque, si ambos tenían que trabajar, la niña se quedaba en la casa con Magda.

Las panaderías, incluso las que funcionaban con dificultades, eran menos impredecibles que los hospitales, y Orla quería que Nella disfrutara de la mayor estabilidad posible, un propósito tal vez absurdo dada la funesta situación de Varsovia, pero un propósito al fin y al cabo.

—Supongo que tenemos que levantamos —le dijo a su marido, que extendió un brazo adormilado hacia ella.

—¿No podemos quedarnos aquí para siempre?

La idea era tentadora. A pesar de hallarse en un trastero, su cama de matrimonio había resultado tan deliciosa como su madre había prometido y, algunos días, Orla aborrecía cada minuto que pasaba fuera de ella.

Sin embargo, estaban en guerra y no podían permitirse el lujo de una luna de miel.

A veces, tendidos uno en brazos del otro después de un momento de pasión robado a sus obligaciones, Eduard le hablaba de los sitios a los que las llevaría a Nella y a ella cuando todo aquello terminara y, acurrucada junto a él mientras escuchaba sus descripciones de playas, montañas y casitas en las colinas, Orla creía que ese día llegaría.

Pero entonces alguien gritaba de dolor en el hospital y se veía arrastrada de nuevo a la realidad de la guerra y el sufrimiento.

«¿Por qué la gente no se conforma con lo que tiene?», se había lamentado en más de una ocasión.

«Algunas personas son codiciosas», era lo único que podía contestar Eduard.

En opinión de Orla, Hitler era el hombre más codicioso del mundo, quizá con la excepción de Stalin, y Polonia tenía la desgracia de encontrarse atrapada entre ambos.

Siempre había sido así. Dejó que Eduard tirara de ella para darle otro beso, pero entonces escuchó el ruido de puertas al abrirse y alguien que llamaba a gritos a una enfermera.

—¡Orla! —se oyó a continuación, en voz más alta y urgente—. ¡Orla, por favor, ven enseguida!

—Zuzi —jadeó ella.

Tras ponerse en pie de un salto, cogió el vestido que descansaba sobre un lado de la cuna de Nella y se lo puso con torpeza, desgarrando el dobladillo con las prisas.

Eduard también se había levantado y se había puesto los pantalones y la camisa para seguirla al hospital.

La imagen con la que se encontró Orla fue la más horrible que había visto en su vida, incluso durante el último mes.

Bartek cargaba con Hana precedido por Bronis ł aw, que pedía a gritos que le hicieran sitio en la mesa de operaciones, y con una llorosa Zuzi a su lado.

El cuerpo de Hana descansaba inerte sobre los fuertes brazos de Bartek, cubierto de suciedad —igual que el de él y el de Zuzi— y con las medias rotas, que dejaban a la vista una herida abierta en su pantorrilla izquierda.

La carne estaba tan desgarrada que Orla vio el hueso de su hermana, que asomaba con una blancura enfermiza entre la porquería, y el brillo de una bala incrustada en él.

Sintió que se mareaba, pero se apoyó un instante en Eduard para superar la sensación y hacer acopio de fuerzas para acercarse a sus hermanas.

—¿Qué ha pasado?

—Una bala —contestó Zuzi de manera sucinta—. Y luego una larguísima caminata por las alcantarillas. Creo que los escombros que flotan en las aguas le han magullado la pierna y se la han abierto.

Orla vio a qué se refería y corrió junto a la cabeza de Hana.

—¿Está viva? —Pegó una mano al pecho de su hermana mayor y notó el latido de su corazón—. Lo está. Gracias a Dios.

—¡Tata! —llamó Bron desde la mesa de operaciones—. Traedla enseguida. Y que alguien vaya a buscar agua, vino o… o cualquier clase de líquido. Tenemos que limpiarla lo mejor que podamos.

Orla asintió pero no pudo obligar a sus piernas a alejarse de Hana, y fue Zuzi la que corrió a coger un cubo y lo vació sin ceremonias sobre la pierna herida. Hana recuperó el sentido, sobresaltada, y miró a los ojos de Orla con una expresión de miedo.

—Orla. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

—Estás en el hospital, cariño —le explicó Orla, adoptando su bien ensayado tono de enfermera para tranquilizarla—. Tienes un corte feo en la pierna, pero Bron está aquí y vamos a curártelo. Pronto estarás bien, no te preocupes.

—Me duele —gimoteó Hana—. ¿Qué ha pasado?

—Te han disparado.

—En la universidad —intervino Zuzi—. ¿Te acuerdas? Los nazis han aparecido por la esquina y uno de esos cabrones te ha disparado cuando ibas a meterte en la alcantarilla.

Orla torció al gesto al imaginar a sus dos valientes y locas hermanas alejándose a trompicones del fuego enemigo.

—Los mapas —jadeó Hana—. ¿Los hemos podido sacar?

—Sí, sí. Bartek los lleva a la espalda.

—Qué bien. Qué… ¡Au! —Alguien había traído vino y Bronis ł aw lo había arrojado sobre la herida en carne viva. Hana buscó a tientas la mano de Orla y se la agarró con fuerza—. Es grave, ¿verdad, Orls? Muy grave. Pero no me voy a morir, ¿no? No dejarás que me muera, ¿verdad?

—No dejaré que te mueras —le aseguró Orla con vehemencia.

Tal vez ella no fuera tan valiente, osada o atrevida como sus hermanas, pero podía cuidar y cuidaría de su familia con la ferocidad de una leona con su cachorro.

—¿Dónde está Mama? —gimoteó Hana—. Que alguien vaya a buscar a Mama.

—Yo iré —se ofreció Zuzi, y salió disparada hacia la puerta, dejando a Orla sola con su hermana herida.

Orla notó que el pánico empezaba a invadirla y miró a Bron.

—¿Cómo lo ves? —le preguntó en voz lo más baja posible.

La mirada que él le dedicó le heló la sangre.

Echó otro vistazo a la pierna de su hermana, pero había visto demasiadas heridas como aquella para dudar de lo que le quería decir Bronis ł aw.

No había manera de salvar la parte inferior de la pierna, de modo que la única opción era amputarla para proteger el resto.

Pero Orla era incapaz de hacerlo. Si ya había estado a punto de desmayarse por sujetar la pierna de un desconocido, hacerlo con la de su hermana sería demasiado para ella.

—No —susurró.

Bron extendió el brazo y le dio un rápido apretón en la mano.

—No tienes que hacerlo, Orla. Lo entiendo.

—Yo ayudaré —se ofreció Eduard.

Pero, al escucharlo, Hana se aferró con más fuerza a la mano de su hermana.

—No te vayas, Orla. Tengo miedo.

Aterrorizada también, Orla miró a Hana. Era su hermana mayor, la más tranquila, segura y organizada.

Zuzi era la hija alocada y Orla… Orla solo era Orla, la que se dedicaba a sus cosas con discreción, con la confianza de que sus hermanas mayores cuidarían de ella.

Ahora, sin embargo, se habían cambiado las tomas.

Hana necesitaba que Orla cuidara de ella, y no podía defraudarla.

—No me iré a ninguna parte —dijo, antes de erguir los hombros y mirar a Bronis ł aw—. Puedo hacerlo —le dijo—. Por Hana.

Bronis ł aw levantó la sierra, que parecía un monstruo infernal con la boca abierta.

Las sienes de Orla se perlaron de sudor al pensar que iba a hincarla en el cuerpo de su hermana, pero Eduard se encontraba a su lado para secárselo con un pañuelo.

Orla se concentró en su hermana mientras Bartek sacaba su petaca y la animaba a beber el vodka que quedaba.

Hana estaba ahora espantosamente lúcida.

—¿Me la vais a cortar? —le preguntó a Orla, que se mordió el labio—. Puedes decírmelo. Al fin y al cabo, es solo una pierna.

—Media —la corrigió Orla.

—Espero que sea la mitad inferior —comentó Hana, en un tono un poco irracional.

Orla no estaba segura de si sus palabras se debían al dolor o al vodka, pero procuró sonreír igualmente.

—Te va a doler, Han-Han.

—Pero tú estarás aquí, ¿verdad? —El miedo volvió a cruzar el rostro de Hana—. ¿Estarás a mi lado?

—No me apartaré de ti.

—¿Preparada? —preguntó Bronis ł aw.

Eduard también tenía que secar el sudor de la frente del joven médico y Orla sintió pena por Bron y la horrible tarea a la que se enfrentaba.

Recordó el primer día del levantamiento, cuando todo había parecido ir tan bien y, de improviso, las puertas del hospital se habían abierto de par en par y se habían encontrado con su primera amputación.

Aunque con el tiempo se había convertido en algo espantosamente habitual para el pobre Bron, eso no lo hacía más fácil.

Y ahora era la querida hermana de Orla la que estaba en sus manos.

—Hazlo rápido —le suplicó Hana.

—Lo más rápido que pueda. Sujétala.

Orla respiró hondo, muy hondo, y colocó la mano sobre el muslo de su hermana. Hana estaba aferrada con fuerza a la otra, de modo que fue Eduard el que procedió a inmovilizarle el pie.

—Ahora —dijo Bron, y hundió la sierra en la delgada pierna.

Hana gritó y Orla hizo presión sobre su muslo indinándose lo máximo posible sobre ella y mirándola a los ojos.

—Estoy aquí, Hana. No te dejaré. Enseguida acabará todo, te lo prometo.

Escuchó el raspar de la sierra, igual que había hecho el primer día del levantamiento, y notó la sangre que se derramaba sobre su mano.

La primera vez se había quedado descolocada, pero ahora ya nada podía sorprenderla, aunque el hecho de que fuera su hermana la que tenía que someterse a la amputación era una pesadilla en sí misma.

—Te quiero, Han-Han —dijo.

Hana tenía los ojos desorbitados y dejaba escapar gemidos agudos de desesperación. Orla se agachó para besarle la cara y apartarle de la cara el pelo mojado con los labios, mientras la sujetaba con fuerza sobre la mesa de operaciones.

Y entonces todo terminó con un chasquido cuando la sierra cortó por completo el hueso y se clavó en la madera de la improvisada mesa de operaciones. Por suerte, Hana se había desmayado y, mientras Eduard se llevaba en silencio la extremidad, Bron se volvió hacia Orla.