Treinta y cinco
TREINTA Y CINCO
ZUZI
Los cuatro soldados se acercaban a buen ritmo, con el águila plateada nazi de sus guerreras brillando a la luz de la luna y el dedo sobre el gatillo de sus Luger.
Zuzi no tuvo tiempo de pensar antes de sacar una granada del cinto, tirar de la anilla, colocarse en el hueco de la puerta entreabierta y lanzarla directamente hacia ellos.
—Por Tata —susurró, mientras la granada volaba por el aire y estallaba al impactar en el suelo, justo entre los alemanes—. ¡Y por Babcia!
Uno de los hombres se desplomó, dos tropezaron y cayeron de lado, y el otro se agachó en una posición defensiva. Eso les dio todo el tiempo que necesitaban.
—¡Adelante! —instó Bartek a sus hombres.
Él mismo abrió el camino y le pegó un tiro al hombre agachado, mientras los otros soldados del AK mataban a los dos que se habían caído y uno corría hacia la boca de las alcantarillas y la abría para que todos pudieran meterse.
—¡Salta! —gritó alguien desde el túnel, y Zuzi vio unas manos que se alzaban hacia ella.
—Tú primero —le dijo ella a Hana.
Se oyó un grito y otros dos hombres aparecieron por la esquina del edificio. Bartek, que seguía haciendo guardia, disparó a uno, pero entonces Zuzi lo oyó maldecir porque se había quedado sin balas, así que cogió una granada.
—¡Vete! —le chilló a Hana, y se alegró al verla tomar impulso para saltar, pero en ese momento otra bala silbó en el aire y le llegó el turno a Hana de chillar.
Furiosa, Zuzi lanzó la granada, que alcanzó al nazi que se acercaba en el estómago y explotó en una espantosa lluvia de sangre y vísceras.
Pese a las arcadas que la asaltaron, no había tiempo para lujos como vomitar, así que, tras comprobar que unas manos la esperaban en la boca de la alcantarilla, se arrojó por el hueco por el que su hermana había desaparecido a trompicones.
—Hana —jadeó—. ¿Dónde está Hana?
—Estoy aquí. —Zuzi nunca se había alegrado tanto de escuchar a su hermana mayor—. Estoy aquí, Zuzi. Estoy bien.
Por su voz no lo parecía, aunque lo mismo podía decirse de todos ellos.
En aquel momento Bartek se introdujo por el hueco y aseguró la tapa sobre sus cabezas, pero sin duda no pasaría mucho tiempo antes de que llegaran más soldados, que no tardarían nada en averiguar por dónde habían escapado.
Solo podían rezar para que los angostos túneles los disuadieran de seguirlos, aunque también dificultarían su propia huida.
—¿Estás herida? —le preguntó Zuzi a Hana en un jadeo.
—Solo tengo un rasguño; no es nada. Puedo sacarnos de aquí. Vamos.
Cogió uno de los bastones que habían dejado al pie de los escalones metálicos y emprendió la marcha.
Zuzi, que la seguía de cerca, se preocupó al ver que su hermana caminaba torcida.
Las viscosas y pringosas aguas residuales corrían con rapidez y, una vez dentro del túnel de un metro de diámetro, había que concentrarse mucho para mantenerse por encima.
La cabeza de Hana se movía de un lado a otro de manera preocupante y, al llegar a la primera encrucijada, miró a su alrededor como si no tuviera ni idea de dónde estaba.
Zuzi le tocó la espalda.
—Hana, deja que vaya yo delante. Así podrás apoyarte en mí.
—Es mi trabajo —masculló Hana, tambaleándose un poco.
—Es nuestro trabajo —contestó Zuzi—. Yo iré delante y tú puedes indicarme qué camino debo tomar, ¿vale?
Hana apoyó una mano en la pared de ladrillos y, a la tenue luz de su linterna, Zuzi vio que tenía los dientes apretados.
—Sí —accedió con voz débil—. Gracias, Zuzi.
—Para eso están las hermanas —se limitó a contestar, adelantándola—. Apoya la mano en mi espalda y sigamos adelante.
Sintió que Hana tocaba su espalda, al principio con poca fuerza, pero con una presión mayor a medida que se abrían paso, centímetro a centímetro, por el siguiente túnel.
En algún lugar detrás de ellos escucharon un ruido metálico y una voz alemana que resonaba por el conducto en un tono terroríficamente alto, así que apretaron el paso.
Una granada estalló y la luz brilló en su dirección, pero por suerte habían girado ya y la metralla no podía alcanzarlos.
Zuzi sabía que la detonación haría que las aguas se elevaran, así que se paró para prepararse para la ola y se alegró de haberlo hecho cuando Hana cayó sobre ella.
—¿Sigues ahí, Han-Han?
—Sigo aquí —contestó Hana con un hilo de voz.
—¿Dónde tienes el rasguño?
—En la pierna.
—¿Duele?
—Un poco.
Zuzi era capaz de detectar cuando alguien le quitaba importancia a algo que la tenía, y solo pudo elevar una oración a través de los túneles de ladrillo, de la tierra, de la calle que tuvieran encima y a Dios en el cielo para que protegiera a su hermana.
Una bala nazi le había robado a Babcia y no pensaba dejar que pasara lo mismo con Hana.
—Vamos, cariño, ya falta poco. En realidad es igual que un paseo por el bosque, como cuando éramos niñas, ¿te acuerdas?
—¿Con el ciervo de Orla?
La voz de Hana tenía un preocupante tono de sonsonete, pero al menos hablaba.
—Así es. Nuestra pequeña cervatilla, siempre persiguiendo a esos hermosos animales.
Zuzi siguió avanzando lo más rápido posible.
Había memorizado los giros durante el camino de ida y fue contando los pasos que quedaban hasta el siguiente.
La explosión de otra granada levantó una nueva ola en las aguas residuales que los rodeaban, pero después los alemanes debieron ir a atender a sus muertos porque en la alcantarilla se hizo el silencio, roto solo por su trabajosa respiración y su absurda charla.
—Y tú, Han-Han, tú siempre buscabas esa cabaña. ¿Te acuerdas de la cabaña?
—¿La del pastor?
—La del pastor, sí, con las figuras talladas alrededor de la puerta. ¿Te acuerdas de las figuras?
—¿Había una de una oveja bailando?
Hana había empezado a arrastrar las palabras y se sujetaba a la espalda de su hermana casi como un peso muerto, y, aunque eso convertía cada salto en una pequeña odisea, Zuzi no tenía intención de parar.
—Así es. Nos encantaba esa oveja bailarina. Y había otra que hacía punto. ¿Te acuerdas de la que hacía punto, Hana?
Zuzi oyó que su voz se apagaba mientras se esforzaba por tomar aire.
—Lo estás haciendo genial —le dijo Bartek, que se encontraba detrás de Hana—. Lo vamos a conseguir; vamos a llevar a tu hermana a casa.
¡Casa! La palabra reverberó demencialmente por la alcantarilla. ¿Dónde estaba su casa? A aquellas alturas, ya habían derribado su hogar en dos ocasiones.
«Pero la familia sigue en pie —se dijo Zuzi con obstinación—. Incluida Hana».
No quería pensar en el efecto que tendría en la herida de su hermana la suciedad entre la que avanzaban. En las aguas fecales flotaban rocas y fragmentos rotos de quién sabía qué, y en varias ocasiones escuchó un jadeo de dolor de Hana y siguió tirando de ella con todas las fibras de su ser.
Tras lo que le pareció una eternidad, llegaron a la boca en la que se habían parado a descansar a la ida y Zuzi se incorporó y cogió a Hana entre sus brazos para mirarla a los ojos.
Lo que vio no le gustó. A su hermana le costaba enfocar la mirada y parecía hallarse perdida en un mundo al que solo ella tenía acceso, y al bajar la vista, Zuzi vio que la sangre le corría por la pierna y caía en las aguas residuales.
Se volvió hacia Bartek con una expresión de pánico.
—Sigamos adelante —dijo él en tono tranquilizador—. Bron se ocupará de ella.
El nombre despertó en Zuzi un rayo de esperanza.
Había visto a Bron extraer una bala del estómago de Babcia y sabía que, de no ser por el derrumbamiento del hospital, le habría salvado la vida.
Se lo imaginó esperándola con paciencia junto a una mesa de operaciones y eso le dio fuerzas para seguir avanzando.
Aunque sus sentimientos hacia aquel hombre eran confusos, confiaba plenamente en su habilidad como médico.
—Vamos, Han-Han —dijo—. Ya falta poco.
Bartek cogió la mochila que Hana llevaba a la espalda y la colocó sin dificultad sobre la suya, antes de sacarse una petaca del bolsillo y acercarla a los labios de la joven.
—Vodka de emergencia. Bebe.
Hana obedeció y abrió los ojos de par en par, desconcertada, aunque el alcohol le sirvió para centrarse de nuevo.
—¿Zuzi? —dijo, confundida—. ¿Qué haces aquí abajo?
—Llevarte a casa, cariño. Llevarte directa a casa. Vamos, un último esfuerzo.
Para recorrer el último de los pequeños túneles, según recordaba Zuzi, bastaban unos veinte saltos, pero tardaron lo que le pareció el doble de tiempo que a la ida.
Aun con la ayuda de Bartek desde atrás, el peso de Hana era difícil de cargar, y Zuzi se sintió aliviada cuando alcanzaron la alcantarilla principal, que, gracias a su diámetro de metro y medio, casi un lujo en comparación, les permitía avanzar prácticamente erguidos.
—Pásamela. —Bartek cogió en brazos a Hana, cuyo cuerpo seguía inmóvil y sangrando por una herida que Zuzi ni siquiera se atrevía a mirar—. Vamos.
Zuzi lo siguió con los ojos clavados en su hermana y, aunque todo su cuerpo gritaba de dolor, sus pies la obedecieron de manera automática.
Se acordó del día en que Bartek se había llevado a Babcia Kamilla de la batalla del cementerio y rezó para que esta herida no terminara de la misma manera.
Sí, habían conseguido los preciados mapas de Hana, pero ¿a qué precio?
Mareada, Zuzi experimentó una sensación de claustrofobia en el angosto túnel y tuvo que apoyar las manos a ambos lados para no desvanecerse en la hedionda sustancia que corría entre sus piernas.
Ruidos de disparos, explosiones de granada y gritos en alemán parecían acechar sus oídos y, al mirar a su alrededor, tan solo vio ladrillos, ladrillos y más ladrillos que se curvaban sobre ella y amenazaban con aplastarla.
Trastabilló.
—No puedo… —empezó, pero enseguida se interrumpió.
No solo podía, sino que tenía que hacerlo.
Era ella quien había decidido ir y no pensaba fallarles a todos.
Aun así, tenía las piernas como un flan y la oscuridad amenazaba con engullirla hasta que, de pronto, vio un círculo de luz sobre ella y, al escuchar voces que la instaban con amabilidad a subir, pensó que tal vez, después de todos sus esfuerzos por llevar a Hana de vuelta a casa, era ella la que había muerto y subido al cielo.
—No —gritó—. No quiero morir.
Pero entonces unos poderosos brazos la izaron y una suave brisa le besó el rostro, permitiéndole tomar una dulce y bendita bocanada de aire tras otra mientras buscaba el camino de vuelta a la vida.
¿Habría hecho Hana lo mismo?
—Zuzi. —Al enfocarla vista, se encontró con un apuesto rostro inclinado sobre ella—. Zuzi, dime algo.
—¡Bron! —Ella sonrió, extendió las manos y cogió las solapas de su bata blanca manchada—. Sálvala. Por favor, Bron, salva a mi hermana.
—Haré todo lo que esté en mi mano —le prometió él, aunque su tono era sombrío.
Al mirar a su alrededor, Zuzi vio a Hana tendida a su lado con un amasijo de carne y hueso en la espinilla, y temió que el duro viaje de vuelta a casa de su hermana apenas acabara de empezar.