Treinta y cuatro #3
Bartek apartó la tapa, tomó impulso para salir y desapareció seguido de un hombre tras otro, hasta que el último indicó a las chicas que era su turno.
A pesar de la humedad, la oscuridad y el hedor, de pronto la alcantarilla les pareció el lugar más seguro del mundo; sin embargo, Hana los había llevado hasta allí y ahora no podía vacilar.
Se agarró al primer escalón metálico y empezó a subir, contenta de tener a Zuzi a su espalda.
Al salir, parpadeó bajo la luz de las estrellas, que le pareció deslumbrante, y avanzó agachada en dirección a los arbustos seguida de cerca por su hermana, mientras el último soldado del AK deslizaba la boca del alcantarillado para colocarla de nuevo en su sitio, como si nadie hubiera salido nunca por allí, y luego se reunía con el grupo.
—¿Estamos en el sitio correcto? —siseó Bartek.
Hana miró frenéticamente a su alrededor.
El amigo de Agaton les había dibujado el departamento de Historia, pero, teniendo en cuenta que era profesor de Literatura Clásica, no de Bellas Artes, el boceto había sido aproximado.
Aun así, en él se veían con claridad dos edificios en ángulo recto, y delante del grupo solo había uno.
Hana se mordió el labio, pero entonces vio los escombros que cubrían el suelo a su izquierda y dedujo que el segundo edificio había sido bombardeado y alguien se había llevado los ladrillos para una barricada.
Los caminos que se entrecruzaban en la fuente del centro seguían allí y a ambos lados de la gran puerta había sendas bolas de cemento, tal como les había indicado el profesor.
—Es el sitio correcto —confirmó con un suspiro de alivio.
—En ese caso, adelante.
No había señales evidentes de vida, así que Bartek les hizo señas para que corrieran a través del patio y se agacharan a un lado u otro de la escalera.
Hana tuvo la sensación de encontrarse en una película y se obligó a recordar que cualquier drama que se desarrollara allí sería a costa de su propia vida.
—¡Adelante! —siseó Bartek de nuevo.
Los soldados del AK subieron los escalones a la carrera, con Zuzi pisándoles los talones y tirando de Hana.
Las puertas no estaban cerradas con llave y, al irrumpir a través de ellas, se encontraron a dos guardias sentados y jugando a las cartas a la luz de una lámpara de gas.
Ambos se pusieron en pie de un salto, pero, antes de que les diera tiempo de alertar a nadie, Bartek y su mano derecha se sacaron el cuchillo del cinto y les rajaron el cuello.
Los guardias murieron al instante y se desplomaron sobre el suelo.
Hana se quedó petrificada mientras contemplaba cómo su sangre se colaba entre los tablones de madera de roble, pero enseguida se recompuso.
—Por aquí.
Agaton había dicho que era el primer despacho a la derecha y, al coger el pomo, Hana descubrió que la puerta no estaba cerrada con llave, igual que la primera.
Bartek la apartó de un codazo y entró antes que ella, pero la habitación estaba desierta y, tras entrar todos, cerraron la puerta a su espalda, agradecidos.
Ahora era el turno de Hana, que corrió hacia el centro de la estancia, donde se encontraba el mueble con cajones que contenía los mapas. Zuzi la acompañó.
—¿Una carpeta de papel Manila? —preguntó su hermana en un susurro.
—Es lo más probable, pero coge todo lo que encuentres.
Abrieron los cajones lo más rápido posible, procurando no hacer ruido.
Hana era muy consciente de los soldados del AK que patrullaban en un estado de tensión máxima para cubrir la puerta y los ventanales que daban al patio, así como la boca del alcantarillado que era su ruta de escape. No se veía un alma.
—¡Aquí!
Cogió una carpeta del segundo cajón y, al abrirla, la brillante luz blanca de la luna que se colaba por el cristal iluminó los mapas que Hana había visto por última vez cuando Marek se los había entregado a la Gestapo antes de morir.
Le hizo una señal a Bartek con el pulgar alzado y se los metió en la mochila, junto con el resto del contenido del cajón y unas cuantas carpetas del de debajo.
Le habría encantado registrar toda la habitación, pero tenía lo que había ido a buscar y no debía arriesgar sus vidas aún más.
—Podemos irnos.
Bartek asintió e indicó a sus soldados que se dirigieran a la puerta.
El grupo se reunió a su espalda mientras él se asomaba con cautela, pero todo parecía estar en calma.
Hana tenía el corazón desbocado. ¡Lo iban a lograr!
Podría llevarle a Agaton sus mapas y, pasara lo que pasara en Varsovia, alguien sobreviviría y podría reconstruir la ciudad con al menos una impronta de su precioso pasado en la que basarse.
Se dirigieron en silencio a la puerta principal mientras Hana disfrutaba de la sensación de llevar el pesado paquete a su espalda y, después de entreabrirla, Bartek miró afuera y asintió con brevedad.
En ese momento, sin embargo, se escuchó un grito procedente de un lado del edificio y, horrorizada, Hana vio a cuatro soldados nazis entrar en el patio.
Uno de ellos señaló sus huellas, visibles en la hierba húmeda, y todos desenfundaron las pistolas y se dirigieron hacia la puerta tras la que se escondía el pequeño grupo de Hana.