Treinta y cuatro #2
—Porque tienes que entender, Hana —dijo con la voz teñida por la emoción—, que aunque la identidad de los varsovianos se haya forjado gracias a su entorno, la mía la has forjado tú.
Tú, tus hermanas y tu hermano. Sí, soy panadera, pero solo porque tu padre…
Tu padre ya no podía hornear. Por encima de todo, soy madre.
Vosotros sois los monumentos de mi vida y no quiero que os derriben.
Magda se echó a llorar y todos la rodearon en un gran abrazo colectivo, mientras Hana absorbía su amor como si fuera la sangre que corría por sus venas.
—Volveré —prometió, apartándose con suavidad.
Zuzi se colocó junto a ella.
—Y yo también.
—¿Qué dices?
Zuzi entrelazó su brazo con el de Hana.
—¿Te creías que iba a dejarte ir sola?
—Zuzi, no tienes por qué…
—Además, nunca se sabe cuándo vas a necesitar a una Minerki para que haga volar algo. Venga, Han-Han, vamos a buscar esos mapas.
Entraron por la boca del alcantarillado de la calle Krzyska.
Aunque se hallaba a menos de trescientos metros de la universidad, podrían avanzar muy poco por el conducto principal antes de tener que adentrarse en el inexplorado laberinto de túneles secundarios.
Rana abría el camino y sentía el peso de la responsabilidad por las vidas de los cinco soldados del AK que la acompañaban, por no hablar de su querida hermana.
Agaton también debería haber ido con ellos, pero esa mañana un feo pedazo de metralla lo había alcanzado en la pierna derecha y habría sido una locura dejar la herida expuesta a la suciedad de las alcantarillas.
Aunque había tratado de convencer a Hana de que esperaran, ambos sabían que los nazis podían irrumpir en Ś ródmie ś cie en cualquier momento y ella le había asegurado que podía realizar el trayecto sola. Ahora solo tenía que demostrarlo.
No había planos de los conductos secundarios o, al menos, ellos no los tenían.
Hana tendría que confiar en su brújula interna y los cálculos a los que Agaton y ella habían dedicado horas.
Sabía cuántos pasos había que dar en cualquier combinación de direcciones para acceder a la boca que su colega recordaba, pero también sabía lo fácil que era desorientarse en la infinita oscuridad de las alcantarillas, sobre todo en las más pequeñas.
—¿Tenéis vuestros palos? —le susurró a su reducido pelotón.
Todos los blandieron a la tenue luz de la linterna de Hana.
Ella no había tenido que viajar por muchos de los túneles más pequeños hasta aquel momento, pero el trayecto entre Ś ródmie ś cie y la orilla del río se usaba a diario y las kanalarki que lo recorrían le habían enseñado su técnica para avanzar a través de aquel infierno de un metro de altura.
Consistía en clavar por delante un palo robusto para apoyar el peso, dar un salto de liebre para alcanzarlo y repetir la operación hasta llegar al destino.
Al hacerlo, la nariz quedaba a escasos centímetros de las aguas residuales y, aunque se tardaba un rato en acostumbrarse, era la única manera de no resbalar.
Además, ahora que no había agua ni electricidad, mucha gente arrojaba su orina y sus excrementos en agujeros abiertos en los escombros, en lugar de tirar de la cadena, de modo que el nivel de los residuos era bastante bajo.
Hana midió con meticulosidad los cincuenta pasos que Agaton y ella sabían que la separaban de la primera alcantarilla secundaria.
Desde allí, debía dar unos treinta saltos hacia el este y setenta hacia el norte.
En la calle habría sido muy sencillo, pero allí abajo debía intuir la dirección de los túneles y tenerla en cuenta.
Su única esperanza era que el arquitecto británico que había diseñado el sistema en el siglo XIX hubiera apostado por una cuadrícula rígida siempre que fuera posible, porque así habría menos diagonales que dificultaran sus cálculos.
En efecto, la primera alcantarilla secundaria se hallaba en un prometedor ángulo recto con respecto a la principal, así que Hana tomó una honda bocanada de aire acre y, tras plantar el palo, dio su primer salto en dirección este.
Veinte saltos después, la espalda le dolía y los muslos le escocían, y, por los resuellos que oía a su espalda, para los demás tampoco estaba siendo un camino de rosas.
Distinguió la respiración de Zuzi, que se esforzaba por acompasarla para que no se notara que lo estaba pasando mal, y, aunque Bartek había escogido a los hombres más bajos de su pelotón, a estos debía de costarles aún más avanzar.
Hana no se podía permitir equivocarse y llevarlos más lejos de lo necesario.
Cinco saltos más y allí, a su izquierda, había otro túnel en ángulo recto que se dirigía al norte.
¿Debía tomarlo, con la esperanza de encontrar otro más adelante que fuera hacia el este, o seguir adelante hasta conectar con otro que fuera hacia el norte?
Intentó pensar. Solo tenía que dar treinta saltos en total hacia el este, así que lo mejor era girar hacia el norte.
—Por aquí —susurró, volviendo la cabeza.
Cuando apenas diez saltos más adelante encontraron una boca y pudieron erguir la espalda, Hana sintió cierto alivio.
—Buen trabajo, hermanita —susurró Zuzi.
Hana agradeció el apoyo y rezó por que su hermana no se equivocara.
Mientras los demás se estiraban, dibujó el recorrido sobre la piel sudada de su mano mientras trataba de concentrarse.
Agaton y ella habían pedido a todos con los que se encontraban que les dijeran la ubicación de las bocas del alcantarillado de la época feliz en la que se limitaban a caminar sobre ellas, en lugar de depender de ellas para conservar la vida.
Muy pocas personas habían podido hacerlo, pero el día anterior habían encontrado a un ingeniero hidráulico que tenía conocimientos expertos sobre el tema y que, a pesar de no haber trabajado en los terrenos de la universidad, había identificado bocas cerca de ellos, en Królewska, Traugutta y Obozna.
Según los cálculos mentales de Hana, en aquel momento se hallaban en Królewska, y el hecho de poder visualizar las calles que tenían encima la tranquilizó. Era capaz de hacerlo.
Tras seguir adelante, giró otra vez a la derecha y, casi enseguida, a la izquierda.
No podían estar lejos, pero entonces se encontró con una encrucijada de cuatro alcantarillas que se extendían de modo tentador en todas direcciones, y la cabeza empezó a darle vueltas.
Allí había más aguas residuales, lo cual sugería que la guarnición alemana seguía usando los retretes como si nada, y, aunque Hana estaba convencida de que se encontraban debajo de la universidad, el complejo era grande y no podían permitirse salir delante de la fachada delantera, donde estaría estacionado el grueso de los soldados enemigos.
Se paró un momento. Los hombres que la seguían respiraban con dificultad, así que debía moverse con rapidez.
Se miró la mano para comprobar los saltos aproximados que habían dado hacia el norte y el este, y se obligó a recordar los ángulos.
Tenían que dar como máximo veinte saltos más hacia el norte, pero ¿cuál de los túneles iba hacia el norte?
Los vapores que los rodeaban le habían alcanzado el cerebro y le costaba pensar con claridad, pero su instinto tiraba de ella hacia un conducto en concreto y, con la poca información de la que disponía, decidió seguirlo.
—Por aquí:
—Te seguimos —susurró Zuzi.
Hana agradeció una vez más el voto de confianza, pero el corazón se le salía del pecho mientras guiaba al grupo. Veinte saltos, veintiuno, veintidós. ¿Había calculado mal? ¿Tendría que hacerles dar media vuelta y probar otro túnel? Si era así, la maldecirían por ello.
Pero… ¡no!
Tres saltos más y notó la corriente de aire que señalaba que allí había una boca.
Se adelantó con rapidez, miró los escalones metálicos que subían hasta la tapa circular y rezó por que fuera la correcta.
Si su instinto le había fallado, tal vez estuviera a punto de llevarlos a todos a una muerte segura.
—¿Hemos llegado? —le preguntó Bartek.
—Eso espero.
Él le dio una palmada en el hombro.
—No importa donde estemos; nos las apañaremos. ¿Listos, chicos?
Los hombres asintieron y Hana se colocó junto a Zuzi para dejar pasar a Bartek, que subió por los escalones y puso la mano bajo la boca.
Zuzi deslizó la mano en la de su hermana, como cuando eran pequeñas y se enfrentaban a algo desconocido, y Hana se la apretó con fuerza mientras Bartek levantaba un poco la tapa. Nadie le disparó.
—Es un buen comienzo —susurró Zuzi.
Bartek la abrió un poco más y asomó la cabeza.
—No hay moros en la costa —susurró hacia abajo—. Hay arbustos justo a la derecha. Salid haciendo el menor ruido posible e introducíos en ellos, de uno en uno. ¿Entendido?
—Sí, jefe.