Treinta y cuatro
TREINTA Y CUATRO
HANA
—Esto no os va a gustar —le dijo Hana a su familia—, pero es algo que he decidido que tengo que hacer.
Se esforzó por hablar en un tono tan resuelto y seguro como sus palabras porque, en efecto, era algo que tenía que hacer, lo cual no quería decir que le apeteciera ni que su familia lo fuera a aprobar.
Estaban todos reunidos en la habitación que compartían, después de haberse despertado para afrontar un nuevo día en la vanguardia del levantamiento.
Los únicos que no dormían con los demás eran Orla y Eduard, que habían construido su nidito matrimonial en un trastero del hospital improvisado calle abajo, a cuyo funcionamiento contribuían junto con Bronis ł aw.
Sin embargo, allí cabía poco más que un colchón, por lo que normalmente iban a la casa para comer, y en aquel momento acababan de llegar con tazas de té humeantes para todos.
En los días transcurridos desde su boda, se habían comportado como cachorros juguetones.
A todas luces, a la hermana pequeña de Hana le sentaba bien el matrimonio y, aunque ella se alegraba de verlo, no podía negar que también le dolía, y mucho.
Orla estaba viviendo la vida que le habría correspondido a ella, mientras que Hana se veía obligada a labrarse un nuevo futuro.
—Ayer subí a la torre Prudential —le contó a su familia.
—¿Cómo está? —preguntó Zuzi—. No entiendo cómo sigue en pie con ese agujero dentro.
El otro día un Stuka la había alcanzado de lleno y ahora parecía que un monstruo mítico le hubiera dado un desagradable mordisco.
—Es por la superestructura de acero —explicó Hana—. Un diseño excelente.
—Fascinante —dijo Zuzi en tono burlón—. ¿Y la bandera de Babcia?
—Maltrecha, pero sigue ondeando.
—Como nosotros —apuntó Magda sabiamente—. Pero ¿por qué nos lo cuentas todo, Hana, tesoro?
Su madre la miraba con preocupación y, aunque Hana detestaba preocuparla, estaban en guerra y había que asumir riesgos.
—Os lo cuento porque, mientras estaba en el tejado, pude echar un vistazo a Varsovia, y debo decir que nuestra pobre ciudad no tiene buen aspecto.
Hana cerró los ojos y recordó la vista que le había desgarrado el corazón.
Si había subido al tejado era solo porque el centinela del AK se había negado a subir su mensaje al pelotón estacionado allí.
Habría preferido ahorrarse el penoso trayecto por la escalera, pero como la ciudad entera se hallaba sin electricidad, los ascensores no funcionaban, así que no le había quedado otra opción.
Además, cuando el soldado se había puesto en pie para darle las gracias, Hana había visto que se apoyaba en un bastón y tenía la pierna escayolada, y lo había perdonado por su aparente pereza.
En realidad, le había hecho ilusión poder subir a lo alto del primer edificio que habían tomado durante el levantamiento… hasta que había llegado arriba.
Varsovia se extendía a su alrededor arrasada y calcinada.
Al norte, Ż oliborz todavía estaba relativamente intacto, igual que Czerniaków al sur, pero Wola era un desierto y Stare Miasto, un montón de cenizas.
Hasta el opulento Ś ródmie ś cie tenía cicatrices preocupantes, y además se había convertido en el siguiente objetivo de los nazis.
Desde allí arriba Hana había visto cómo transportaban los lanzacohetes Kowa, esas horribles armas de destrucción de seis cañones, al Jardín Sajón en preparación del ataque, y se le había helado la sangre al pensar que su mugido letal iba a llenar de nuevo el aire.
—Vamos a tener que rendirnos —le dijo a su familia, obligándose a abrir los ojos y mirar a sus seres queridos, que constituían una vista mucho más agradable.
—Eso no es cierto —repuso Zuzi con rotundidad.
—Creo que sí —intervino Orla—. A la hermana María le han pedido que represente a la Cruz Roja en las negociaciones de un alto al fuego para liberar civiles.
Todas las miradas se clavaron en ella.
—¿De verdad? —preguntó Magda—. ¿Hay gente que quiere marcharse?
—Y tanto —contestó Orla—. Hay miles de personas que quieren salir.
—Los nazis las meterán en campos de trabajo.
—Tal vez, pero al menos no las bombardearán aquí. Tienen hambre, se han quedado sin casa y solo quieren huir.
—Lo entiendo —dijo Magda—. Pero hemos llegado tan lejos que es una pena dejar de luchar.
—No tenemos munición con la que luchar —intervino Jacob—. En la Central Telefónica nuestro batallón solo tiene balas para cargar un arma. Si los nazis vienen a por nosotros, estamos acabados.
—Pero los aviones aliados…
—Traerán más munición —convino él—, lo cual es genial, pero la realidad es que muy pocos de los paquetes caen en nuestros sectores.
Es mejor que los dejen caer en Ż oliborz, pero entonces la gente tiene que llevarlos por la noche a Ś ródmie ś cie y es muy peligroso. Además, cada vez hay más aviones…
Se interrumpió, pero Hana terminó mentalmente la frase: «Abatidos». Si alguien lo sabía, era ella.
—Nuestra única esperanza es que vengan los estadounidenses —dijo.
—¿Y lo harán? —preguntó Zuzi con impaciencia.
—Según Bór, Churchill está presionando a Stalin para que les deje usar sus bases, pero él no para de poner excusas.
—¿Como cuáles? —se lamentó Orla—. No entiendo cómo le dejan que se salga con la suya. Se supone que es nuestro aliado.
—Es aliado de Gran Bretaña y Estados Unidos —la corrigió Hana con dulzura—.
En realidad, nunca ha llegado a restablecer relaciones diplomáticas con Polonia y, por lo visto, ha denunciado el levantamiento.
Dice que es una… una… —Tosió, pero su familia tenía que saber cuál era la situación—.
Una empresa irreflexiva. Todos dejaron escapar un jadeo de indignación.
—Pero si él nos animó —protestó Magda—. En Radio Moscú nos dijeron que nos subleváramos. Nos dijeron que vendrían y que nosotros debíamos alzarnos a tiempo de abrirles las puertas de la ciudad.
—Por lo que parece, la memoria de Stalin es muy selectiva. Ahora llama «bandidos» a los miembros del AK y le dice al mundo que su ejército polaco comunista es el iónico que está liberando el país.
—¿Qué ejército polaco comunista? —Quiso saber Jacob.
—El que creó con los soldados que encarceló cuando invadió nuestro país al comienzo de la guerra. Ahora se ven forzados a marchar bajo la bandera soviética, o más bien a no marchar, porque están retenidos en la otra orilla del Vístula con los demás hasta que…
—Hasta que los polacos y los alemanes se destruyan mutuamente, y él pueda tomar la ciudad sin oposición —concluyó Eduard la frase en tono cansado—. Ese hombre no es aliado de nadie más que de sí mismo.
Todos intercambiaron miradas de desaliento. Habían crecido sabiendo que Polonia tenía enemigos en ambos lados, pero la publicitada alianza de Stalin con Occidente les había proporcionado una falsa sensación de seguridad.
—Estamos sentenciados —dijo Magda con tono débil.
Orla se adelantó para abrazarla.
—No si nos rendimos, Mama.
—Pero, entonces, todo lo que hemos hecho no habrá servido de nada.
Los D ą browska se quedaron ahí sentados mientras el té se enfriaba en las tazas y la terrible realidad de aquella paradoja se asentaba en sus mentes. Hana carraspeó.
—No podemos pensar así —dijo—. Tenemos que olvidar lo ocurrido hasta ahora y centrarnos en lo que podemos hacer en adelante. Y por eso… —Tragó saliva—, tengo que recuperar los mapas de la ciudad que los nazis nos robaron.
Los demás se quedaron mirándola.
—¿El qué? —preguntó Jacob.
—Los mapas de la ciudad. Tienen detalles minuciosos de todas las calles y casas, y dibujos de los edificios antiguos. Si queremos reconstruir Varsovia, los necesitamos.
Magda la miró con curiosidad.
—¿Los edificios antiguos, Hana? Creía que solo te gustaba lo nuevo. ¿No nos has dicho siempre que lo que nos hacía falta era el diseño moderno? Esta sería una oportunidad perfecta para aplicarlo.
Hana le dedicó una sonrisa.
—Sí que lo pensaba, pero nunca fue mi intención que desapareciera todo lo que habíamos construido antes.
Bueno, tal vez una parte: los edificios feos y poco prácticos, pero no todo.
Nuestra historia está escrita en los ladrillos de esta ciudad.
Nuestro entorno ha forjado nuestra identidad como varsovianos, y nadie debería quitarnos eso —dijo en tono apasionado mientras los miraba.
Desde que Agaton le había contado dónde se encontraban los mapas, apenas había pensado en otra cosa—.
Los polacos deberían poder honrar la columna de Segismundo, o la Tumba del Soldado Desconocido.
Deberían poder deleitarse con el Castillo Real y las bonitas casas de los mercaderes.
Deberían poder caminar entre sus antepasados mientras crean nuevos caminos.
Se interrumpió. De repente le había entrado la timidez, pero entonces Zuzi se puso a aplaudir y, cuando el resto de la familia la imitó, Hana se ruborizó y les pidió que pararan.
—¿Dónde están esos mapas? —preguntó Magda, nerviosa.
—En la universidad.
—¿La universidad en la que está destacada la guarnición de la Wehrmacht?
Hana asintió con expresión sombría.
—Pero me han dicho que los soldados se encuentran en los edificios principales. Los auxiliares, como el departamento de Historia, donde se guardan los mapas, tienen muy poca vigilancia.
—Pero ¿la tienen?
—Sí.
Magda se puso en pie de un salto.
—No tienes por qué hacerlo, Hana. No eres un soldado.
—Me acompañarán soldados. Bartek se ha ofrecido a ir, junto con su pelotón especializado.
—¿Y para qué te necesitan a ti?
—Porque soy una kanalarki , Mama; la que conoce las alcantarillas y puede guiarlos hasta allí.
Magda cerró los ojos y Hana la vio mover los labios en una oración silenciosa, pero enseguida los abrió de nuevo y miró en lo más hondo de los de Hana.
—Si crees que tienes que hacerlo, hija, ¿quién soy yo para impedírtelo? Pero, por favor, asegúrate de que también eres tú quien los hace volver sanos y salvos.
—Lo haré, Mama.
Su madre la cogió de los hombros y le dio un fuerte apretón.