Treinta y tres
TREINTA Y TRES
ORLA
—¿Eduard?
Orla se aferró a su marido cuando las luces se apagaron y notó que sus brazos cariñosos y reconfortantes la rodeaban.
—No te preocupes, cariño. Seguro que es un fusible.
Orla dejó escapar una risa jovial al recordar una época en la que su único problema eran unos cables defectuosos, pero eso no mitigó su miedo a que se tratara de una nueva arma alemana y que una bomba estuviera a punto de poner fin con un rugido a su recién estrenado matrimonio antes de que pudieran consumarlo.
Poco a poco, sin embargo, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y, a la luz de los últimos rayos de sol y de las dos grandes velas del altar, vio que todo el mundo estaba a salvo.
No se oía el silbido de los Stuka ni el mugido de los Kowa ni el tableteo de las metralletas, tan solo el murmullo de las conversaciones de un centenar de invitados desconcertados.
La gente corrió afuera para ver qué pasaba, pero, al volver, informaron de que no parecía haber motivo de alarma.
El sacerdote sacó más velas de un armario de la sacristía y la gente las encendió y las puso en candelabros, macetas y vasos por toda la iglesia, hasta que el espacio se llenó de destellos.
—Aún mejor que antes —dijo Eduard—. Bueno, ¿por dónde íbamos?
Hizo una seña a los violinistas, que cogieron sus instrumentos para retomar sus melodías, pero apenas habían tocado cinco acordes cuando las puertas se abrieron y un soldado del AK irrumpió en la iglesia.
—¡Es la central eléctrica! ¡Los nazis han tomado la central eléctrica!
Orla hundió el rostro en el hombro de Eduard.
—¿No podrían haber esperado un día? —se lamentó.
—O no haberla tomado. Espero que no haya mucha gente herida.
Orla se sintió culpable de inmediato. Los valientes hombres del batallón Krybar habían hecho un heroico esfuerzo para conservar el control de la asediada central eléctrica y el ataque de los nazis debía de haberlos pillado agotados.
Rezó para que Hana no se equivocara cuando decía que ahora los nazis debían tratar a los miembros del AK como prisioneros honorables, pero era una mala noticia para los varsovianos que quedaban en la ciudad.
Incluso en la relativa paz de Ś ródmie ś cie, la vida sería difícil sin electricidad, y lo peor era que debían suponer que el hecho de que los nazis hubieran tomado la central eléctrica significaba que estaban preparando otro ataque a gran escala.
Los soldados del AK que hacía un momento bailaban alegres se dirigían ya hacia la puerta, y el banquete de boda se estaba disolviendo en la oscuridad.
Bartek se acercó para presentarles sus disculpas.
—Lo siento, pero el deber me llama.
—Hoy día el deber siempre llama —contestó Eduard con tristeza.
Bartek se inclinó hacia delante.
—A vosotros dos no, al menos esta noche. Y tampoco vais a necesitar mucha luz. —Le estrechó la mano a Eduard y le dio un beso en la mejilla a Orla—. Que Dios os bendiga a los dos.
Después de que se marchara, el Kapitan Szymon Ancel también se acercó a desearles felicidad antes de sumergirse en la noche, dejando a su mujer y sus hijas bailando en un corro silencioso.
—Lo nazis lo estropean todo —se lamentó Orla.
—No todo —contestó Eduard en un susurro ronco—. Todavía nos tenemos el uno al otro. Y si el banquete ha terminado…
Orla se sonrojó, aunque no era una sensación desagradable, y, al mirar a los ojos de su marido, supo que él tenía razón. Ya tendrían tiempo de bailar cuando la guerra acabara. Esa noche era solo para ellos.
—Antes, voy a despedirme.
—Claro.
Una amable señora mayor les había dejado su piso, que no se hallaba muy lejos, para que pasaran la noche; un pequeño estudio con una cocinilla, dos sillas, una mesa minúscula y una gran cama.
«¡Perfecto!», había exclamado Magda con entusiasmo cuando habían ido a verlo el día anterior.
Luego, la señora y ella habían intercambiado una mirada picara que había obligado a Orla a escabullirse hasta la ventana para contemplar las vistas…
o al menos fingir que lo hacía. En el camino de vuelta a su casa compartida, Magda le había explicado a Orla lo que ella denominaba «las verdades de la vida» en términos sencillos y llanos, cosa que había hecho que la explicación resultara bastante curiosa.
«¿No es un poco raro?», había preguntado Orla, tratando de encajar mentalmente todos aquellos ángulos.
«Un poco —había reconocido Magda—, pero eso forma parte de la diversión y todo cobra sentido cuando empiezas. No te preocupes, Orla, te vas a casar con un buen hombre que cuidará de ti. Tú solo tienes que decirle lo que te hace disfrutar».
Orla había dicho que lo haría, pero, a decir verdad, la conversación la había dejado más desconcertada que antes sobre la noche de bodas, a la que ahora estaba a punto de enfrentarse.
Hana fue la primera a la que encontró.
—Nos vamos, Han.
—¡Claro!
—No es por eso. —Se inclinó hacia su hermana mayor—. Cuando estabas…, bueno, prometida… —No era lo que había querido decir, e hizo una mueca—. Perdona, olvídalo. Lo siento, Han-Han, no debería haber sacado el tema.
Hana le dio un beso.
—Tranquila. ¿Qué me querías preguntar?
—Solo si Mama te dio…, ya sabes, una «charla».
—¿Sobre sexo? —Orla miró a su alrededor, muerta de vergüenza, y Hana sonrió—. No llegamos a eso, pero yo no me preocuparía, Orla. Te gusta besarlo, ¿verdad?
—¡Mucho!
—En ese caso, todo irá bien. —Le dio un gran abrazo—. Hasta mañana. ¡Pásalo bien!
—Hasta mañana.
Hana la soltó en el momento en que Zuzi se acercaba dando brincos.
—¿Te vas a llevar al novio al catre, hermanita?
—¡Zuzi!
—¿Qué? Es la verdad, ¿no? ¿Estás preocupada? No lo estés. Babcia me dijo que es maravilloso.
—Ah, ¿sí? —preguntaron Orla y Hana al unísono con voz teñida por la emoción—. ¿Cuándo?
—Cuando nos quedamos atrapadas bajo los escombros. Me contó que a ella le encantaba hacerlo con Dziadek Aleksander y… —Miró a su alrededor antes de proseguir— que cuando Mama y Tata se casaron, ella se moría de ganas de irse a casa con él.
Las tres intercambiaron una mirada con cara de asco y luego estallaron en carcajadas.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Magda, que había aparecido junto a ellas.
—Nada, Mama —logró articular Hana.
Zuzi no pudo evitar reír y Orla se le sumó, lo cual hizo que Hana se echara a reír también.
—¡Menudas estáis hechas! —exclamó Magda—. Parecéis un aquelarre de brujas. ¿Qué mosca os ha picado?
—Solo estamos contentas —dijo Orla.
—No tanto como lo estarás tú dentro de nada —contestó Magda, y sus palabras desataron una nueva oleada de risas.
Magda meneó la cabeza y levantó la barbilla de Nella, apoyada sobre su cadera con cara de felicidad—.
Nadie tendría hijos si no fuera tan divertido, ¿no os parece?
No os preocupéis, no tardaréis en averiguarlo.
—Yo no —dijo Hana—. No ahora que Emil ha muerto.
Magda la rodeó con el brazo.
—Ya habrá otros hombres, tesoro, cuando estés preparada.
—No. Lo único que me interesa ahora son los edificios.
—¿Edificios? —Magda entornó los ojos, pero fue lo bastante lista como para no insistir—. Está bien. Pero tú sí, Zuzi, dentro de poco…
—No tengo pensado dedicarle mi tiempo a ningún hombre en breve, gracias —soltó Zuzi.
Magda reprimió una sonrisa.
—Muy bien. Bueno, en ese caso, disfruta tú por todas, Orla.
—¡Mama!
Aquello era demasiado para Orla, que después de darles un beso se volvió para buscar a Jacob, que sin duda no la incomodaría con su conversación. Él apareció con paso apresurado y la levantó del suelo.
—Lo siento, Orla, pero me tengo que ir. El AK me necesita.
—Ten cuidado, Jacob.
—Lo tendré. Hasta el anochecer, ¿vale?
—Hasta el anochecer —contestaron todas al unísono.
Después de que el muchacho saliera disparado, Magda le dio un empujoncito a Orla en dirección a Eduard, y la joven se dio cuenta de que, en efecto, su matrimonio estaba a punto de empezar.
Eduard la tendió en la cama y se sentó a su lado mientras, desde las mesillas de noche, dos velas los alumbraban con una luz tenue y titilante.
—Mi preciosa mujer —dijo él, agachándose para besarla—. No me puedo creer que haya tenido la suerte de conocerte.
—Conocerme… y luego atarme a una escalera —lo pinchó ella con dulzura.
Él suspiró.
—Tú me salvaste, Orla.
—No digas bobadas.
—No, lo digo en serio. Yo estaba enfadado, solo y confundido. No quería unirme al grupo de Dirlewanger, pero no nos dejaron elección, y era más fácil obedecer que enfrentarse a ellos y que te pegaran un tiro.
—Me alegro de que lo hicieras —dijo Orla, tirando de él para darle otro beso—. Si no, ahora no estaríamos aquí.
Él se estremeció.
—Es cierto, pero podrían haberte matado como consecuencia de mis actos. A otras chicas las mataron. La ciudad está llena de hombres que se han quedado sin novia por culpa de tipos como yo.
—Por culpa de tipos como los de Dirlewanger —lo corrigió ella con delicadeza—. En esta guerra todos hemos hecho cosas reprobables.
—Tú no.
—Ah, ¿no? Cuando se declaró el incendio en casa de Babcia, ¿acaso salvé a las personas que tenía más cerca? No. Busqué a mi madre, a Nella y a ti. Quería poner a salvo a los míos.
—Eso es normal.
—También lo es querer salvar tu pellejo.
Él la besó de nuevo, con más pasión, y ella le correspondió con avidez.
—No me puedo creer que estés aquí conmigo, Orla. No me puedo creer que seas mía. Te prometo que te voy a hacer muy muy feliz.
—Y yo a ti —dijo ella, con los labios pegados a los de él.
Entonces enredó sus dedos en el pelo de Eduard para acercarlo a ella y él deslizó los suyos hacia los botones del vestido prestado de Orla, seguidos de cerca por sus labios, y Magda tenía razón, todo encajaba; encajaba de una manera tan maravillosa, espléndida y deliciosa que Orla pensó que quería repetir.
Dos veces más sería lo ideal. Eduard y ella se habían comprometido a pasar toda su vida juntos, pero, en una Varsovia sacudida por la guerra, nadie sabía cuánto iba a durar la vida, y Orla estaba decidida a exprimir al máximo cada minuto que se les concediera.