La mensajera Treinta y dos #3
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Treinta y dos #3

Zuzi la abrazó. En el mundo de su hermana todo era muy sencillo, veía lo que quería, abría los brazos y lo aceptaba.

Era simple y, tal vez, lo más sensato. Volvió a mirar a Bronis ł aw, pero este estaba hablando con su padre y, en esta ocasión, no le devolvió la mirada.

No pasaba nada; al fin y al cabo, tenía que cumplir con sus deberes como dama de honor.

Suponía. Si lograba averiguar en qué consistían.

Una vez en la sacristía, cogió una fuente con pastas y las fue ofreciendo con educación al improvisado grupo de invitados, ignorando la exagerada mirada de sorpresa de su madre. Sin embargo, la fuente se vació con rapidez y, al ir a buscar otra, alguien le cortó el paso.

—Estás muy guapa, Zuzi —dijo Bronis ł aw.

Ella se ruborizó y se pasó la manos por el vestido prestado, aunque lo único que consiguió fue cubrirlo con las migas de la fuente de pastas vacía.

—Así que prefieres a las chicas que llevan faldas, ¿eh?

—Te prefiero a ti a cualquier otra chica, lleves lo que lleves.

—Ah. Gracias. Supongo.

—¿Cómo estás?

Su tono era serio, como casi siempre, y, aunque por lo general a Zuzi le gustaba, ese día sentía envidia de la sencilla felicidad de Orla y quería que las cosas fueran más livianas.

—Genial, gradas. Contenta de ver a mi hermana tan feliz.

—Claro. ¿Y tú? ¿Eres feliz, Zuzi?

Su preocupación la puso de los nervios.

—Creo que me puedo permitir estar contenta por Orla aunque sea por un día sin que nadie me recuerde mis miserias cotidianas, gracias.

Él se quedó desconcertado y, a decir verdad, la respuesta de Zuzi había sonado más brusca de lo que ella quería.

—Por supuesto que sí —dijo Bron—. Es solo que… he estado preocupado por ti desde que…, bueno, ya sabes…

—¿Desde que te besé? —lo desafió ella.

—Desde que nos besamos —la corrigió él con delicadeza—. Pero me refería más bien a la muerte de tu abuela.

—Ah. Sí. —Las lágrimas asomaron a los ojos de Zuzi, que odió a Bron por habérselas provocado—. Muchas gracias por recordarme algo tan triste en un día tan feliz.

Bronis ł aw se quedó consternado.

—No era mi intención, Zuzi, de verdad. Siempre he pensado que es mejor hablar de los muertos para mantener vivo su recuerdo que disimular nuestra pena, pero te pido disculpas si me he pasado de la raya.

Su observación era acertada, pero ese era el día de la familia de Zuzi y ella era quien debía hacer las observaciones. Si eran necesarias.

—No importa —dijo—. Y ahora, si me dejas, tengo que pasar las fuentes.

—Un trabajo importante.

—Lo es.

—Lo decía en serio.

Bron separó las manos en gesto de derrota y Zuzi se sintió mezquina. Su obligación era dar la bienvenida a sus invitados, no hacerlos sentir mal.

—Lo siento —dijo—. Soy una cascarrabias. Seguro que ahora ya no me prefieres a las demás chicas.

—Te equivocas. La pena es que tú no me prefieras a mí. —Frunció un poco el ceño, con los ojos oscuros clavados en ella—. Te dejo que disfrutes de la velada.

Empezó a alejarse y, cuando Zuzi extendió la mano para detenerlo, la fuente que aún sostenía chocó con la puerta de la vicaría y cayó al suelo, haciendo que todo el mundo se sobresaltase y la mirara.

Alguien aplaudió, otros rieron y ella tuvo que escabullirse para evitar sus miradas.

Cuando por fin se recompuso, Bronis ł aw había desaparecido.

—Maldita sea —blasfemó, y enseguida echó un vistazo a la escultura de Jesucristo y añadió—: Perdón.

»¿Qué debería hacer? —susurró para sí misma.

—Ir tras él —fue la respuesta alta y clara que le dio Orla con su voz dulce.

Zuzi se alegró de que fuera ella, aunque le dio vergüenza que la hubiera pillado.

—¿Y perseguirlo? ¡Ni hablar!

—¿Por qué no?

—Podría pensar… Podría creer…

—¿Qué, que te gusta? ¿Y qué más da?

Zuzi estaba convencida de que sí importaba, pero era muy difícil rebatir el punto de vista de Orla sobre la vida, con su perfecta sencillez.

—Tú olvídate de todo esto —dijo con firmeza—, y ve a bailar con el novio, que es lo que toca ahora.

Hana, que se había acercado a ellas, aplaudió para mostrar su acuerdo.

—Por supuesto que sí. Y mira, esos dos hombres con tanto talento pueden poner la música.

Señaló a dos hombres mayores que se habían sumado a la boda de los Dąbrowski con sendos violines, que ahora sacaban con entusiasmo de sus fundas.

Alguien retiró los bancos mientras ellos se situaban al pie del altar y empezaban a tocar una alegre melodía popular, que transformó la iglesia en un salón de baile con Orla y Eduard en el centro.

Zuzi contempló asombrada la exuberante celebración.

Hacía solo cuatro días aquel par había escapado por los pelos de un edificio en llamas, y ahora ahí estaban, disfrutando de su primer baile de casados en medio de una multitud entregada. Era un verdadero milagro.

El ritmo de la música le dio ganas de bailar y buscó a Bronis ł aw con la mirada.

Podía disculparse. Podía decirle que sí que lo prefería a los demás hombres.

Al fin y al cabo, era verdad, y apenas podía considerarse una declaración de amor o un compromiso o cualquiera de esas cosas tan profundas.

Al verlo cerca de la puerta, reunió el valor para acercarse a él, pero no había dado ni tres pasos cuando las luces se apagaron con un chasquido sonoro y espantosamente definitivo, sumiendo en la oscuridad la boda y a todos los invitados.