Treinta y dos #2
Su entusiasmo desató una risa jubilosa entre los asistentes.
Había pocas cosas por las que alegrarse en Varsovia en ese momento y aquellas dos personas que se miraban con tanto amor eran una rareza que había que atesorar.
Las puertas de la iglesia se habían dejado abiertas para que entrara la luz de aquel día de finales de verano y, aunque el servicio había empezado con la única presencia de aquellos familiares y amigos que habían logrado salir de Stare Miasto, más gente se había sumado a la ceremonia y ocupaba los bancos del fondo, deseosa de participar en aquella dichosa ocasión.
Cuando el sacerdote declaró a Eduard y Orla marido y mujer, un clamor de aprobación recorrió los bancos y sobresaltó a los recién casados, que dejaron de mirarse uno al otro y se volvieron con expresión cómica hacia el grupo de gente que vitoreaba su amor.
—Gracias —dijo Orla, mientras un rubor encantador teñía sus mejillas—. Muchas gracias.
Luego miró a Eduard, que ahuecó sus grandes manos sobre su mentón con un gesto tierno antes de besarla, lo que desató una nueva oleada de aplausos.
—¡Tres vivas por los novios! —gritó Szymon Ancel, y todo el mundo cumplió.
Aquella tarde, Szymon había dejado de lado sus deberes con el AK para acompañar a Jacob a la iglesia.
También había aprovechado para llevar a su mujer y sus hijas, y los cuatro se hallaban sentados felizmente en un banco.
A pesar de ser judíos, el amor era el amor en cualquier religión, y parecían tan encantados como los demás de participar en la feliz ceremonia.
Ver cómo los padres se abrazaban mientras Tasha y Amelia se peleaban por disfrutar de la mejor vista era como contemplar un recordatorio de tiempos mejores, de la vida normal que los varsovianos se habían sublevado para recuperar y que cada vez parecía alejarse más en el horizonte. Zuzi sonrió al mirarlos.
Los alemanes estaban ocupados tomando Stare Miasto, pero los refugiados procedentes de esa zona tenían claro que no tardarían en atacar también Ś ródmie ś cie, motivo por el que el AK se estaba reagrupando a un ritmo frenético.
La noche anterior, los aviones británicos habían surcado los cielos de la ciudad y, aunque Hana no se había ofrecido voluntaria para alumbrarles el camino, se había quedado con Zuzi junto a la ventana de su casa prestada y había observado los innumerables paracaídas que se abrían como medusas aéreas, así como la parte inferior de todos los fuselajes.
No había visto ninguna violeta, pero se había negado a llorar.
«Sabía que no vendría —había dicho con frialdad—. Sé que está muerto. Vi cómo su avión se estrellaba en el Vístula, y nadie podría sobrevivir a algo así».
Sin embargo, Zuzi sabía que su hermana mayor había albergado la vana esperanza de que los nuevos aviones trajeran consigo un milagro y le había dolido que no fuera así.
A decir verdad, el amor solo producía dolor.
Zuzi paseó una vez más la mirada por la iglesia y se encontró, de nuevo, con la mirada de Bronis ł aw.
Mientras Orla y Eduard se separaban con una expresión tímida en sus resplandecientes rostros, Zuzi recordó lo que había sentido al besar al médico; cómo, al abrazarlo, su cuerpo entero había cobrado vida.
Luego recordó el grito de dolor de Kamilla que los había separado con brusquedad y se avergonzó de sí misma.
Lo que ella sentía por Bron, fuera lo que fuese, no tenía nada que ver con el amor puro y genuino que había entre Orla y Eduard.
Dios lo sabía y por eso la había castigado llevándose a Babcia cuando se habían besado.
Al apartar la mirada de la pareja, vio que detrás de Bron se encontraba su padre, Bartek.
Como muchos de los presentes, iba vestido con el uniforme, listo para retomar sus responsabilidades cuando terminara el banquete.
Magda había dedicado los últimos días a hornear frenéticamente pequeñas exquisiteces con los ingredientes que le había ofrecido la gente con amabilidad, y ahora se hallaban colocadas en bandejas en la sacristía, junto con varias botellas de vino de muy buen aspecto que, allí en Ś ródmie ś cie, la gente todavía bebía, en lugar de echarlo sobre las heridas abiertas.
Al pasear por las calles, Zuzi envidiaba a aquellos varsovianos, cuya experiencia del levantamiento se limitaba a poco más que la inconveniencia de las barricadas, aunque al mismo tiempo rezaba para que todo continuara así hasta el final. Fuera cual fuera.
—¡Oremos!
La suave voz del sacerdote la sacó de sus inquietas reflexiones y la hizo agachar la cabeza, obediente, mientras él pedía la bendición de Dios para la pareja, sus familias y toda Varsovia.
—Os presento al señor y la señora Dąbrowski.
Los asistentes lanzaron más vítores de júbilo, pero Zuzi y Hana intercambiaron una mirada de asombro.
—Dąbrowski —le susurró Zuzi a Orla, que le guiñó el ojo con alegría.
—No soy tan tonta como pensabas, ¿eh, Zuzi?
—Yo no pensaba que… Quiero decir que no pienso… Pero… ¿él va a adoptar tu apellido?
Eduard miró en su dirección.
—Es un buen apellido —dijo, y miró a su alrededor, avergonzado, antes de añadir—: Y, en este momento, mejor que uno alemán.
Tenía su lógica. Eduard estaba tan implicado en el AK que Zuzi había olvidado que, aunque fuera contra su voluntad, el joven había entrado en Varsovia como parte del grupo de asesinos de la SS de Dirlewanger.
Aun así, a Zuzi no le cabía en la cabeza que su marido adoptara su apellido, por mucho que ella lo amara.
Eso no estaría bien, ¿no? Sería mucho más natural que ella se convirtiera en, por ejemplo, la señora Kamiński…
Chasqueó la lengua, contrariada consigo misma, y Hana y Orla la miraron con sorpresa.
—A mí me parece genial —dijo Hana.
—No, a mí también —se apresuró a contestar Zuzi—. Estupendo. Bienvenido a la familia, Eduard.
—Y Nella —dijo Orla con regocijo—. Ella también será una D ą browska.