Treinta y dos
TREINTA Y DOS
ZUZI
Incómoda, Zuzi se tiró de la falda del vestido que su madre la había obligado a ponerse.
Después de pasarse un mes vestida con los pantalones y la guerrera del AK , se sentía rara, pero debía reconocer que la sensación no era desagradable.
Además, hasta ella entendía que no era de recibo que una dama de honor se presentara con un uniforme desaliñado, y el mero hecho de encontrarse allí, libres de vestirse con sus mejores galas y acompañar a Orla al altar, era motivo de celebración.
Tres días atrás, la familia había huido de Stare Miasto a través del alcantarillado junto con el resto del AK .
Había sido una noche de terror. Habían tenido que dividirse en grupos de cincuenta personas y apiñarse en callejones, acompañados por la guía, o kanalarki , como todo el mundo las llamaba ya, designada para cada uno, a la espera de que los soldados del AK que rodeaban la boca del alcantarillado de la plaza Krasinski les dieran la señal para avanzar.
Habían rodeado la boca de altos muros hechos con sacos de arena para protegerla de los francotiradores nazis del Jardín Sajón, y la vigilaban con ferocidad para evitar una avalancha de civiles.
Se había establecido un rígido sistema de acceso que solo permitía bajar a los miembros del AK y el personal auxiliar, pero toda la familia de Zuzi había logrado entrar.
Hana, su kanalarki personal, había obtenido un pase para Magda como cocinera esencial, y nadie habría tenido el valor de negarle el acceso a Nella, abrazada al amplio pecho de Eduard y cubierta con un paño de altar rescatado de una iglesia bombardeada.
La niña había sido tal vez la más afortunada de todos porque la noche antes de su huida los Stuka habían atacado el convento de las Hermanas del Sacramento, arrojando sus bombas en el centro de la iglesia mientras las monjas acompañaban en oración a las muchas personas de Stare Miasto que se habían quedado sin casa.
Su hermosa iglesia se había desplomado sobre sí misma y pocos habían escapado con vida.
«Dios me dijo que me quedara a Nella», había dicho Orla, temblorosa.
«Y tú fuiste lo bastante lista como para escucharlo —le había contestado Eduard con cariño—. Somos muy muy afortunados».
Ya fuera por la bendición de Dios o por pura suerte, algo de lo que Zuzi no estaba segura, el caso era que las D ą browska habían rezado con tristeza por los miles de ciudadanos y soldados heridos del AK que habían quedado atrás.
Hana les había contado que los Aliados habían escrito a Bór para informarlo de que por fin se había otorgado a los miembros del AK el estatus de combatientes, lo cual significaba que los alemanes tenían que hacerlos prisioneros con honor en tanto que soldados, en lugar de abatirlos a tiros como meros espías.
Tal vez no fuera un gran logro, sobre todo porque a las peores unidades de la SS las habían movilizado lejos de la ciudad y la Wehrmacht volvía a ejercer el control en diversas zonas.
Seguían siendo nazis, por lo que nadie se fiaba un pelo de ellos, pero al menos tenían cierta idea del orden militar y el AK esperaba que trataran con humanidad a la gente que se había quedado en Stare Miasto.
Zuzi debía reconocer que en un momento dado, a mitad de camino por el conducto del alcantarillado, con el hedor a residuos humanos mezclado con el penetrante hedor del miedo, casi había deseado que los varsovianos se rindieran.
Mientras el lamento de alguien que había perdido la cabeza resonaba por los túneles habitados por ratas, había pensado que un campo de trabajo, aunque fuera nazi, sería mejor que aquello.
Pero luego había seguido adelante, con una mano aferrada a la cuerda asegurada a los ladrillos y la otra sobre el hombro de la persona de delante, y cuando la alcantarilla los había escupido al mundo exterior se habían encontrado con un milagro.
La vida en Ś ródmie ś cie, por increíble que pareciera, seguía siendo tan normal como cuando Zuzi se había desplazado allí para tomar la Central Telefónica.
Sí, tenían que compartir casa con otras tres familias, pero disponían de un dormitorio propio y a Magda le habían dejado usar la cocina para la nueva Piekarnia D ą browska.
No estaba a la altura de la panadería original, ni siquiera de la versión que había creado en el elegante comedor de Babcia, pero aquí tenían harina e incluso azúcar y pasas, y Magda se sentía como pez en el agua horneando pan para los miles de personas que abarrotaban la zona.
Hasta la iglesia en la que Orla y Eduard iban a pronunciar sus votos estaba intacta.
Cuando sonó el órgano, Orla se cogió del brazo de Jacob y, sin vacilación alguna, cruzó la puerta y echó a andar por el pasillo, de modo que Zuzi y Hana tuvieron que apurarse para seguirle el paso.
Jacob caminaba con orgullo, con la espalda erguida y el brazo firme para Orla.
Había conseguido un uniforme completo a juego con su casco, y en aquel momento se parecía tanto a su padre que Zuzi tuvo que apoyarse en el respaldo de un banco para no perder el equilibrio.
—Kaczper —murmuró Magda mientras se acercaban.
Era evidente que ella también se había dado cuenta, pero entonces Jacob se adentró en una zona bañada por la tenue luz de colores que entraba por la vidriera, todavía intacta, y Magda se secó una lágrima y sonrió a su hijo para darle ánimos.
Hana se adelantó para pasar un brazo por la cintura de su madre y Zuzi se sintió culpable de que no se le hubiera ocurrido a ella.
Se parecía demasiado a su abuela, ese era el problema.
Kamilla creía que mostrar emociones era algo vulgar y Zuzi estaba totalmente de acuerdo, pero, Dios, cómo deseaba que su abuela pudiera estar allí con ellos.
Habría sido muy feliz al ver a toda la familia unida junto al altar.
A Zuzi le habría gustado traer al menos la cruz de plata para bendecir aquella ocasión familiar.
La habían encontrado asomando entre los escombros de la casa de Babcia Kamilla después de que el viento apagara finalmente las llamas y, aunque habían estado a punto de cogerla para guardarla como recuerdo, al final habían decidido que era mejor dejarla donde estaba para que montara guardia sobre su dueña, enterrada en el jardín, y que nadie pudiera olvidar a Babcia por mucho que lo intentara.
Aun así, la ausencia de su abuela en la iglesia era tan dolorosa como la de su padre, y Zuzi tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para reprimir el llanto, tal como habría querido Babcia.
Alzó la vista hacia las ventanas de la bonita cúpula del techo, con la esperanza de que su abuela los estuviera mirando desde el cielo y pudiera compartir su felicidad, y luego se volvió de nuevo hacia Orla y contempló maravillada cómo su hermana pequeña llegaba junto a Eduard y le dedicaba una sonrisa radiante.
Estaba preciosa. El sencillo vestido blanco prestado por una amable ciudadana le quedaba como un guante, pero lo que la hacía resplandecer de verdad era el fulgor de la felicidad.
Zuzi observó fascinada el júbilo con el que Orla incluía a la pequeña Nella —que sonreía en brazos de Magda—, y se asombró por la facilidad y la rapidez con la que su hermana era capaz de entregarse a otro ser humano sin miedo aparente a perder su independencia.
«¿Y sí acabas por darte cuenta de que él no te gusta?», le había preguntado a Orla la noche anterior.
«Estoy segura de que habrá días en que me sienta así —había contestado su hermana sin pensárselo—, pero siempre lo amaré, así que ya encontraremos la manera de solucionarlo».
Su confianza era tan ciega que Zuzi tuvo que reconocer que le daba cierta envidia.
«Pero ¿cómo lo sabes?», había preguntado.
Orla se había reído y le había dado un beso.
«Es fácil, boba. Porque eso es lo mismo que me pasa contigo y con Hana».
«Pero a nosotras no nos elegiste».
«Tengo muchas más posibilidades de hacer que las cosas funcionen con alguien a quien he elegido».
Su seguridad era tan adorable que Zuzi no había sido capaz de seguir insistiendo ni de preguntarle cómo sabía que había escogido bien o —quizá más importante— cómo lo sabía la otra persona.
Suponía que Orla, con su carácter dulce, no tenía que preocuparse por esas cosas, porque ¿quién iba a cansarse de una vida con ella?
Zuzi, en cambio… Tenía la desagradable sensación de que cualquier hombre que acabara conociéndola de verdad huiría despavorido.
Miró hacia los bancos del otro lado del pasillo y vio a Bronis ł aw, guapísimo con un traje prestado.
Desde que Zuzi lo conocía, era la primera vez que su ropa no estaba manchada con la sangre de otra persona.
Él pareció percibir su mirada, porque se volvió hacia ella y se la devolvió, de una manera que despertó en ella el deseo de apartar a empujones a toda la gente que se interponía entre ellos y arrojarse sobre él.
Pero eso habría sido de lo más indecoroso y, además, Zuzi no era como su hermana.
Ella tenía cosas más importantes que hacer que perderse en los brazos de un hombre…
, aunque en aquel momento no fuera capaz de recordar cuáles eran, por más que lo intentara.
—Eduard y Orla, ¿habéis venido hoy aquí para uniros en santo matrimonio sin coacciones, libre e incondicionalmente? —preguntó el sacerdote.
—Sí —contestaron los dos al unísono.