La mensajera Treinta y uno
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Treinta y uno

TREINTA Y UNO

ORLA

—Sé que es desagradable, pero no tenemos otra cosa. —Orla le dedicó una sonrisa de disculpa al paciente al que le estaba dando la sopa aguada que Magda había improvisado con la cebada de la fábrica de cerveza—. Escupe las cáscaras.

—Todos somos cáscaras —se lamentó el joven—. El mundo nos ha escupido.

Orla le dio la razón mentalmente, pero ¿de qué servía ser negativo?

—Mi hermana me ha dicho que los británicos volverán a enviar aviones —dijo en tono animado.

Era cierto, a pesar de que Hana lo había dicho en un tono sombrío y teñido de pena por el piloto que no iba a volar.

A decir verdad, Orla apenas recordaba a Emil Andrysiak.

Tenía solo trece años cuando él había tenido que huir de Varsovia, al principio de la guerra, y en aquella época estaba demasiado ocupada en sus propios asuntos para prestar mucha atención al prometido de su hermana mayor.

Recordaba con vaguedad a un hombre alto de pelo moreno, con un bigote cuidado y unos ojos castaños que brillaban siempre que miraba a su hermana, aunque el recuerdo de cómo brillaban los de Hana al devolverle la mirada era más vívido.

Por aquel entonces, Orla y sus amigas habían hecho sus primeras incursiones en las novelas románticas, de modo que, cuando Hana se prometió, había sido como si una de sus historias preferidas hubiera cobrado vida. Y ahora había terminado.

—¿Traerán munición los británicos? —preguntó el soldado con entusiasmo apoyándose en el codo para incorporarse, aunque su brazo izquierdo había quedado tan destrozado que jamás volvería a sostener un arma.

—Espero que traigan comida —contestó Orla—. Y ahora, toma un poco más sopa.

Él refunfuñó, pero dejó que ella le diera otra cucharada del rudimentario caldo.

Los hombres lo llamaban plujka , «sopa de escupitajos», debido a las innumerables cáscaras, pero no había tiempo para tamizarlas antes de servirla y, además, si las masticabas se volvía un poco más sustanciosa o, al menos, te permitía distraerte durante más rato de lo vacío que tenías el estómago.

Agosto casi había terminado, pero el levantamiento no.

Orla recordaba el esperanzador comienzo, cuando todos pensaban que bastaba con que sus alegres barricadas resistieran tres o cuatro días antes de que los rusos llegaran y sellaran su liberación.

Desde entonces había pasado ya un mes y los rusos seguían de brazos cruzados, después de haber abandonado su cacareado plan de arrasar Berlín para, en cambio, contemplar cómo ardían los polacos.

Orla siempre procuraba no odiar a nadie, pero en aquellas circunstancias le resultaba difícil.

—Muy pronto nos iremos todos a Ś ródmie ś cie —le dijo al soldado—, y por lo que me han dicho, allí todo es normal. Hasta tienen cafeterías y restaurantes.

—¿Con una sopa mejor que esta?

—No puede ser mucho peor.

Él soltó una risita, pero luego meneó la cabeza mientras miraba su brazo roto.

—A los zoquetes inútiles como a mí no nos evacuarán, ¿verdad? Me dejarán aquí y los nazis acabarán conmigo.

—Por lo que tengo entendido, evacuarán a todos los miembros del AK que puedan caminar.

—¿De verdad? —Al joven se le iluminaron los ojos—. Está bien, enfermera, déjame bajar de esta cama.

—No hasta que te comas la sopa —dijo ella con severidad.

Él dejó escapar un suspiro, pero abrió obedientemente la boca para que Orla introdujera la siguiente cucharada.

La joven volvió la cabeza al escuchar una carcajada alegre procedente de la cocina y sonrió al ver a Nella riendo mientras Magda jugaba a hacerle caras escondiéndose detrás de una sartén.

La niña estaba tan delgada como todos los demás, pero eso no le quitaba la alegría y Orla daba gracias a Dios un centenar de veces al día por haber evitado que la dejara en el orfanato.

La noche anterior, Hana había llevado al Consejo Nacional por las alcantarillas y había regresado agotada pero triunfal.

De los cuarenta hombres que lo componían, entre ellos el delegado del gobierno, algunos tenían más de sesenta años, así que pedirles que recorrieran casi un kilómetro de túneles de un metro y medio de diámetro no había sido moco de pavo.

Por lo visto, habían mostrado el valor que se esperaba de los hombres que habían liderado el levantamiento y todos habían completado el trayecto, lo cual era bueno, suponía Orla, pero ¿adónde habían llegado para que viajar agachado a través de la oscuridad, metido hasta las rodillas en excrementos humanos, se considerara una opción atractiva?

Se estremeció al pensar que ella también tendría que hacerlo, pero, como Stare Miasto se había convertido en un infierno de paredes que se desplomaban, no le quedaba otra.

Los nazis habían superado el borde occidental del barrio y la casa de Babcia, ubicada en el extremo oriental, se encontraba ahora al alcance de sus malditos lanzacohetes.

El día anterior se había desatado un enorme incendio en una majestuosa casa a dos puertas de la suya, y si el único hospital que quedaba en la zona se había salvado era gracias al pelotón de Bartek, que se había apresurado a derrumbar el edificio que quedaba entre ambos.

Era solo cuestión de tiempo que los proyectiles los alcanzaran, y Orla había atendido a demasiadas personas que se retorcían de dolor por sus espantosas quemaduras como para pensar en esa perspectiva con algo que no fuera un pánico total.

—Muy bien —dijo mientras el hombre terminaba valerosamente la sopa, tendido en una cama que se había convertido en un amasijo de cáscaras escupidas—. Vamos a dar una vuelta.

Él retiró las sábanas con júbilo y bajó las piernas por el borde la cama, pasando su brazo bueno por los hombros de Orla para tomar impulso y ponerse de pie.

Al hacerlo, se tambaleó y parpadeó como loco mientras trataba de sobreponerse al mareo de estar de pie por primera vez en días, pero no tardó en recuperar el equilibro y dio un paso con firmeza.

—Bien —dijo Orla—. Eso está muy bien.

El soldado dio varios pasos más y ella lo acompañó, dándole palabras de ánimo y procurando no pensar en cómo narices se las iba a apañar el pobre para caminar por una alcantarilla.

En ese momento vio aparecer a Eduard por la puerta y sintió que el corazón se le henchía, aunque enseguida se sintió mal porque eso significaba inevitablemente la llegada de un nuevo paciente al que tendrían que hacer sitio en una sala que estaba ya atestada.

Aun así, el hecho de saber que estaba vivo y bien le daba esperanzas, y lo saludó con la mano para transmitirle su alivio por que se encontrara a salvo.

Apenas habían tenido tiempo de hablar desde que ella había vuelto del orfanato con Nella y Orla no tenía ni idea de qué opinaba él al respecto, aunque en aquel momento tampoco importaba.

Si no se concentraban en sobrevivir al presente, no habría futuro del que preocuparse.

—Creo que ya es suficiente —le dijo al paciente. Magda había entrado con un nuevo caldero de sopa y Orla tenía que ocuparse de servírsela a otros pacientes—. Vamos a darte la vuelta y… ¡Oh, no!

El mugido de mil demonios de los proyectiles del Kowa atravesó el aire y todo el mundo se quedó paralizado en medio de un silencio absoluto, a la espera de escuchar el sonido de los seis impactos mortales al cabo de unos segundos.

La única que siguió hablando fue Nella, que por suerte no era consciente de la amenaza, y Orla se emocionó con su balbuceo infantil antes de que un proyectil plateado atravesara la pared lateral con un tremendo estruendo y alcanzara el aparador preferido de Babcia, que estalló en una lluvia de astillas.

Orla se arrojó al suelo junto con su paciente, sin oír apenas sus gritos agónicos por encima de los demás chillidos de dolor y alarma y el elocuente crepitar el fuego.

Dos proyectiles más alcanzaron el edificio y sacudieron las paredes, que por el momento resistieron el impacto, aunque los obuses debían de estar impregnados de azufre, porque el fuego se propagó con rapidez.

Las llamas lamían el suelo y se aferraban con avidez a los muebles de madera y las sábanas de algodón.

—¡Tenemos que salir! —gritó Orla en medio de un humo cada vez más denso.

Magda había caído derribada y su preciada sopa se había derramado sobre el suelo, apagando por un momento algunas llamas.

Orla corrió para ayudarla a levantarse y la empujó hacia la puerta.

Esta seguía en pie, pero el fuego había alcanzado el marco y no tenían mucho tiempo para cruzarla.

Buscó frenéticamente con la mirada a Nella, pero no consiguió ver nada en medio del caos.

Los pacientes que podían andar salían tambaleándose de la sala, con los brazos sobre la cabeza para protegerse de la violencia de las llamas que empezaban a consumir las vigas de madera del techo.

El calor era insoportable y el humo se metió en los ojos y la garganta de Orla, que se subió la blusa para cubrirse la cara y parpadeó como una loca.

—¡Nella! ¡Eduard!

Se esforzó por recordar donde había visto por última vez a su chico. ¿Junto a la puerta? Sí, sin duda él la había saludado desde la puerta, pero ¿había entrado? ¿Había acabado aplastado bajo una de las vigas como tantos otros pacientes?

—Orla, tienes que salir de aquí.

Un hombre la agarró del brazo y Orla pensó que era él, pero cuando se inclinó sobre ella vio que se trataba de Bronis ł aw.

—Eduard —gimió.

—Eduard sabe cuidar de sí mismo. Vamos.

—Pero Nella no —protestó ella, y en ese momento lo escuchó: el llanto de un bebé—. ¡Nella!

A su izquierda, una parte de la pared se había desplomado y parte del humo se escapaba por el hueco, aclarando un poco el aire, y eso permitió a Orla ver lo último que hubiera deseado ver: a la pequeña atrapada en su trona en medio de la cocina en llamas.

—Tengo que ir a buscarla. —Se agachó para tratar de entrar de nuevo, pero Bron la tenía sujeta con fuerza—. ¡Suéltame! ¡Tengo que ir a buscarla!

Orla se liberó y dio dos pasos para adentrarse en la sala.

Todas las vigas estaban ardiendo y el calor era sofocante.

Nella se hallaba a unos tres metros y Orla se obligó a seguir andando, pero entonces alguien la apartó de un empujón, entró en la cocina, cogió a la niña y a la trona con los brazos y se dio la vuelta, tosiendo y escupiendo.

—¡Eduard!

—¡Sal de aquí!

El joven se abalanzó en su dirección con la mirada desorbitada y Orla hizo lo que le pedía: cruzó la puerta a la carrera y salió a la calle dando traspiés para dejarle espacio para escapar.

Esperó durante uno, dos, tres segundos que se le hicieron interminables, hasta que, por fin, él irrumpió a través del marco de la puerta y cayó en sus brazos, tambaleándose.

Jadeaba y le costaba respirar, y Nella gimoteaba a punto de echarse a llorar, pero Orla nunca había escuchado un sonido más dulce, porque significaba que los dos estaban allí. Que estaban vivos.

—Ay, Eduard, la has salvado. —Orla cogió a la pequeña de la trona humeante, la abrazó con fuerza y luego levantó la cabeza hacia el amado rostro del joven—. Has salvado a Nella.

—Pues claro —dijo él, mientras las rodeaba a las dos con sus brazos—. Es nuestra niña, ¿no?

Orla se echó a llorar.

—¿Nuestra?

—Sí. Bueno, si me aceptas. Si me dejas compartirla contigo. Si me dejas compartir la vida contigo.

—¿Compartir la…? Ay, Eduard, claro que sí. Quiero decir que…, Eduard, ¿te encuentras bien?

Él la había soltado y había caído de rodillas, y Orla bajó la vista, espantada, preguntándose si estaba herido. ¿Se le habrían llenado los pulmones de humo?

—Orla D ą browska —dijo Eduard, y su voz no sonaba ronca. De hecho, sonaba perfectamente normal—. ¿Me harías el honor de casarte conmigo?

—Yo… —A Orla se le aceleró el corazón—. ¡Sí! Ah, Eduard, sí, sí…

—Moveos, chicos, rápido. Tenemos que alejarnos del edificio.

Un bombero del AK que iba de un lado a otro afanosamente levantó a Eduard del suelo sin miramientos, y Orla y él se alejaron a trompicones.

Aunque habían interrumpido su gran momento, era por una buena razón.

Al llegar a la plaza del final de la calle, se abrazaron mientras la hermosa casa de Babcia, que durante tanto tiempo había sido un refugio para la familia y mucha otra gente, se desplomaba consumida por el salvaje fuego.

Orla vio que Bronis ł aw atendía a Magda mientras un puñado de pacientes trémulos se sentaba sobre las montañas de escombros, y se le rompió el corazón al darse cuenta de que eran muy pocos los que habían sobrevivido. Pero entonces se acordó…

—¿Me acabas de pedir que me case contigo? —preguntó, volviéndose hacia Eduard.

Él sonrió de oreja a oreja.

—Así es. ¿Y tú me has dicho que sí?

—¡Sí! —Orla corrió hacia Magda, arrastrando a Eduard tras ella—. ¡Nos vamos a casar, Mama!

—Alabado sea Dios. —Magda la abrazó y luego le dio a Eduard dos sonoros besos en las mejillas—. Bienvenido a la familia, muchacho. Ahora eres un Dąbrowski.

—Bueno, técnicamente Orla se apellidará… —empezó a decir él, pero se interrumpió con una sonrisa—. Nada me haría más feliz que ser un Dąbrowski, ¿verdad, Nella?

Cogió a la niña de brazos de Orla y la levantó hacia el cielo, mientras Magda aplaudía con regocijo. Hana y Zuzi aparecieron corriendo por la calle, mientras contemplaban el edificio en llamas, horrorizadas. Orla las saludó.

—¡Aquí! —exclamó con voz ronca pero firme—. Estamos aquí, a salvo. ¡Y vamos a casarnos!

En cuanto sus hermanas llegaron a su lado se fundieron todas en un abrazo lleno de amor, con Eduard atrapado entre ellas y feliz de estar ahí. Orla se había quedado en la calle, sin casa, sin comida y sin ropa, pero nunca había sido tan feliz. Solo esperaba que esa felicidad durara.