Treinta #2
Hana vio vacilar a su jefe, pero enseguida se recompuso.
—No si los Aliados nos ayudan —contestó con determinación.
Bór suspiró.
—Envío un mensaje a Londres todos los días. Los estadounidenses tienen un montón de suministros en un almacén y están esperando a que Stalin les permita utilizar las bases rusas para traérnoslos por aire. Además, Churchill ha ordenado a la RAF que vuelva a volar desde Brindisi.
El corazón de Hana, magullado ya por la pena del entierro de su abuela esa mañana, se desgarró con un nuevo dolor.
Los pilotos de la RAF despegarían de Brindisi, pero Emil Andrysiak no estaría entre ellos.
Ninguna violeta sobrevolaría Varsovia, aunque eso no menguaba el valor de los suministros que sus compañeros les traerían con valentía.
—Esa una noticia excelente, señor —se obligó a decir.
—Excelente —convino Agaton—. Mandaremos mensajes de inmediato a todas las tropas. ¿Usamos la señal habitual en la BBC ?
Bór asintió y cerró los ojos. Hana vio cómo batallaba con su dolor de cabeza y deseó que Churchill y Roosevelt pudieran ver la presión a la que estaban sometidos ese hombre y su valiente ciudad.
No se engañaba pensando que a Stalin le importara —los rusos estaban tan insensibilizados al dolor de los polacos como los alemanes—, pero tal vez, si los Aliados occidentales presenciaban los horrores de la vida en la ciudad, los hombres que habían liberado Roma y París intervendrían en Varsovia.
—Se lo haremos saber y pondremos en marcha los planes de evacuación para su personal y usted. Varsovia lo necesita a salvo, señor.
En el rostro de Bór se dibujó una sonrisa cansada.
—No estoy seguro de servirle de algo a Varsovia —dijo, pero de inmediato se sacudió las dudas y le dedicó un brusco saludo militar al arquitecto—. ¡Adelante! Gracias, Agaton.
Escribió las nuevas instrucciones con una mano casi firme y se las entregó a Agaton, que abandonó el despacho con Hana. Esta extendió la mano para coger el papel y empezar a hacer la ronda por las unidades del AK , pero Agaton la retuvo.
—Sé dónde están los mapas, Hana.
Ella se lo quedó mirando.
—¿Los mapas de Marek? ¿Cómo? ¡¿Dónde?!
—El cómo es fácil: les hice una visita a nuestros prisioneros de la Central Telefónica y… los convencí para que me proporcionaran la información.
—No los torturó, ¿verdad?
Agaton torció el gesto.
—Creo que no sería capaz ni aunque quisiera. No, me limité a hablar en mi alemán más persuasivo y dejé caer que, si me daban la información, tal vez consiguieran acabar en un campo de prisioneros de guerra en una zona rural. Esos miserables detestan tanto como nosotros estar atrapados en la ciudad.
—¿Ellos se largan y nosotros tenemos que quedarnos aquí?
—A ellos los enviamos al bosque y nosotros nos quedamos aquí para defender nuestra ciudad.
Hana asintió con cara seria.
—Bueno, ¿y dónde están nuestros mapas?
—En la universidad.
Hana dejó escapar un gemido. Los edificios de la universidad, ubicada en lo alto del Jardín Sajón, estaban controlados por una guarnición de la Wehrmacht desde el comienzo del levantamiento y protegidos por el corredor fortificado que habían abierto los asesinos de la SS a través de esa zona desde Wola.
—¿Te lo dijo un prisionero?
—Sin atisbo de duda. Se hallan en lo que era el departamento de Historia, en un despacho de la planta baja. Por lo visto, alguien ha colgado uno en la pared y van tachando los edificios a medida que los vuelan.
—Cabrones —soltó Hana—. Nos tratan como si fuéramos una especie de juego de mesa.
Le parecía aberrante que un grupo de desalmados soldados nazis se dedicara a tachar con alegría las casas, que tanto le había costado pagar a la gente, cuando las reducían a escombros.
¿Llevaban también la cuenta de las personas a las que habían asesinado?
¿Tenían un cuaderno en el que anotaban cuántas piernas polacas se habían cargado, tal vez?
A Hana le hirvió la sangre, pero poco podían hacer ante la potencia de fuego alemana.
—Entonces, podemos darlos por perdidos, ¿no? —dijo con tristeza—. Tanto los planos de los edificios existentes como los proyectos de los nuevos.
Suponía que era un problema menor comparado con la pérdida de vidas, pero no dejaba de ser otra injusticia que sufrían los polacos.
—Tal vez. —Agaton le dio una palmadita en el brazo—.
Y tal vez sea mejor así. Quizá eso quiere decir que cuando por fin recuperemos nuestra ciudad, lo que queda de ella, tendremos que construirla de cero.
Y eso nos dará la posibilidad de crear una ciudad completamente moderna y con un diseño bien pensado.
—¿Como hacen los bolcheviques?
—Supongo que sí. Pero menos austera.
—Pero ¿qué pasa con nuestra historia? ¿Y con los siglos de civilización reflejados en nuestros palacios, nuestros edificios públicos y nuestras casas?
Agaton la miró con una sonrisa.
—¡Mira qué cosas dice nuestra chica moderna!
Hana se acercó a la ventana sin cristal y contempló Stare Miasto.
El inhóspito esqueleto de los antaño orgullosos edificios se recortaba contra el brillante cielo, con su interior expuesto y desprovistos de toda dignidad debido al fuego enemigo.
Era algo que la entristecía. Aquellos edificios habían sido testigos de los numerosos acontecimientos que marcaban la accidentada historia de Varsovia, y algunos se alzaban allí desde que la ciudad había reemplazado a Cracovia como capital de Polonia en 1596, algo que llenaba de orgullo a los varsovianos.
Tal vez su ciudad nunca hubiera tenido la belleza de postal de su equivalente septentrional, pero el corazón de la nación había latido en su interior.
Y seguía haciéndolo, a pesar de que el cuerpo que lo albergaba estuviera siendo destruido a base de bombas.
—El diseño moderno está bien —dijo con cautela—, pero es mejor cuando tiene el contrapeso de lo antiguo. Lo que deberíamos hacer es sumar a la rica historia arquitectónica de nuestras ciudades, no sustituirla.
Agaton le dedicó una sonrisa triste.
—La guerra te ha vuelto sabia.
Ella suspiró.
—En ese caso, preferiría seguir siendo tonta. Además, ¿qué podemos hacer? El enemigo aniquila a diario nuestra rica historia arquitectónica y, por lo visto, también tiene los mapas que nos permitirían reconstruirla. Menudo desastre, Agaton.
—A menos que los recuperemos.
—¿Perdón?
—Uno de los miembros de mi pelotón trabajaba en la universidad; era profesor de Literatura Clásica, aunque eso es irrelevante.
Según él, las alcantarillas pasan justo por debajo de la universidad.
Un profesor de Historia amigo suyo las presentaba en clase como ejemplo de diseño del siglo XIX , y llevaba a sus alumnos a una boca que había en el patio de detrás de su departamento para que bajaran y las vieran con sus propios ojos.
—¡Seguro que les encantaba! —rio Hana.
—A ellos les despertaba curiosidad; para nosotros, ahora, es una necesidad. Y he pensado que…
—Si podemos acceder a la boca, podemos colarnos en el edificio y encontrar los mapas.
—Exacto.
—Es una idea brillante.
Agaton la cogió del brazo.
—No lo es, Hana; es una locura. Quien lo intente se estará metiendo de lleno en el corazón de la Wehrmacht, y solo un idiota lo haría.
—Un idiota con un objetivo muy loable.
—Seguiría siendo un idiota. Es demasiado arriesgado. —Agaton le dedicó una sonrisa—. Podemos construir edificios nuevos.
—Así es —coincidió Hana—, de la misma manera que podemos incorporar a personas nuevas a nuestra familia, pero, si todas son nuevas, ¿sigue siendo la misma familia?
—¿Más perlas de sabiduría, Hana?
Ella se rio.
—No estoy muy segura. Puede que la guerra nos haga más sabios, pero, al mismo tiempo, nos obliga a actuar como idiotas.
Agaton levantó una mano.
—Es demasiado arriesgado, Hana. Venga; tenemos mensajes que entregar. Lo último que queremos es que cuando esos aviones lleguen, no encuentren un comité de bienvenida.
Agaton echó a andar y Hana lo siguió de manera automática, aunque su cabeza daba vueltas como una estela violeta cayendo sobre el Vístula.
La gente corría riesgos para tomar edificios, para preservar barricadas, para matar a los líderes enemigos, así que ¿por qué no correrlos para encontrar los mapas que les permitirían reconstruir su ciudad?
¿Acaso no era igual de importante el orgullo nacional que un pequeño pedazo de territorio?
Quizá la recompensa fuera menos inmediata, pero no menos sustancial en el marco general de la historia de Varsovia.
Emil había corrido un riesgo enorme al volar con su avión para tratar de ayudar a la ciudad y había pagado un precio muy alto. ¿Por qué no iba a hacer ella lo mismo?
«Cuidad de Varsovia», las había instado Babcia con su último aliento, y tal vez aquella era la manera en que Hana podía hacerlo.
Cuando menos, sería algo positivo. Era consciente de que había hecho jurar a su familia que no correrían riesgos innecesarios, pero eso había sido al comienzo del levantamiento, cuando todos creían que podía triunfar.
Ahora Babcia estaba muerta, Emil estaba muerto y las normas del juego habían cambiado.
Después de tantos días alfombrados de peligros, ¿qué era en realidad un riesgo innecesario en el corazón de un territorio en guerra?